Cosas que aprendimos con El Padrino (II)

Quien utiliza un lugar común para cargarse otro lugar común, tiene permiso para utilizar unos cuantos de ellos cuando le venga en gana. Por eso mismo, vamos a comenzar haciendo esto, soltando una evidencia, la primera que viene a la mente de todo el mundo que ha visto El Padrino II: las segundas partes, lejos de no ser buenas, pueden ser mejores. Desde 1974, año del estreno de la segunda parte de El Padrino, esta afirmación es un axioma universal. Aquello de que las segundas partes nunca fueron buenas se demostró erróneo. En este sentido, El Padrino II es una invitación, casi un símbolo, de optimismo, de que el futuro puede deparar cosas magníficas, de que todo lo bueno no tiene por qué quedar restringido a un tiempo pasado.

el padrino IIRobert de Niro, El Padrino II (1974) / Foto: Paramount Pictures.

Dicho esto, vamos con las cosas profundas… Venganza. Confianza. Justicia. Memoria. Traición. Honor. Desamor. Soledad. En todos esos bosques se adentra la segunda entrega de la saga de Puzo y Coppola

Si la venganza es un plato que se sirve frío —otro lugar común— en Sicilia —uno de esos sitios que son también estados de ánimo— se sirve congelada. La venganza está íntimamente ligada a todos los grandes temas de la naturaleza mafiosa, es la guinda que cierra un amor, una amistad, un negocio, o que intenta equilibrar un acto de injusticia. El tímido niño Vito Andolini regresa más de dos décadas después a Corleone, para recordarle el nombre de su padre a Don Ciccio, el cacique que lo mató, y que también asesinó a su madre y a su hermano, justo antes de rajarle la barriga desde el ombligo hasta el pecho. De esta manera, El Padrino II nos enseña que no hay nada más elocuente que el silencio de un niño, como el del huérfano Vito cuando parte solo a Nueva York. Porque en ese silencio había comenzado ya la cuenta atrás hacia la tarde en que acabará con la vida del asesino de su familia.

Pero no todo es tan oscuro y grave, la segunda parte de El Padrino deja también enseñanzas luminosas, consejos para disfrutar de la vida con sencillez. En primer lugar, que no hay nada tan reconfortante, ni tan elegante, como hacer lo correcto y hacerlo en voz baja, sin fanfarronear de ello ni vanagloriarse. A Vito le echan de la tienda donde trabaja como dependiente, por el chantaje del extorsionador Don Fanucci a su jefe, pero en el momento de recibir la noticia no culpa al hombre que ha sido bueno con él, ni acepta de buen corazón sus compesaciones. Vuelve a casa tranquilo, sabiendo quién es el culpable real de su situación. Igual de tranquilo que camina entre la muchedumbre, después de haber liberado de los abusos del tal Don Fanucci a toda su comunidad, sin decirle a nadie lo que ha hecho, solo satisfecho de haber hecho lo correcto, conocedor de los propios méritos, y contento de poder sentarse con su mujer y sus hijos en brazos en el portal de casa un día de fiesta.

Otra de las cosas que se aprenden con El Padrino, especialmente en su segunda parte, es que, después de Clausewitz y Sun Tzu, los grandes estrategas tienen que conocer la saga de Mario Puzo y Francis Ford Coppola. La lista de citas célebres es más alargada que la sombra de un ciprés al atardecer, pero una de ellas funciona como el lema que representa todas las enseñanzas tácticas de los Corleone: “Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos”, que le dice Mike a Pentangeli.

Por si hacía falta insistir después de la primera entrega, El Padrino II constata: la política y el poder son una forma más y parte del crimen organizado en los Estados Unidos de la época —y todo indica que la situación no ha variado ni un ápice—. “Ambos formamos parte de la misma hipocresía”, le descubre Michael Corleone al senador Geary en su casa de Nevada. La película es, también, una radiografía política de primer orden, no solo en lo relativo a lo interno del sistema norteamericano, sino en lo referente a la política exterior de la gran potencia mundial. La parte del film que transcurre en la Cuba del fin de año de 1958, con el Ejército Rebelde de Fidel Castro a escasas horas de llegar victorioso a La Habana, mientras los empresarios estadounidenses se reparten, literalmente, el pastel de Cuba, es una clase de Historia magistral. 

Tampoco faltan enseñanzas simbólicas, de las que agudizan la intuición, pequeñas pistas que hacen la vida más fácil. El Padrino II nos enseña a desconfiar siempre de aquellos que tienen la costumbre de pasar la mano por los hombros de terceros. Cuando Tom Hagen acude a ver a Pentangeli a su cárcel privada de testigo protegido, charla amistosamente con él, le regala los oídos, se ponen melancólicos, y le acaricia el lomo mientras le sugiere que lo mejor que puede hacer por su familia es abrirse las venas en la bañera, como los viejos conspiradores fracasados en el Imperio Romano. Cuidado con los que pronto te echan la mano al hombro sin ser de plena confianza. También hay detalles de importancia para supersticiosos, como decidir bien qué uso se da a determinados objetos. El primer hecho delictivo de Vito Corleone fue el apenas premeditado robo de una alfombra, una alfombra roja sobre la que daría sus primeros Santino, y miren cómo acabo… Cuidado igualmente con el estreno de ciertos objetos, sobre todo si son robados o su procedencia es dudosa.

En cuanto a cine como tal, El Padrino II enseñó que se puede hacer una película de 200 minutos —¡más de tres horas!— y ser comercial, y de calidad. Que una película puede empezar metida en una habitación, quedarse allí casi tres cuartos de hora y haber contado todo tipo de cosas, sin que decaiga la atención. No que se puede, sino que se debe viajar en el tiempo. Después de El Padrino cualquier estructura que no le saque todo el partido a la maleabilidad artística del tiempo está cometiendo un pecado. Una secuela no tiene por qué ser una secuela, puede ser una precuela, o ambas cosas a la vez. En definitiva, que cuando una historia está bien contada, cuando se toma el tiempo justo y necesario para cada situación, los relojes del mundo real se deshacen. Y que en los años 70 hubo dos actores monumentales: Al Pacino y Robert de Niro. Dos leyendas que no han envejecido con la misma dignidad. Uno parece que tocó techo con Michael Corleone. Otro siguió deleitando como el gran intérprete de su generación, demostrando ser el único que podía igualarse al gran Brando, al Padrino original.

Y traición, por supuesto. Por sobre todo El Padrino II nos enseña los múltiples efectos de la traición. Si hay un tema por encima de otros, es ese. Con El Padrino II aprendimos que el beso y el abrazo más intensos de la historia del cine no fueron entre dos amantes, entre un hombre y una mujer, sino entre dos hermanos, Fredo y Michael Corleone. El momento en el que Michael descubre, en La Habana, que el traidor es su propio hermano, es vertiginoso en los ojos de Pacino. Y el beso rabioso en los labios de su hermano, a la hora de la medianoche de fin de año, mientras le sujeta la cabeza y le dice “Sé que fuiste tú, Fredo. Me partiste el corazón. Me partiste el corazón”, es demoledor. Como lo es el abrazo en el funeral de la madre de ambos, cuando Michael le concede un abrazo —envenenado— de perdón, en el que el pobre y pusilánime Fredo se zambulle arrepentido. Y aprendimos, después de ese beso y ese abrazo dolorosos, que todo el dolor del mundo puede expresarse junto a una ventana, en un día frío, con una simple bajada de cabeza al escuchar un ruido lejano. Y que el dolor de la traición implica otro, el de la soledad.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies