Balada de Yugoslavia

Ahora ya solo existe en las películas y en los libros de entonces. Era un país con muchas culturas, pero era una casa para todos. No solo eran eslavos de distintas religiones, también eran judíos, gitanos, húngaros.  Ahora cada uno está encerrado en su casa, y algunos no tienen casa porque tienen sangre mezclada. Les han robado su país, que se  perdió en la memoria y el cine. Yugoslavia era una idea, un modo de vida, un sueño. 

Orson Welles rodó El proceso en Zagreb,  allí expresó la angustia del hombre contra las abstracciones de la burocracia, filmó a Anthony Perkins acosado saliendo de la catedral católica, porque no le dejaron hacerlo en Praga. Goran Bregovic, que se crió en un barrio de Sarajevo, expresó en las bandas sonoras de las películas de Kusturica todo su vitalismo dramático, sus enloquecidas ganas de vivir y desparramarse por la vida más allá de todas  las violencias. Peter Handke en Un viaje de invierno dice que las pequeñas cosas podrían unir a los yugoslavos. Unas mujeres audaces en un Sarajevo multicultural, las hermanas sefarditas Salom, inspiraron la fascinante novela El olor de la lluvia en los Balcanes de Gordana Kuic. Un serbio le dice a Brian Hall en El país imposible: “Si quieren dividir Yugoslavia que dejen una parte para los que todavía queremos vivir juntos”.     

Zagreb_Teatro_Nacional_YugoslaviaZagreb, Teatro Nacional / Foto: Revista Balcanes.

En  Zagreb los cuerpos desnudos de Iván Mestrovic en La fuente de la vida todavía  se retuercen junto al agua delante del Teatro Nacional sin decir si son croatas, serbios o musulmanes. (Y el dedo levantado de su san Gregorio en Split está diciendo que se dejen todos de gilipolleces nacionalistas y se miren unos a otros como seres humanos igualmente jodidos por el tiempo y la muerte). Miroslav Krleza escribía El retorno de Filip Latinovic cuyo protagonista dostoyevskiano buscaba sus orígenes y sus sueños en la Panonia llena de lagos, donde las madres guardaban secretos inconfesables y los hombres se subían a los árboles en las pinturas naif. 

En  Belgrado la noche bulle en miles de cafés en la Skadarlija, el equivalente a Montmartre, y en los  bares en barcos sobre el Danubio. En el Club de los Trotamundos uno encuentra la esencia del mundo entero, se percibe que los serbios no son todos terribles nacionalistas. En la casa de Ivo Andric se recuerdan sus luchas por el humanismo y por Yugoslavia, por la tolerancia y la cultura, recordando las mujeres rebeldes de El puente sobre el Drina y  los cónsules en la encrucijada de Crónicas de Travnik.   

En Prístina, Kosovo, se ven los  niños que bailan sobre surtidores de colores, los cafés llenos de cómics de Tintin, el monumento a las letras gigantes, todo protegido por los soldados de la OTAN.  Y en ruinas se admira el edificio más feo del mundo, la Biblioteca Universitaria, como una malla cubierta de huevos podridos, donde sin embargo estaban los autores de toda Yugoslavia. Y la  iglesia serbia en mitad de un descampado sirve para que meen los perros y las personas. El monasterio de Gracanica, donde una antigua reina nos mira con ojos visionarios, está rodeado de muros y alambradas, y hay un policía que vigila para que no lo destruyan. Y en Prizren, más al sur, se ve el castillo en lo alto, las mezquitas, los bares de estilo europeo, la iglesia serbia también está rodeada de alambres y de tinglados de vigilancia. Pero eso fue un día Yugoslavia.     

kosovo-library_Marco di Lauro:Getty Images_yugoslaviaBiblioteca Universitaria de Kosovo / Foto: Marco di Lauro/Getty Images.

En Mostar la animación nocturna vibra en torno al puente mágico sobre el río Neretva que restauraron los españoles. Otro puente más escondido sobre un riachuelo lateral, que le sirvió de modelo, tiene un lirismo más secreto. El Puente Viejo fue reconstruido pero junto al Bulevar que hacía de línea de frente quedan las ruinas de San Francisco, y en la Plaza Musala queda el esqueleto del legendario Hotel Neretva. Los tres bandos que lucharon todos contra todos podrían haber aprendido del bosnio Mesa Selimovic, que creyó en Yugoslavia y escribió en El derviche y la muerte contra la estrechez nacionalista: “El hombre no es un árbol y las ataduras constituyen su mayor infortunio. El arraigamiento es el inicio de la vejez porque el hombre es joven mientras no le asusta recomenzar”. 

Sarajevo fue un día el sueño multicultural, como expresó Ivo Andric en Café Titanic. Los francotiradores de los dos bandos y el gobierno de Itzebegovic que le vendía los alimentos de la ONU a sus propios súbditos se encargaron de deshacerlo. Los barrios del sur del río son serbios y por allí se movía de niño Kusturica. Pero hay monumentos de todas las religiones en los barrios centrales de Bascarsiya y Ferhadija. Las palomas siguen flotando en la plaza Sebili sin afiliarse a ninguna religión. El café Peces de Colores  lleno de objetos locos y de espejos ilusionistas llama a la fantasía y al goce de vivir. En el café Tito la gente añora Yugoslavia y uno recuerda que sería autoritario pero hizo que convivieran todas las culturas sin fricciones e invitaba a Orson Welles y le echaba piropos en su barco a Liz Taylor. Hay  un tiovivo al sur del río, y en el Puente Latino, donde un nacionalista acabó con la Kakania multiforme de Robert Musil,  se recuerda Yugoslavia.  

Puente de MostarPuente de Mostar / Foto: Consuelo de Arco.

En Visegrad,  al este de Bosnia, se ve  el edificio donde estaba el hotel de la tía Lotte en El puente sobre el Drina de Ivo Andric, la mujer judía que había venido de Cracovia y sostenía a todos con su coraje hasta que se derrumbó sin remedio. Se ve su fantasma vagar por el puente legendario, donde de noche suenan  guitarras, las chicas jóvenes se ríen en grupos, las piedras se reflejan oníricas en el agua. En el asiento central los hombres del pueblo discutían los avatares absurdos de la Historia, que si vienen los turcos, que si entran los austríacos. Desde el pretil la joven Fata se tira, aconsejada por la noche rebelde, porque no acepta casarse con el hombre que le impone su padre. 

En Travnik, en las montañas de Bosnia, se ve el  castillo en lo alto. Cuando uno sube encuentra en una pared una pintada que dice: “Jamás olvidaremos Srebrenica”. Pero el hecho es que es inevitable olvidar las atrocidades que cometieron todos los bandos, que no se habrían dado si siguiera el sueño de Tito y la idea de Yugoslavia. Los mercaderes de Crónicas de Travnik de Ivo Andric cotilleaban junto a los manantiales del Agua Azul. Decían llenos de suficiencia: la Sublime Puerta no permitirá que pasen los austriacos, los pulverizará a todos. Qué ilusos. La Historia es como un ciclón terrible que lo barre todo y que juega con todas las existencias. Donde ahora está el Café Cónsul, que antes era el consulado austriaco, el joven bosnio Salko espiaba a la jovencita austriaca Agata, como para demostrar que las fronteras no funcionan en la cabeza. La mujer del cónsul austriaco se enamoraba del enviado de Napoleón, pero el marido ya sabía que en cuanto el francés intentase tocarla ella sentiría una decepción. En la casa natal de Ivo Andric se puede ver una partida de nacimiento que algunos ponen en duda, pero están sus libros y sus muebles y los papeles en los que soñó con Yugoslavia.

Hace mucho, Ivo Andric escribió en un relato titulado Una carta del año 1920 (recogido en el libro Café Titanic) que había un montón de odios solapados que estallarían de modo terrible algún día. Y así ocurrió mucho más tarde en esos Balcanes torturados. Los hombres se convirtieron en masas embrutecidas que ya no vieron seres humanos a su alrededor sino lenguas y religiones. En los años noventa volvieron las religiones y las nacionalidades que Tito había puesto a raya.  

YUGOSLAVIA. Serbia. Belgrade. 1965.Belgrado, Yugoslavia, 1965 / Foto: Henri Cartier-Bresson, Magnum Photos.

Yugoslavia era una casa para todos, era una locura, era un país para muchas culturas y muchas religiones. Se dice que al  poeta serbio Branko Milijkovic,  autor de Fuego y Nada, al que había admirado Jean Paul Sartre en Belgrado, lo mataron en Zagreb unos nacionalistas croatas exaltados en una noche de borrachera (y él lo había adivinado extrañamente : “Estoy llamando a una enfermedad terrible, / cuando la tinta entra en la sangre es lo mismo cantar y morir”). Pero aquello era un hecho muy aislado. Ivo Andric dijo que lo mejor que puede construir el  hombre son los puentes. Igual que el puente de madera que pretende construir en Buenos Aires aquel loco de Rayuela de Julio Cortázar para pasar de su ventana a la ventana del vecino. Y en Yugoslavia se construyeron muchos puentes de todas clases.

Lo cuenta Dubravka Ugresic, simpatizante de Yugoslavia (una de las “brujas de Zagreb” malditas por el nacionalismo croata) en El ministerio del dolor: las personas iban desde las llanuras de Serbia a los puertos de la costa croata en los trenes que agujereaban las montañas, o desde Belgrado a los lagos de los Alpes. Medio país estaba continuamente dando vueltas en los trenes. El primer contacto con lenguas extranjeras era en el tren, los mejores bocadillos se tomaban en los trenes, la gente se enamoraba en los trenes. Millones de yugoslavos tenían grabada en su mente la visión del Adriático que surgía en el horizonte al torcer el tren. Según Ugresic, Yugoslavia se acabó cuando los serbios de Krajina no pudieron ir a Zagreb porque alguien puso unas piedras en la vía del tren.  

Todos podían ir a estudiar a Belgrado, aunque estuvieran en la aldea más remota de Macedonia, y todos podían circular libremente por toda Yugoslavia. También lo contaba un hombre que me invitaba a vino de noche en un jardín junto al lago Ohrid: “Yugoslavia era como un anticipo de la Unión Europea, en aquella época podía desplazarme sin problemas hasta los Alpes o las cercanías de Trieste, ahora si quiero ir tengo que atravesar un montón de fronteras”.  Por cierto que en el  lago Ohrid, que era un lago yugoslavo, se celebraban todos los años unas Fiestas de la Poesía a las que acudían los autores más destacados del mundo entero, Neruda, Allen GingsbergAntonio Colinas, Seamus Heaney, qué sé yo. 

En Zagreb, en el barrio antiguo, hay un “Museo de las relaciones rotas”, allí se presentan testimonios de infinidad de relaciones amorosas rotas en el mundo entero. Pero a sus administradores no se les ocurrió poner algún testimonio de Yugoslavia, una relación entre seres humanos de distintas culturas que fue muy fructífera durante 70 años. Y sirvió de interlocutor mundial con fuerte personalidad, y la gente entraba y salía de allí sin ningún problema. Pero luego llegó la ferocidad de los cultos y las naciones. Y sin embargo durante un tiempo, en una época que ya solo se puede ver en las películas o en las revistas antiguas, hicieron grandes cosas juntos.

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