Goya 2016: de comedias o “yo he venido a por mi Goya”

Leemos estos días, con las nominaciones a los Goya encima (el lunes 14), artículos y quinielas para todos los gustos: que si Penélope o Inma, Darín y Cámara, por separado, pero juntos, pero separados, Imanol y Raphael, o, incluso, Mario Casas (¡!).

Los actores de Ocho apellidos vascos cruzan los dedos. El pleno al 15 del año pasado (tres de tres para Dani Rovira, Karra Elejalde y Carmen Machi, los tres actores nominados) es carta blanca a la especulación: Berto Romero a actor de reparto, Belén Cuesta como actriz revelación y Rosa María Sardá, como actriz de reparto. Todos quieren su Goya. “Si Rovira lo ganó pensará Romero en su fuero interno—, ¿por qué yo no?” 

ocho apellidos catalanes machi sardaCarmen Machi y Rosa María Sardá, en Ocho apellidos catalanes (2015) / Foto: Telecinco Cinema.

De la tríade catalana es la Sardá la que más posibilidades tiene de arañar la nominación. Su pequeño, lucido pero desaprovechado papel es la mejor prueba de lo rápido que se ha escrito, rodado y empaquetado la secuela del año. Más de lo mismo respecto a los apellidos vascos: un conjunto —¿afortunado?— de gags propios de El Club de la comedia que arrancan sonrisas apelando al gañán que todos llevamos dentro. Ese gañán disfruta, reconozcámoslo. Cuando Sardá pregunta a Machi “parlez vous français?” y Machi le responde “Yes, of course”, ese gañán nuestro se ríe, no por el chiste, si lo cuenta tu jefe maldita la gracia, pero el gañán interior no ve a la Sardá y a la Machi (¿por qué no tienen más escenas juntas? Di: ¿por qué Martínez Lázaro?), el gañán interior ve a su madre paseando del brazo de su tía Juana, sentando cátedra. Y eso nos hace gracia. Pero poco más. Le pasa lo mismo a la legión de comedias españolas que nos han invadido este año: de lo engañosamente alternativo de Sexo fácil, películas tristes, al sainete romántico de Ahora o nunca y Perdiendo el norte, o la escatología sin disimular de Rey Gitano y Cómo sobrevivir a una despedida.

Pasando también, por supuesto, por Alex de la IglesiaEl día que fui al cine a ver Mi gran noche salí de la sala con el puño cerrado, apretando los dientes y poniendo a Dios por testigo: “Nunca volveré a pagar por una película de Alex de la Iglesia” (al menos mientras no tenga la certeza de que ha regresado por la senda de El día de la bestia o La comunidad). Lo siento Alex, esperaré a que se estrenen en televisión, igual con un cerro de anuncios cada diez minutos mejora la cosa. Mi gran noche se apellida “comedia” pero cuesta encontrarle el lado gracioso. Empezar, empieza bien, pero el gatillazo no se hace esperar. Apenas nada funciona: al guión le falta chispa, a los personajes sal y a las historias un par de vueltas, o tres, para generar algo de interés. Si una comedia, a mitad de metraje, aburre y se hace larga, o no es nuestro día, o la película es muy mala. 

Sorprende que De la Iglesia no haya explotado más las posibilidades de tener a Raphael completamente rendido a su proyecto. (Y ya van dos grandes directores que dejan escapar el gran filón humorístico). La autocaricatura del cantante es lo más sorprendentemente kitsch de la película. Raphael es candidato al Goya a mejor actor protagonista. Cuesta creerlo pero igual, entre canapé y canapé, a los de la Academia se les va de las manos este año y termina entre los nominados. Frente a frente con Ricardo Darín —de Truman hablaremos en próximas entregas— o Imanol Arias. Hablando de este último, actor de pasado delictivo (no olvidemos que fue El Lute), que enderezó su vida gracias a la adorable Merche Alcántara (todos hemos sido testigos de Cuéntame cómo pasó), gracias a Anacleto descubrimos que lo de Merche ha sido una tapadera: lleva años trabajando como agente secreto. Imanol, eres una caja de sorpresas. La película, por desgracia, no. Bien producida, bien dirigida y, en general, bien interpretada, eso hay que reconocérselo, pero sin un gancho realmente efectivo. A Anacleto le falta fuerza. Es una Pitusa mal cerrada en la encimera de la cocina. Otra película a la que le falta una vuelta de tuerca.

Porque la comedia, incluso la más básica de todas, necesita de mucho ritmo, de chistes afinados, guiones precisos y certeros… y este año ninguna los tiene. Quizá nuestros productores y directores, alentados por los éxitos de los últimos años, tienen mucha prisa por producir y estrenar. No han venido a hacer buenas películas. Quieren su taquilla, han venido a por sus Goya.

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