El Desierto es un vergel, o la obra de Dino Buzzati

Dino Buzzati, años 50.

Dejemos hablar al viento, dijo alguna vez aquel calvo genial de mirada triste que escribía, sentía… vivía, tumbado en su cama. Dejemos hablar al viento, dijo, y Dino Buzzati consiguió hacerlo, al viento helado del Desierto, al viento cálido de Sicilia, a aquel viejo viento Matteo, cansado y bravucón, por entre los pinos ocres del Bosque Viejo.

Creo que todos tenemos un problema con Buzzati, y ese problema se titula bellísimamente El Desierto de los Tártaros. Es, en pocas palabras, una obra maestra, una de las cinco mejores novelas italianas del siglo XX, uno de esos escritos que todo el mundo conoce o cree conocer, aunque sea de oídas. Un clásico, vaya. Un auténtico deleite para los sentidos, con un sabor sensual y una profundidad intelectual, casi existencial al modo sartreano, que estremece automáticamente. Su obra cumbre. Su gran mentira.

Porque, efectivamente, la mayestática influencia del Desierto nos priva, en ocasiones, de conocer al otro Buzzati. Y, claro, caemos en la tentación de pensar en él como un autor preocupado por el devenir del mundo moderno, como Wittgenstein lanzado a novelista, alguien que se sienta entre las frases para pontificar sobre la paradójica sensación de anhelar la muerte cuando solamente la muerte es anhelable. Se desea la lucha, aunque se sepa con certeza que el resultado será fatal, cuando es la lucha todo aquello para lo que estamos preparados y nunca llega. Una especie de Kafka latino, un dibujante del esplendor surrealista, un Ernst con palabras. Todo eso es el Buzzati del Desierto, todo eso es lo que consigue transmitirnos con la historia del desgraciado Drogo (porque sí, hubo un tiempo en el que hablabas de Drogo y la gente pensaba en un desierto amenazador y silencioso, y no en Khal, caballos y dragones por nacer). Todo eso es Buzzati, digo… pero no solo.



En primer lugar Buzzati es un escritor del verde, de las praderas, de los bosques. No es únicamente desierto, claro que no. En Dino, en el pequeño niño de Belluno que acabó escribiendo, se ven ramalazos de acervo cultural celta por doquier. Esos caballos que transmutan en emisarios de muerte, como una Hipona desbocada; esas fuerzas elementales, trasgos, trentis y anjanas de nombre cambiante, que aparecen aquí y allá en los bosques, cuanto más viejos mejor; esas personificaciones de los elementos naturales, esos vientos que son vientos y hablan y sienten y lloran, los árboles inmóviles, sufrientes, hieráticos. Todo eso es Buzzati, y eso está muy alejado de nuestra imagen de él, de aquella pesadilla a medio soñar, de aquel esperar sin descanso. No, Buzzati es un Majorana de las letras, solo que él concluyó su obra. Lo que ocurre es que nosotros no la leemos, cegados por el fulgor del mito.

Es, por ejemplo, Dino Buzzati un gran autor del amor. Como todos los escritores, por otra parte, ya que todo lo que se escribe se escribe por amor, o por odio, que es amor al revés. Amor a los demás, amor a la propia desazón, temor (que es amor duplicado) al futuro… Pero Buzzati fue más allá. Su última novela, titulada precisamente Un Amor, nos muestra al hombre ya anciano lleno de vida, lleno de ideas, de alegría, de risas por escuchar. En esta obrita, de corte casi autobiográfico, Buzzati nos cuenta de las maravillas de la pasión tardía, de ese dulce acariciar de la piel arrugada contra la yema precisa. Un superventas en Italia, la Italia que llevaba poco siendo Italia (y hablando como Italia, el italiano es, en buena medida, invento e imposición, sostenida y autorizada, de la RAI), pero bastante desconocido en el exterior. Quizá por extraño, quizá por anómalo. A qué viene a decirnos este señor tan siniestro del amor y otras zarandajas. Cállese, de usted nos gusta lo oscuro, lo angustioso, lo existencial…

Pero es inútil, un imposible. Porque desde las obras iniciales de Buzzati podemos ver esa mirada diferente, ese gusto por el amor desaforado, ese tacto tierno que a veces nos puede parecer extraño en el autor del Desierto. Aparece, por ejemplo, en dos de sus obras mayores, que han quedado casi olvidadas (relegadas, más bien) por la absurda pretensión de ser “libros para niños”. Como si no pudieran contener más verdades que cualquier cosa pensada para su lectura adulta. Como si no pudieran ser… necesitaran ser igual de apasionantes, de delicadas, de intensas. Como si el ojo del niño no anhelase el mismo soplo suave, contenido, que el del adulto. Pero a veces somos así, un poco snobs. Y así, tanto El secreto del Bosque Viejo como La Famosa invasión de Sicilia por los osos han quedado relegadas, casi rarezas, en la obra de este autor. Cómo iba, cómo podría, el pintor de monstruosidades sin nombre del Desierto crear algo tan delicado, una fábula con múltiples lecturas, sí (y algunas no del todo desprovistas de desasosiego), pero sobre todo con un afán de delicadeza confesado y palpable. Es como si mañana mismo un joven estudiante de Praga encontrase una novela inédita de Kafka dirigida al público infantil y repleta de imágenes poderosas, amables, de personajes de esos que uno recuerda con una sonrisa en el rostro. Y no me digan que a ustedes les pasa eso cuando vuelven a Josef K., porque no cuela…

Pensemos en el Bosque Viejo. Y pensemos en él, quizá, como una de las primeras muestras de posmodernismo literario… desde luego una de las primeras que incorpora el, para mí, elemento fundamental de lo posmoderno de forma natural y sin estridencias. Estoy hablando, claro, de la misma puesta en cuestión de la realidad circundante, de la aproximación al mundo no solo desde un punto de vista epistemológico sino también, y quizá sobre todo, desde una reflexión ontológica. Es decir, qué es la realidad, de dónde surge y cuál es su (extraña) relación con todas esas cosas que creemos saber y palpar y que denominamos pomposamente “mundo real”. 

Y es que el mundo de Buzzati, ese mundo del Bosque, sí, pero también el que va creando poco a poco en algunos de sus cuentos, tiene un poco de gato de Schrödinger, de ser una cosa y la contraria, y las dos a la vez, en el mismo plano de la existencia. Es exactamente la misma relación con el mundo empírico que mostrará, medio siglo después, ese otro mago del lenguaje y la fábula que es Alessandro Baricco. Pero esa es, seguramente, otra historia…

El Bosque es a la vez realidad y ficción, es posible y fabuloso (que no fabulado, que eso es siempre la obra literaria, algún adalid del realismo minucioso y pesado debería darse cuenta),  es y no es. Aquí Buzzati juguetea un poco a la Pynchon con el reverso del mundo (aunque sus estilos no puedan ser más antagónicos) y aparecen por doquier símbolos disfrazados de picarazas habladoras, de vientos cansados, de cuevas mágicas, de trentis traviesos… Aquí Buzzati se disfraza de colores muy diferentes a los tristes, planos, del Desierto… y, sin embargo, se ve, se puede ver, al Buzzati más libre, creo, al más feliz. Igual que en 1949, cuando El Corriere della Sera lo envía como corresponsal a cubrir el Giro de Italia y Buzzati disfruta de tres semanas creando paralelismos, dibujando metáforas, dejándose fascinar como el niño que siempre fue, que nunca dejó de ser (aunque algunos lo quisieran pintar con gesto serio y sombrío) con las gestas de quienes parecen hombres, de quienes semejan dioses. Porque, en realidad, eso es, eso fue, eso será, siempre Buzzati. Un crío feliz, alguien salido de Belluno, con un espíritu celta de humedad y respeto por la naturaleza, que disfrutaba creando historias, insuflando vidas a los personajes, jugueteando con todo lo que le rodeaba y que, a veces, de puro aburrido se veía obligado a cambiarlo.

Eso y el Desierto, claro. Pero del Desierto han hablado tantos…

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