El tío con más multas en la guantera del puto mundo

Las horas pasaban rápidas, la noche era una mezcla bien agitada de nervios, sofocos y calores, el reloj se comía los minutos a una velocidad endiablada, y aún cuando no había conseguido dormir un par de horas, el amanecer y la suave luz de la ventana le indicaban que había llegado el día. Tardó diez minutos en conseguir meter la cabeza por el lugar correcto del jersey. Sudaba, podría haber llenado el lago de Central Park. Diez minutos más para atarse de manera correcta los zapatos que estrenaba. Su mujer le miró con un gesto de bondadosa solidaridad, de complacencia, un roce en su mano y el lanzamiento de un beso para darle apoyo, cariño y confianza; tres sensaciones que necesitaba, y mucho, para soportar lo que le esperaba durante las más de dos horas de partido.

A los cinco minutos y con un juego para cada uno, pitó out una primera pelota dudosa —entonces no existía el ojo de halcón, eran los 80—, el inicio de la pesadilla… improperios, miradas asesinas, gestos ostensibles de enfado e incredulidad, amenazas verbales y no verbales. You cannot be serious! Nuestro hombre tragó saliva y buscó con la mirada si el set de botiquín médico contaba con desfibrilador. Lo peor era todo el mundo observándole. Todo el mundo, literalmente, a través de la televisión. Temía que la vergüenza de verse destinatario de la ira de aquel insoportable jugador acabara con su corazón. Temía a John McEnroe

mcenroeJohn McEnroe, en aquellos maravillosos años 80.

No había peor momento a lo largo de un año para un árbitro de tenis que saber que le tocaba pitar a McEnroe, que enfrentarse a las desmesuras y gritos del tenista más carismático e insufrible que haya existido. McEnroe tenía una virtud, siempre evitaba ese peligro de caer en el tedio con el que cuentan muchos partidos de tenis. Sus ataques de locura y sus instantes de enfados cómicos eran, sencillamente, maravillosos para los aficionados; pero una calamidad para los árbitros.

El mundo está hecho para tener bandos, gente que hace la cama con voluntad y para quienes hacerlo es un castigo, rojos o azules, de whisky o de ron, Bird o Magic, Guardiola o Mourinho, tostadas o croissants, paraguas o sudaderas con capucha. Siempre ha sido así. En los años 80, en lo que a deporte se refiere, aparte de tener que elegir cuál de los dos goles de Maradona a Inglaterra gustaba más, la gran dicotomía estaba en el tenis: había que optar entre el descaro y la desfachatez de McEnroe, o por la regularidad y la entrega de Connors y la disciplina y perfección escandinava de Borg. Eran tres hombres, pero dos maneras de entender la vida, y el deporte. Lo correcto y lo loco. Maneras de vivir, que diría Rosendo



El tenis, al contrario de lo que se pueda creer, no es deporte para pijos, aunque haya sido el deporte de los pijos. Entre Sampras, Brugera, Becker, se metió un loco de pelo largo y luego calvo, que jugaba con pantalones vaqueros. A veces ocurren cosas así. Andre Agassi, a ritmo de Guns N’ Roses y cuando su coco le ayudaba un poquito más a ganar que a dejarse ganar, fue número uno mundial. El símbolo de quienes comenzamos a ver tenis en los 90 fue él. Pero no ha sido el único rebelde genial entre los jerseys de lana blanca. Si Agassi fue posible como fue, se lo debe en gran parte a John McEnroe, el primer gran iconoclasta de la raqueta.

En los 80, el yanqui irascible se descubrió sobre la hierba londinense de Wimbledon. En su estreno en el torneo más importante del mundo llegó a semifinales, superando las clasificatorias con solo 18 años. Anunció lo que se avecinaba, los siguientes fueron años de números uno, de Grand Slams, de victorias a casi todos sus rivales —un año con un 96% de victorias—… y de entrega de parte de sus premios como ganador a la propia organización de los torneos. El precio a pagar, en forma de multa, por su temperamento. 

Fueron años de cero aburrimiento en el tenis mundial, sobre todo si jugaba John McEnroe. Años de partidos igualados y soberbios contra Borg y Connors, decididos en ajustados tie-break o en interminables sets, sin apenas errores no forzados y dejando un muestrario antológico de todas las suertes de golpeo. La rivalidad de los chicos formales contra McEnroe, en su época, fue un regalo para un deporte que nunca antes había llamado la atención de las grandes masas de tal manera.

Mcenroe gano muchos torneos, mucho dinero, muchos admiradores y algún detractor que no consentía que, en un deporte tan puro y tan limpio, llegara un despeinado y desvergonzado americano con su verborrea lasciva, descortés e imprudente, para cambiar las tornas del juego. Convirtió la pista de tan elegante deporte en una imprevisible y divertida taberna irlandesa. Y eso soliviantó algunos ánimos tradicionalistas. 

Mientras ganaba todo lo que ganó y perdía todo lo que perdió, el irascible pillo de la raqueta se casó dos veces, la primera con la oscarizada en su infancia y defenestrada por su adicción a las drogas Tatum O’Neal y después con la cantante de rock Patty Smyth. Siempre le gustó la marcha. Cuando se retiró del tenis, o mejor dicho, cuando el tenis le retiró, se convirtió en lo que sigue siendo, un locuaz y provocador comentarista, además de solicitado secundario para series de televisión. McEnroe es, en definitiva, espectáculo. Un yanqui puro, pero de los que hacen gracia. Una atracción humana compuesta de sarcasmo, sonrisa diabólica y pequeñas dosis de agresión verbal. El tío con más multas en la guantera del puto mundo.

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