¿Nacidos para morir? El dilema del suicidio a través de la historia

La vida es algo que pasa a través de los sujetos, no está en ellos. Podríamos decir que decía Deleuze. La vida es eso que está entre, atravesando. ¿Atravesando qué? Seres humanos, plantas, animales… Si nos acordamos de Heidegger, añadiríamos que él veía al ser como ser para la muerte, gobernado por ella. Deleuze, en este caso, nos habla más del proceso. Nos invita a repensar la vida en otros términos, a no intentar aprisionarla, y para esto, cavila la posibilidad de cambiar la forma en la que articulamos nuestra manera de  pensar, dándole importancia a lo que está pasando, al proceso que se está llevando a cabo. En este caso, por cierto, proceso del que nadie escapa. 

El suicida, 1887 Edouard ManetLe suicide (1887), de Edouard Manet / Imagen: Foundation E.G. Bührle, Zurich.

Si reflexionar sobre la vida nos lleva de facto a pensar sobre la muerte y sus posibles formas, como es el caso, el suicidio podría plantearse como la más estrepitosa y fulgurante de ellas. Para situarnos y poder mirar, habría que plantearse la cuestión desde cómo se ha venido entendiendo y reflexionando sobre esta temática a lo largo de la historia. Nos proponemos desde aquí dar unas pequeñas claves, teniendo en cuenta que el tema es más complejo que estas líneas. Por esto nos serviremos de las ideas plasmadas en la obra de investigación académica Estudios sobre literatura y suicidio, de Pablo Zambrano, las cuales guiarán a partir de ahora el escrito.  

Como nos cuenta el libro en las primeras páginas, pensar y posicionarse respecto al suicidio, inevitablemente conlleva un análisis de la relación de la persona con su vida, con su familia y con la sociedad en la que está inserto. Significa reflexionar acerca del poder real de llevar a cabo la decisión final: la más íntima y determinante de todas. 

Si nos adentramos en el mundo clásico, vemos cómo en gran medida se perfila cómo será comprendido este tema. Incluso el cristianismo se verá moldeado en muchas ocasiones por el gran peso de este mundo. En el pensamiento griego, se sostenía que constituía una ruptura atroz del balance armonioso entre alma y cuerpo. Falta gravísima, absolutamente condenable. En los textos romanos se deja ver la idea de reprobabilidad en los casos en los que la muerte causa un daño irreparable en la familia o sociedad. O cuando el hombre se dejaba arrastrar por la Libido moriendi, como reprochaba Platón. Un deseo incontrolado y desmedido por morir.

Entre los cristianos primitivos, el hecho del suicidio era algo natural y tolerado en la esforzada persecución del martirio. Y no fue hasta el principio del siglo IV que la iglesia comenzó a germinar la aversión extremista que conocemos. Se empezó a ver como el más exacerbado de los pecados, pues suponía el rechazo por parte del hombre del regalo más preciado dado por Dios, la propia vida.

En el renacimiento se ve una mayor naturalidad respecto al tema. La emergencia de lo que llamaremos individuo y de su respectiva conciencia, será una característica vertebradora del proceso. Aquí lo que se busca son los antecedentes que legitimen la última decisión. Se cultiva la enseñanza estoica que promulgará una muerte digna y armoniosa por encima de una muerte por dolores irreprimibles o por situaciones de extrema miseria.

En el racionalismo, como dice el nombre mismo, el suicidio empieza a verse como una opción con sentido, lógica e inherente a la naturaleza humana. Y es que si entendemos la relación del hombre con la sociedad como un contrato realizado en beneficio mutuo, cuando éste no se cumple, el individuo tiene derecho a dejar de jugar. 

El contexto de mayor apertura hacia el tema, no pudo ser otro que en el romanticismo. “Krankheit zum tode” o “enfermedad mortal” en español, constituiría el estado anímico en el que el sujeto iba empeorando hasta el punto de no poder volver hacia atrás, no podía mejorar. Esta enfermedad, que interesó mucho a Goethe, se caracterizaba por afectar a personajes con intereses y trabajos en el área de lo artístico, seres sensibles, de carácter marcadamente aislado, personas que buscan lo inviable, sobre todo en el amor y que, al no obtenerlo, caían en la depresión y el suicidio. ¿Obra clave del momento? Está claro, Werther. La novela de Goethe fue el gran ejemplo. Literalmente. Muchos fueron los jóvenes que acudieron al suicidio después de leer la obra. 

Ya en la Modernidad, a través de la filosofía del pesimismo vital de Schopenhauer, leemos que no existe ningún otro derecho más evidente que el de decidir sobre la propia existencia. Sin embargo, al filósofo le parecía un sin sentido acometer tal acto. Para otro grande como fuera Nietzsche, la posibilidad de dejar el mundo voluntariamente fue siempre un consuelo. Además de un derecho inquebrantable el poder tomar la decisión en el momento preciso. Nietzsche parte de una posición diferente a la de Schopenhauer, para él, el sufrimiento es sustituido por la constatación de la vuelta a la vida. Recordemos la idea del eterno retorno, en el que la muerte no es sino la reivindicación del eterno fluir cíclico. La vida hecha muerte volviendo a vivir. Visto así no parece tan grave quedarse sin vida. Albert Camus, padre de la filosofía del absurdo, no podría faltar en estas líneas. Su certeza sobre el vacío significativo de la vida tiene consonancia con el vislumbramiento del suicidio como elemento primordial. Esta línea de pensamiento parece desembarcar fácilmente a considerar la muerte voluntaria como la solución final al absurdo. No obstante, la respuesta de Camus es como la de Schopenhauer, negativa.

Entrando ya en lo que sería el siglo XX y XXI, podemos dar cuenta del halo característico que dejó el sufrimiento y la muerte gracias, en gran medida, a las guerras que marcarían estas décadas. Sin embargo, lo que actualmente constituiría el sello de nuestro tiempo, sería la introspección exquisita, la cual lleva consigo una continua reflexión sobre la necesidad de existir o no, ya sea para nosotros mismos o para el otro. Si nos damos cuenta seguimos enmarcando, como nos constata Pablo Zambrano, lo que Camus ya nos expusiera años atrás: “sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies