Estallidos literarios (Introducción)

Es lugar común entre los lectores compulsivos decir que la gran literatura, esa que se construye con el material de los sueños, nos permite salir de nuestro mundo gris para entrar en la Ítaca de Penélope, para conocer la máquina de hacer hielo de Macondo o para espiar tras un biombo en el tocador de Ana Karenina. También es lugar común decir que, cuando un lector ha acariciado el lomo de Gregorio Samsa, ha compartido pitanza con Gargantúa o ha secado las lágrimas del viejo Priamo ante el cadáver de Hector, ya no puede ser la misma persona.

Estallido literarios-foto inge Morath(Nueva York, 1957 / Foto: Inge Morath/Magnum Photos) 

Como  lector compulsivo, yo igualmente mantuve antaño la sofisticada teoría acerca del poder avasallador de la literatura, una puerta de entrada a otros universos de donde uno no quisiera regresar nunca. Sin embargo, salvando casos patológicos como el de Don Quijote, ahora tengo mis reservas acerca del alcance de la proclama. Entiendo que airearla es tentador, incluso creérsela. Nada más seductor que declarar a los postres de una tertulia cosas como: Flaubert me cambió la vida, no soy el mismo desde que encontré los sonetos de Shakespeare, llevo media vida buscando a una mujer que se parezca a La Maga o cuando el veneno de Borges te atrapa tus ojos ya no vuelven a mirar del mismo modo… También yo lo aseguré  muchas veces, sin imaginar que esas afirmaciones pudieran destilar una pose libresca, humo de virutas encaminadas a exhibir el alcance de nuestra sensibilidad lectora. 

Ahora bien, dudo que hoy el lector más enfebrecido quisiera habitar en los páramos abrasadores de Rulfo, cabalgar por las estepas congeladas de Pasternak o irse de parranda con Godot. También dudo del poder de la literatura para transformarnos en otras personas. No conozco a nadie que después de leer El idiota fuera un tipo más generoso, tampoco a nadie que haya sanado de sus celos tras leer Otelo,  tampoco el 1984 de Orwell cambió filiaciones políticas ni Si esto es un hombre de Levi convenció a ningún antisemita de la ferocidad del nazismo. Porque cuando uno cierra el libro más extraordinario, descubre que sus imágenes quedan  ahí retenidas en estado de hibernación, en tanto que nosotros regresamos a nuestro Viernes Negro, al narcisismo virtual, a la irritación por el sobrepeso, a insultar en los semáforos camino de la tertulia donde soltamos a los postres, mientras controlamos el teléfono de nuestra pareja, eso de que la lectura de Otelo me cambió la vida.

Cierto que la literatura puede ser más inocua e intrascendente de lo que suponemos (más por deficiencias nuestras que suyas), sin embargo nunca pierde su halo de hermosura ni sus segundos de emoción. Concedamos que no nos cambia la vida, pero a cambio nos regala instantes espléndidos que merece la pena buscar, vaya que sí, una suerte de fogonazos de una intensidad casi cegadora, descargas de imaginación que durante unos minutos te iluminan la existencia con el color de los sueños. Y es precisamente de esas descargas de las que quiero hablar, de esa página 18 o de la 92 o de la 121, de ese libro azul sin pastas donde se esconde algo que no te hace mejor ni peor persona, pero te deja un regusto adánico donde uno puede descansar, como descansa contemplando una puesta de sol o recibiendo la caricia de unos labios deseados… Todos los lectores custodiamos esos instantes favoritos que manoseamos de cuando en cuando. Yo, por mi parte, he elegido los ocho siguientes, que podrían haber sido doce o ciento veinte y que iré desgranando en las próximas entregas:

1.  El instante en que el marido de Gretta llora sin consuelo al oír un recuerdo de adolescencia de de su mujer (Los muertos, Joyce).

2.  El instante en que el viejo galán, después de haber seducido a una joven esposa, se sienta en el salón del hotel y comienza a comer sandía mientras ella gimotea en la cama (La dama del perrito, Chéjov).

3.  El instante en el que el teniente Drogo, tras una vida de espera en su fortaleza, ve llegar a los tártaros cuando ya no le quedan fuerzas para entrar en combate (El desierto de los tártaros, Buzzati).

4.  El instante en que el viejo escritor observa al joven Tasio en una  playa de Venecia, buscando el horizonte de una vida que a él se le acaba de cerrar (Muerte en Venecia, Thomas Mann).

5.  El instante en que una señora madura y algo borracha deja a su marido durmiendo bajo un árbol y se sube a la barca de un joven inflado de testosterona (Una jornada campestre, Maupassant).

6.  El instante en que una muchacha judía entra en una cámara de gas, desnuda, junto a cientos de personas, y escucha el gozne de un cerrojo (Vida y destino, Grossman).

7.  El instante en que un enfermo de 86 años envía a su novia, 50 años más joven, un estremecedor alegato sobre lo hermoso que es vivir (Cartas a Brenda, Henry Miller).

8.  El  instante en que un zahorí busca desesperadamente agarrarse a la vida pidiendo a su hija que no vaya a clase y pase la tarde con él (El sur, Adelaida García Morales).

Aunque lo he dicho muchas veces, mentiría si repitiera hoy que esos instantes me han cambiado la vida, también si afirmara que me dejaría cortar una falange del dedo meñique por volver a leerlos por primera vez. No, no me han hecho mejor persona, tampoco peor. No obstante, cuando hago balance de las cosas por las que merece la pena seguir viviendo, después de las personas que uno quiere, acaso ellos ocupan el siguiente lugar en la lista. 

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