Fin de la historia

They departed, the gods, on the day of the strange tide” 

John Banville

Sí, lo sé; no hace falta que me lo repitas otra vez. Ya, me callé, en aquel momento me callé. Pero ahora permíteme que te diga una última cosa: el silencio no rompe cristales, pero destroza a uno mismo. Sé que es necesario entender, aunque llegue tarde. Después del camino, sí, ya sabes, a la orilla del mar, embravecido, donde podría haber caído… pero no sucedió. Y al fondo, un horizonte difuso y después otra vez el mar, de color verde, oscuro, cada vez más oscuro. Espera, esmeralda, sí, esmeralda me gusta más. El mar de color esmeralda. Sí, ahora me interesa la belleza de las palabras, aunque estén vacías y tú no entiendas nada de lo que digo. ¿Sabes? Me dan ganas de romper el espejo: ahí, donde apareces. Ya sabes por qué… También a mí me cuesta respirar, como el día… allí… ya sabes… bien sabes… Estábamos allí los dos, tú y yo, o yo y tú, ya no sé cuál es el orden; quizás ni tan siquiera hay algo así. El orden: palabra sospechosa. Pero no nos descentremos. Recuerda cuando estábamos allí, los dos, tú y yo, o yo y tú. Sí, no hiciste nada. Las olas golpeaban las rocas. No hiciste nada. Ya, tampoco yo… ¿qué querías que hiciese? ¡Eh! ¡Di! Ni tú ni yo ni nadie. ¿Cómo? Pues claro que había alguien más allí. Una persona, entre dos casetas en la playa, vestida de blanco y cubriéndose la cabeza con una capucha… blanca también. Llovía.

FRANCE. Brittany. Finistère. La Pointe du Raz. 2002.Fotografía de Raymond Depardon, Magnum Photos.

Creo que era una mujer. Me vio, estoy seguro que me vio, allí parado, donde la arena pasa a ser un montón de piedras. Aunque gritase y la llamase, estoy seguro de que ella no vendría. ¿Qué podría hacer más? Nada, sólo se podía hacer lo que hice, y tú lo sabes, quedarse quieto era lo único que se podía hacer… Así fue. En la playa solamente estaba ella y por la carretera no pasaba nadie. ¡Sí, sí, miré! ¡Miré! Pero tampoco podía hacer nada más, ya te dije, tampoco podía respirar bien. Quiero decir: correctamente, de forma más o menos continuada, sin sobresaltos. ¿Acaso aquello también era culpa mía? Quizás la mujer de la capucha lo sabía y no vino. Tenía los ojos verdes, lo sé bien, era pelirroja… Es todo lo que sé. Quizás era una mujer enviada por Dios o una abandonada por Satán. No, no hice tratos con él. Con Satán, quiero decir; Dios ya ni me escucha. Sabes que siguió lloviendo, con mucha fuerza, y yo estaba empapado, ¡absolutamente empapado te estoy diciendo! No me hagas gritar, ya no tengo ganas. Sólo grito cuando estoy frente a ti, en esta habitación. ¿Que mire lo que hay en ella? Si lo hago dejaré de verte y de saber que estás ahí. Si miro durante un instante hacia un lado, o cierro los ojos, desapareces y eso puede ser algo irremediable, tanto para ti como para mí. Sobre todo para mí. No insistas, no voy a mirar hacia ningún lado. Te puedo decir lo que hay aquí dentro, entre estas cuatro paredes sin tener que mirar nada. No voy a entrar en tu juego, no; lo hice una vez y mira cómo estamos: yo aquí y tú… tú ahí, inmóvil, semidesnudo y moviéndote cuando yo lo hago. Y aún, por encima de todo, mueves los labios para hacerme le burla. Me voy a callar para que hables, para que digas lo que tengas que decir de una vez y así acabaremos para siempre con todo esto. ¡Venga! ¡Habla! ¡Habla! Las cosas ya las conoces. Que quieres algún dato más de aquel día. Sí. Ahora no te acuerdas, ¿no? Pues yo sí me acuerdo; estaba aquí, en la habitación, como hoy y salí de la habitación, cerré la puerta. Al salir al pasillo su puerta estaba abierta. Tenía música puesta, pero no supe distinguir qué era. No la conocía. Me asomé y estaba ella. La vi de espaldas: se movía, estaba bailando; la observé durante un rato, tratando de que no me viese. La música paró y durante un momento se mantuvo de frente hacia la ventana, viendo llover, mirando hacia el mar, verdoso como sus ojos… La luz de la tarde, tenue, hacía un juego de sombras y claros. Durante aquel tiempo yo estuve en silencio. La casa estaba en silencio, también. Segundos después u horas, no sé, después de mirarla, la llamé: no me escuchaba o parecía no escucharme. Subí el tono de la voz; me sobresalté con el volumen… no, en aquel momento ya no había música, la casa estaba en silencio. Ella siguió sin escucharme. Insistí un par de veces más, pero fue inútil. No me atreví a entrar en la habitación. Me cubrí la cara con las manos. No podía ver nada. Me sentí desfallecer, que me caía al suelo, que un sudor frío recorría mi pómulo izquierdo. Casi no tenía fuerzas, pero no me llegué a caer, me quedé de rodillas, y cuando saqué las manos de delante de los ojos, allí estaba ella, delante de mí, de pie. No dije nada: ella me miraba, de una forma extraña, como si el frío de la tarde se apoderase de ella; pero en todo caso, si era así, ella parecía no sentirlo. Un tirante de su vestido blanco le caía por un hombro. Se acercó y me dijo algo. No entendí, pero volvió a hablar y esta vez me pareció entenderle “Hoy es un buen día”. Me sentí desfallecer de nuevo, y la vista se me nubló, no sé exactamente cuánto tiempo pude estar así. Cuando volví a abrir los ojos ella ya no estaba en la habitación. Me puse de pie, bajé las escaleras y salí a la calle. Llovía, como había ocurrido durante los días anteriores. No había nadie fuera, ni tampoco circulaba ningún coche por la carretera de delante. Seguí caminando: podía ver el mar. Y sólo al fondo, se podía ver una pequeña barca, aunque no sé si tenía a nadie. Atravesé el montón de piedras. Miré a la derecha y no había nadie, luego a la izquierda y por allí me pareció que alguien se escondía detrás de una de las dos casetas que hay allí. Fui a mirar, pensando que era ella quien estaba allí. Me apresuré. Al llegar, ya no había nadie. Volví a mirar de nuevo hacia los lados, pero seguía todo igual, sin nadie. Miré de nuevo al mar y las olas cada vez eran más grandes. El bote resistía. Dejó de llover pero el viento se hizo más intenso. Decidí bajar a la playa para caminar por la arena. Durante bastante tiempo hasta que me senté en la arena. Dos gaviotas volaban sobre mí. A pesar del viento y de lo mojado que estaba, me quedé dormido sobre la arena. Tuve un sueño extraño. Aparecía ella, caminando a través de un campo que no tenía final. Yo la llamaba, lo hice un par de veces, luego me callé. Un instante después pude ver que giraba la cabeza para mirarme, pero después de un momento, siguió su camino. En el momento, en mi cabeza estaba lo que ella me había dicho antes de que saliese de la casa. Yo estaba inmóvil. Y luego me desperté. Ahora, al recordar el sueño, ya empiezo a entender el sentido de sus palabras. Al despertarme vi a una gaviota caminando por la arena cerca de mí. Miré al mar y la barca ya no estaba. Me giré hacia la casa y vi a una persona. No supe quién era, pero en todo caso, no era ella. Parecía ser un hombre, pero no estaba del todo seguro. Me levanté de la arena y me fui a casa. Ya empezaba a anochecer. Una vez dentro fui hacia su habitación. Allí estaba un hombre: era joven. Estaba sentado en una silla, medio caído y de cara a la mesa que tiene en la habitación. Cuando estaba en la puerta me miró. Le pregunté quién era y qué quería. No respondió. Luego, le pregunté dónde estaba ella. Tampoco dijo nada, pero me indicó que fuese hacia la ventana. Ya era de noche. Me asomé y un coche parado en la calle con los faros encendidos que hacían más nítida la lluvia en el cristal. El coche estuvo allí durante varios minutos; después se marchó. Me volví hacia él y le pregunté si era ella, y esta vez sí que me respondió: me dijo que no, que ella había salido, pero que no sabía a dónde había ido. No, no le pregunté qué hacía él allí. 

Bajé rápidamente las escaleras, tenía que salir a la calle. Quise buscarla, pero no se veía nada por la oscuridad, tan solo se escuchaba el mar. Subí a mi cuarto. Cuando pasé por delante de su habitación, él aún seguía allí, sentado. Le dije que se marchase. Le grité. No hizo caso, siguió tranquilamente allí sentado, sin hacer nada. Yo estaba agotado y me fui para mi habitación, sin comer nada. La cama estaba llena de ropa y ni me acerqué a ella para sacarla y poder dormir en ella. Desistí, me tumbé en el suelo y me quedé dormido. No recuerdo haber soñado con nada. Al día siguiente, cuando me desperté, escuché música que ella había puesto el día anterior. Salí rápido de la habitación para buscarla. Sí, allí estaba otra vez. Me vio y me habló: “Ayer estaba equivocada, el día es hoy, si se puede hablar de días”. Me quedé sorprendido a pesar de la luz del día, de la noche y del sueño de la playa, a mí me parecía todo el mismo día, en esto coincidía con sus últimas palabras. Parecía que el tiempo había variado, que se había disuelto. Le pregunté qué significaban sus palabras, qué iba a hacer y por qué era el día correcto. Me miró y me dijo que ella no había hablado de corrección; luego se calló y fue hacia la ventana. Me acerqué; estaba a su lado. Sin dirigirse a mí señaló el mar. Llovía, quizás con algo menos de intensidad que durante la noche. “El mar está hermoso” le dije con intención de que me explicase algo más. Ella me corrigió “El mar es hermoso” y se quedó en silencio. Los dos nos quedamos en silencio. En otro tiempo, en momento así, la habría acariciado; pero en ese preciso momento ya no tenía sentido; ya no había nada que hacer. 

Empezó a soplar el viento. Le pregunté quién era el hombre que había estado en su habitación, qué quería. Me dijo que era alguien que había conocido días después de que llegásemos a la casa; pero que ya no volvería por allí, que se marchaba del pueblo. Pensé en insistir un poco para que me contase algo más, pero desistí. A veces mi intención no se concreta, ya me conoces. Me senté en la silla que tenía allí mientras ella seguía pegada a la ventana, y de nuevo, me sentí mal. No podía respirar demasiado bien y veía borroso. No le dije nada. Ella cogió el abrigo con intención de salir de casa. Yo me fui a mi habitación. Volví a tumbarme en el suelo y me quedé nuevamente dormido. Soñé otra vez con ella. Iba caminado por la playa y yo estaba sentado en la arena, soplaba el viento y había nubes grises. Cerré los ojos y los volví a abrir y ella ya no estaba; pero sí había una mujer con un niño de la mano. Traté de saber quién podía ser: era mi madre, en su juventud, cuando yo era pequeño. Al niño no lo reconocí, pensé que podría ser yo, pero no, el color del cabello no coincidía. Me desperté con una extraña sensación; el sueño me tuvo paralizado durante un tiempo. Me acordé de mi madre, como en el sueño, cuando era joven, cuando yo era un niño. Me cayeron unas lágrimas.

Después de ese momento, me levanté y salí de la casa. Había viento y caían unas gotas. Caminé por la carretera un par de kilómetros para acercarme al fin de la playa, en donde hay unas rocas. Allí, subido volví la cabeza hacia la casa. Sabía cuál era su ventana y se veía la luz encendida. Era algo normal, con días oscuros, allí no se veía demasiado bien. Las olas golpeaban las rocas con fuerza. Estuve allí durante bastante tiempo. Sus palabras resonaban en mi cabeza junto con la imagen de mi madre cuando yo era pequeño.

A pesar de que también estaba ella, es posible que fuese a mi madre a la única persona que quise en toda mi vida. Sí, ya sé que esto no justifica nada. Haz el favor, no nos tratemos como criminales. ¿Te vas acordando ahora de las cosas, no? Sí, sí, sé que sí, aunque pongas esa cara. Tanto tú como yo, somos responsables, lo sabes. ¿Quieres que continúe?

Después de estar viendo cómo golpeaban las olas las rocas, me dirigí a la casa, otra vez. No había nadie fuera. Lo cierto es que es posible que ahora, aquí tan solo estemos tú y yo. Cuando iba de camino, me pareció escuchar que alguien hablaba. Miré varias veces y no había nadie. La playa estaba vacía y el mar cada vez tenía más furia. Miré a su ventana, pero la luz ya no estaba encendida. Entré y subí las escaleras, y esta vez, la puerta de su habitación estaba cerrada. Pensé en llamar, pero no lo hice pensando que estaba dormida. Entré en mi habitación. Todo estaba en silencio, me senté en el suelo apoyándome en la pared. Sentí que alguien lloraba: era ella, es inconfundible. No quise saber qué le ocurría. Me dirigí a la pared de enfrente para no escuchar. Estuve durante un tiempo allí sentado, pero tuve la necesidad de salir de nuevo. Llevaba tiempo sin comer nada, pero no tenía hambre. Volví hacia la playa, como siempre. Allí, delante de las casetas había un hombre. Me acerqué a él. Debía de ser un pescador, lo saludé y hablamos: me dijo que lo más probable es que se intensificase el viento porque soplaba del norte, con lo que haría algo más de frío y las olas serían más grandes. Después de escuchar lo que decía, volvieron a mi cabeza las palabras que ella había dicho. Por aquel entonces aún no las entendía demasiado bien, ahora tampoco en exceso, pero voy entendiendo algo más. Un buen día, había dicho, ahora, que iba a empezar un temporal. Tanto a ella como a mí, siempre nos atrajo ese tipo de clima. No es algo común, pero creo que cada personalidad debe de estar asociada a un clima. Pero debo hablar más de ella: nunca supe realmente nada de ella. En cuanto a mí: viento, lluvia, tormentas y temporales: no hay un lugar asociado a mí, pero sí unas circunstancias, y aquéllas eran exactas. Mar y lluvia.

Seguí caminando y busqué desesperadamente algún lugar para resguardarme. No quería volver a la casa. Caminé durante un tiempo y pasé las rocas en las cuales había estado. Seguí caminando, empujado por un fuerte viento. Caminé hasta que el pueblo acabó; seguí caminando un trayecto más. Había un campo con hierba que me cubría los tobillos. El terreno estaba elevado y al mirar hacia el fondo se veía el mar. La hierba, el agua: diferentes verdes pero que parecían darse continuidad… Ojos verdes. El viento seguía soplando. Me volví a quedar quieto. Allí estuve durante un tiempo, no sé cuánto. Inconscientemente volví por donde había venido; encontrándome las rocas de nuevo. No, no puedo precisar el tiempo. Aunque hubo noche y yo dormí, a mí el tiempo me pareció un bloque inmóvil, sin avanzar. No sé, no sé, no puedo precisar… Allí, desde las rocas, volví a ver la luz encendida de su ventana. El viento, ahora, en mi contra, era fuerte. Fui corriendo, no sé el porqué pero fui corriendo hacia la casa. Me crucé con el pescador. Me gritó algo, pero no le presté atención. Llegué a casa, estaba nervioso, muy nervioso. Subí las escaleras; su puerta seguía cerrada, pero ahora se escuchaba la misma música de las otras veces. Llamé a la puerta, no me contestó, insistí sin éxito. Traté de abrir, pero estaba cerrada con llave. La llamé. No contestó, fui a mi habitación. Seguía nervioso; estuve de pie, contra la pared, tratando de escuchar: sólo había música. Durante mucho tiempo estuve así. La música continuaba. Me fui calmando y me volví a quedar dormido. Tampoco recuerdo si soñé algo en esta ocasión. Mejor así.

Al despertar ya no había música, no sabía si ya no estaba en la habitación o si estaba dormida, pero supuse, por el temporal, que estaría allí dentro. El fuerte viento y la lluvia golpeaban las ventanas. Me senté contra la pared, como en las anteriores ocasiones, pero no estuve así mucho tiempo y salí: tenía que hablar con ella. Su puerta seguía cerrada pero no con llave. No llamé y entré. No estaba. Encima de su mesa había una nota: “Estoy en la playa”, junto con una pequeña foto que hacía años que no veía, de cuando éramos novios. En la orilla de un río donde nos vimos por primera vez. Volvimos allí, simplemente para sacarnos la foto y tener un recuerdo. Pero que tampoco supe en el momento para qué queríamos otra foto que nos recordase. Éramos jóvenes y ahí, en la juventud, la vida no tiene recuerdos, sólo hay camino hacia adelante. También en la foto aparecía con un abrigo rojo. Ella era muy joven y yo no tenía tantas ojeras como ahora. Parecía que aún había vida en mí. ¿Qué? ¡Claro que no era el mis! A ella siempre le gustó el rojo y a mí el verde. 

Lo cierto es que no supe cuál podía ser el motivo de que dejase una nota, pero en todo caso sabía que yo la vería. Sí, a mí, el otro hombre ya no volvería por allí. No estoy seguro, pero no tendría sentido que me dijese que no iba a volver si sabía que si aparecía, yo lo podría ver. ¡Cállate! ¡Estoy tranquilo! 

Fui a la playa, allí estaba ella, con el abrigo rojo. Antes de pisar la arena, la llamé. Me miró y decidí esperar para ver qué hacía. Se giró y me hizo un gesto con la mano. Lo de después ya lo sabes.

Sí, hasta ahora, hasta que no puedo sacarte los ojos de encima, no me fío de ti, ya te lo he dicho. ¿Cómo? ¡Lo mismo que tú! Sí, me quedé parado porque no lo podía creer. Ni la fui a buscar ni avisé a nadie; supongo que días después alguien se habría enterado. Yo volví para aquí. No supe qué hacer.

¿Cómo reaccioné? ¡Te lo estoy diciendo! Pero también te digo que me mareé y debí de caer en la arena. Fue entonces cuando vi a la mujer de la que te hablaba al principio. Me miró con sus ojos verdes y se giró. Esa imagen se repite una y otra vez en mi cabeza. Sí, ya sabes lo que pasó. Sí, sí, el mar estaba enfadado, con mucho oleaje; ella estaba con el abrigo pero descalza, supongo que para hacer el camino más fácil… ¡No lo sé! ¡Lloro y grito porque me da la gana! Estaba allí, de pie, y ella se adentró en el mar. Las olas la llevaron en cuestión de segundos. Después debí de caer. Ahora ya lo sabes todo: la habitación, tú, el espejo. ♦︎

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