En el Birmingham de los Peaky Blinders sonaba rock and roll

El tipo más chulo del mundo vivía en Birmingham, a comienzos del siglo XX. Era un treintañero con cara de niño, la sangre fría como la escarcha, y el verbo rápido en la frase lenta. Jefe de la familia mafiosa más temida de la ciudad, los Peaky Blinders. Su nombre: Thomas Shelby. 

La construcción de este personaje, basado en uno de los componentes de una familia de mafiosos de Birmingham de principios de siglo, realmente conocidos como los Peaky Blinders, le sirve a los creadores de la serie televisiva del mismo nombre para enganchar al espectador y anclarle frente a la pantalla cada uno de los doce capítulos que componen en total las dos primeras temporadas de la serie. El actor que encarna al inteligente y frío Tommy Shelby es Cillian Murphy, uno de los rostros más intrigantes del panorama británico. Su interpretación es antológica. Como la de casi todo el reparto, especialmente la de aquellos que interpretan a los miembros de la familia: el desquiciado y peligroso hermano mayor Arthur, el ensimismado hermano pequeño John, la hermana díscola Ada y la matriarca tía Polly. 

peaky blindersLos hermanos Shelby, Thomas al frente / Foto: Caryn Mandabach Productions/British Broadcasting Corporation (BBC).

Peaky Blinders arranca con este Tommy Shelby paseando a caballo, fantasmalmente, por un Birminghan sulfúrico, brumoso e insalubre, imponentemente industrial. Es ya una declaración de intenciones, la presentación de un paisaje y un ritmo que no es el acostumbrado en casi ninguna ficción, un ritmo lento, grave. La sorpresa llega más tarde, cuando comprendemos que el adagio narrativo de Peaky Blinders se interrumpe por distorsiones eléctricas de pedregoso y potente rock and roll. Ese gran movimiento agresivo es la serie en todos sus aspectos, una montaña rusa esteticista hasta lo bizarro, extraña, arriesgada, irregular y genial a un mismo tiempo. 

Los Peaky Blinders, así conocidos por combinar la elegancia de sus trajes con unas gorras ataviadas con cuchillas de afeitar con las que no dudan en atizar directos a los ojos a quien les cierre el camino, son una familia medio gitana tratando de sacar su negocio de apuestas de la clandestinidad. Al frente, el mencionado Thomas,  un prodigio intelectual que dirige con mano de hierro el negocio. Enfrente de los Peaky, un expeditivo inspector de policía irlandés, recién llegado de Belfast para resolver el caso del robo de un monumental cargamento de armas. Ya tenemos a los dos contrarios, dos seres de posturas radicales y violentos como ellos solos. El mafioso de mirada heladora, y el policía torturador y de ningún honor. En la piel del primero el mencionado Cillian Murphy, y en la del segundo un veterano de la talla de Sam Neill. El duelo será para recordar. Entre medias, unos pocos personajes secundarios y menores, en los que la serie se deja algunos enteros al no llegar a desarrollarlos en todo su potencial —en el caso de Freddie Thorne, amigo de infancia de Tommy y ahora cuñado comunista—, o en el caso de quienes están presos en el corsé de la subtrama amorosa —la rubia Grace, sin duda, la figura más floja, inverosímil y forzada en Peaky Blinders.

Argumentalmente es una historia más de mafia, no hay demasiada novedad, más allá del contexto histórico en el que se desarrolla, la Europa de primera postguerra mundial. Es precisamente este elemento el que dota a la serie de un atrevido discurso político y social. Sobre todo en su primera temporada —que raya a más altura que la segunda—, el panorama dibujado, de represión gubernamental, con la aparición de un Winston Churchill en su época de ministro ferozmente anticomunista, es espeluznante. La policía británica se presenta como un auténtico brazo armado de conspiración y persecución al margen de la ley, que torturaba y asesinaba sistemáticamente a comunistas e independentistas irlandeses, y que incurría sin ningún problema incluso en el atentado de falsa bandera. Los Shelby aparecen como ese elemento de criminalidad con el que la policía de su Majestad no tenía problema alguno en encontrar acuerdos contra los subversivos. Un retrato sin concesiones de las cloacas del Estado británico.

peaky-blinders-cillian-murphyThomas Shelby, el jefe Peaky Blinders / Foto: Caryn Mandabach Productions/British Broadcasting Corporation (BBC). 

Pero, sin duda, el elemento diferenciador más característico de la serie es su forma. Un diseño de arte cuidado al detalle, y una realización exquisita, efectista y esteticista hasta el extremo, pero valiente. Su banda sonora musical, cargada de temas de Jack White, Nick Cave, Tom Waits o Alex Turner y sus Artic Monkeys le da ese punto bizarro de contradicción con la época. Pero en el Birmingham industrial de principios de siglo XX no puede sonar extraña la distorsión de una guitarra eléctrica, por mucho que entonces, en el mundo real, aún no se hubiera escuchado jamás dicho sonido. Este es uno de los milagros del arte, que se pueden construir mundos al gusto de lo mejor de cada época. 

Si el propio Thomas Shelby tuviera que decirles algo para convencerles de ver esta serie, no utilizaría más de un par de frases o tres. Diría algo como: “Pueden elegir libremente verla o no. El mundo no va a cambiar por su decisión. Pero es posible que ustedes sí lo hagan”. Seguramente diría algo mejor y más carismático, disculpen el intento. Y les daría la espalda, sabiendo que van a hacer lo que él desea, que le van a seguir. 

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