A través del tiempo

Me pregunto si me leerás, si recordarás cuánto te quise, si aceptarás que mi odio es irreversible. Me pregunto cuánta sinceridad dejaré caer en estas palabras y cuánta mentira acabará traspasándose aquí, contra mi voluntad. Ni si quiera estoy segura de que esto sirva para algo.

G.B. ENGLAND. London. Homeless youth begs on the Hungerford bridge. 1997.Fotografía de Chris Steele Perkins, Magnum Photos.

Rafael no le había contado a nadie que se moría, aunque quizá los que convivían con él ya se lo imaginaban, por su aspecto decaído y mugriento, por esa mirada anclada en el más allá. No hacía falta ser demasiado avispado para saber que moriría joven, y eso, quienes le habían conocido a lo largo de su vida lo sabían. Y también él, que estaba ya resignado ante su muerte inminente, en parte trágica y triste como todas las pérdidas, aunque puede que esta un poco más, sólo por el hecho de que Rafael no tuviese de quién despedirse. La vida se le había pasado tan rápido… que ahora maldecía su irresponsabilidad y su carácter errático. 

Vivir en la calle no ayudaba a que sus dolores mitigaran, tampoco la falta continuada de medicación o de una dieta que no se basase en sobras podridas y demasiado vino amargo, pero contra su modo de vida, a estas alturas, ya nada se podía hacer. Y menos ahora, que se moría pese a todo, tarde para cualquier esfuerzo o para cualquier cambio en sus hábitos. Rafael no culpaba a nadie de su mala suerte, de su destino, sino que era muy consciente de que sus actos, sin reflexión alguna, le habían conducido hasta el estado de ruina y congoja en el que se encontraba y que nadie más que él era el responsable. Al menos no sentía odio, ni siquiera estaba cabreado, enfadado con una sociedad que le había dado la espalda desde que era un niño, sino más bien se sentía, por primera vez en su vida, extrañamente abatido, como si de un plumazo alguien le hubiese arrebatado hasta sus sueños. 

Hoy el día es gris y aun así la claridad es asfixiante. Quizá sea porque Rafael la tiene incrustada en su mirada, y pese al cielo encapotado y amenazante, lo que ve brilla. Una joven que camina enredada en sus pensamientos, con la mochila colgada del hombro, calle abajo, como todos los días a esta hora. O el aprendiz de mecánico del taller de la esquina, que aprovecha la ausencia de su jefe para fumarse un cigarrillo en la puerta, vestido con ese mono azul tan manchado, con las manos tan cansadas de buena mañana, que mira embelesado a la chica que camina. Y hasta la anciana que cojea sale al balcón a vigilar que su nieta no haga un alto en el camino, justo en esa esquina, antes de girar en dirección al instituto. Cada día la misma posibilidad, el mismo cruce de miradas, el intento vergonzoso de empezar una conversación, que nunca llega. Todo brilla alrededor de Rafael esa mañana, sentado él también en el tercer escalón del portal de siempre, los codos apoyados sobre las rodillas, el semblante apático del que ya nada ambiciona, del que se conforma con sólo respirar. No imaginaba cuánta satisfacción podía reportarle aquellas escenas cotidianas, de vidas anónimas y desgraciadas, puede que no tanto como la suya. 

Rafael supo que él también moriría joven en el momento en el que entró en aquella sala, tan fría y tan opaca, desnuda de cualquier decoración; las paredes blancas contrastaban con las baldosas oscuras del suelo, ennegrecidas tras tantas pisadas ajenas, y en las dos sillas, separadas por una distancia mínima, parecía que nadie se hubiese sentado en años. En el centro de la habitación, los dos ataúdes semiabiertos dejaban entrever los rostros de sus padres, tan inexpresivos como cuando todavía respiraban, solo que ahora su semblante era mucho más artificial, como si alguien se hubiese divertido pintándole los ojos y la nariz, y luego la boca, los finos labios prietos y al mismo tiempo relajados de su madre, las cejas pobladas y arqueadas de su padre. Una extraña quietud se respiraba en aquél lugar, impregnado de un silencio demasiado agudo para un niño de ocho años, que veía por primera vez la muerte tan de cerca, agarrado de la mano de un primo de su madre que ni siquiera se quedó para el funeral del matrimonio. La muerte de sus padres le provocó una mezcla de intranquilidad y pavor, como si de pronto los anclajes que le sujetaban al mundo se hubiesen roto. No sabía qué podía ocurrirle o a quién debía preguntar. No le quedaba familia y sus padres apenas tenían amigos, a excepción de su vecina, una anciana de robustas piernas que solía agasajar a la familia con pasteles de boniato los domingos y también algunos lunes, y con quien Rafael se divertía escuchando la radio; muchas tardes de su infancia las pasó en aquella cocina destartalada y humilde en la que siempre podías encontrar algo rico que comer.

El día del entierro fue domingo, un domingo apacible de octubre en el que el sol todavía se dejaba ver y el frío aún no apretaba demasiado, una tarde en la que Rafael hubiese preferido ir al parque y sentarse en un banco a merendar y luego jugar al escondite o a la pelota, o simplemente corretear por la calle hasta acabar llegando a casa de su vecina. Pero ese domingo, que nunca se le borraría de la mente, no hizo nada de eso, sino que permaneció callado sentado en un banco, pero de la iglesia, con los hombros gachos y la mirada huidiza, como si aquél no fuese su sitio, como si toda aquella parafernalia de pecados y perdones no fuese con él. Oía las palabras grandilocuentes y al mismo tiempo vacías del sacerdote, que no paró de mirar al niño durante la misa, con esa mezcla reprobatoria entre la pesadumbre y la compasión. Hubo palabras de sosiego y de esperanza, y también hubo otras cercanas a la recriminación, quizá por la vida despegada de los mandatos de la cristiandad que el matrimonio inculcó a su hijo. 

Nunca volviste a buscarme, ni siquiera viniste a despedirte. Estuve esperándote, ¿sabes? Estuve sentada en aquel banco del parque durante más de cuatro horas esperando a que llegaras y nunca lo hiciste. Vinieron a buscarme porque pensaban que me había escapado de la casa o algo parecido. ¡Se enfadaron tanto! No entendían cómo podía ser tan ilusa y confiada… No entiendo cómo después de todo aún lo soy. 

Rafael siempre recordaría aquel día entre la deformidad y la incoherencia que te provoca la irrealidad, o más bien la falta de comprensión de lo que sucede a tu alrededor, y no sería hasta años más tarde cuando asimilaría cuánta falta le hizo tener una familia, sentirse querido o al menos integrado, cómo de esencial es para un niño saber a dónde pertenece. Puede que su vida hubiese sido totalmente diferente si aquel día sus padres no hubiesen ido a la fábrica, si en vez de subirse al autobús que cada mañana, muy temprano, paraba frente a la plaza a recoger a los trabajadores, se hubiesen adormilado o entretenido en el desayuno, escuchando algunas de las divertidas historietas que Rafael aprendía en el colegio o simplemente dormitando frente a la taza de café aguado y galletas. Pero eso nunca llegó a suceder, y la pareja subió a ese autobús y llegó puntual a su puesto, y como tantos otros, también ellos ardieron en aquel incomprensible incendio. 

Ahora piensa si se morirá antes de que llegue el invierno. Para los meses de lluvia, los más húmedos y dañinos para las articulaciones, faltan tan sólo tres, y la enfermedad aunque avanza rápidamente todavía puede alargarse. Qué hará si la muerte le pilla de noche, agazapado en la oscuridad asfixiante de sus cartones, o si viene a buscarle de día, de repente, en medio de la calle, de una plaza, justo antes de cruzar a la otra acera. Qué hará le pille donde le pille, si literalmente no tiene ni dónde caerse muerto. Rafael piensa que quizá todo esto no debería importarle tanto, que al fin y al cabo la gente muere todos los días, a todas horas, injusta y fatalmente, y que él no va a ser menos. Sólo en este momento querría tener fe para creer que sus plegarias llegan a algún lado. 

     —Una moneda, señora, por favor…

     —Disculpe señorita, podría darme una…

     —Deme algo caballero, estoy enfermo…

Nunca le ha gustado pedir, pero ahora no le queda más remedio: está ya demasiado enfermo como para meterse en los contenedores a rebuscar, o coger de improvisto una fruta y salir corriendo, ni siquiera puede ya hacer alguno de esos trabajillos que le encargaban los ancianos de Torrefiel o de Orriols, casi tan pobres como él pero con demasiado miedo a la mendicidad y al robo. No puede hacer más que caminar sin rumbo fijo por la ciudad, de un lado para otro durante todo el día, obligado a sentarse a descansar cada pocos minutos. Pasadas las nueve y media de la mañana, Rafael se levanta del tercer escalón, sale del portal y se encamina hacia el centro de la ciudad. Las nubes continúan ahí, agazapadas tras un sol cada vez más potente, más obcecado en salir e irradiar calor. Podríamos decir que es un día demasiado frío para ser agosto, pero ya hasta la estacionalidad ha perdido coherencia. Rafael camina, dos o tres horas, el paso lento, hasta llegar al parque de Viveros, donde a estas alturas del verano apenas hay gente, ni siquiera los universitarios que ávidos de intimidad buscan un banco apartado de los paseantes. Allí, junto al estanque sin peces, se ha sentado Rafael a descansar, las piernas y los brazos estirados, la cabeza echada hacia detrás y los ojos entornados. La escasa brisa hace que algunas gotas de agua se desplacen y lleguen hasta su cuerpo, sudoroso y sucio. Lleva los pantalones raídos, también la camisa, y los zapatos están tan desgastados que cualquiera los hubiese tirado ya a la basura. Además, le están pequeños, quizá uno o dos números, y pese a la deformidad de la tela, siguen oprimiéndole los dedos, algo rechonchos e hinchados. Rafael se deja llevar por la paz que desprende aquella imagen, el parque sumido en un silencio un tanto irreal, el sol caldeando su cuerpo venido a menos, los surcos de su rostro dolorido por la vejez prematura. Hay tantas personas a las que le hubiese gustado conocer, mujeres y hombres que en realidad no existen pero que él ha ideado durante largas noches de soledad, un cúmulo de reflexiones y pensamientos que empezaron en su más tierna infancia, cuando lo sacaron de su casa vacía, de su calle desprovista de árboles, y le arrebataron su niñez y hasta su futuro. De pronto, y sin saber cómo, se encontró viviendo en otro lugar, en una casa de acogida demasiado grande para un niño, demasiado concurrida a todas horas.  

Los recuerdos de aquella época son difusos, en parte porque no quiere recordarlos y en parte también porque su memoria se ha deteriorado hasta tal punto que su niñez es prácticamente un misterio, una sucesión inconexa de imágenes que le transportan a una época de dolor y de sufrimiento, más de soledad y de carencias que de una afectividad real. Tiene en mente los rostros de todos los niños con los que compartió su habitación, sus escasos juguetes, sus noches de descubrimientos y de desengaños, pero no consigue dotarles de un nombre, de un rasgo de su personalidad que permita identificarlos. De entre todos ellos, sólo recuerda a una niña, más bien a los ojos verdes y grandes y siempre asustados de una niña, con la que pasaba las tardes sentado en el banco del parque, hablando o sin hablar, mirando hacia el infinito, hacia la ciudad extensa y poblada a la que pertenecían pero que apenas reconocían, por la que soñaban que algún día pasearían juntos, cogidos de la mano, como tantas otras parejas de amigos o amantes. 

Se conocieron cuando Rafael ya llevaba varios meses en la casa. Ella llegó sin que nadie se diese cuenta, en plena oscuridad; una noche lluviosa y fría de enero después de que un trabajador de Servicios Sociales la encontrase deambulando por la calle, sin apenas un abrigo, con esos ojos atemorizados que ya nadie nunca conseguiría olvidar. La trajeron y rogaron que la acogieran, a pesar de que las normas prohibían que conviviesen niños y niñas, aunque fuese de manera temporal y un tanto fraudulenta. No pudieron negarse al verla allí, acurrucada en los brazos de aquel extraño que, sin quererlo, se había convertido en su salvador, y aceptaron que se quedase esa noche, y la siguiente y la otra, y al final la estancia temporal se convirtió en permanente y contra todo pronóstico Rafael encontró en esa niñita escurridiza y misteriosa toda la ternura que hacía años había dado por perdida. Le extrañó, al principio, su silencio, su falta de energía y su abatimiento, las pocas ganas que demostraba a la hora de los juegos o de las proyecciones de cine los viernes por la tarde, e incluso de la indiferencia que le provocaba el extra de chocolate en algunas meriendas. Rafael no entendía cómo alguien podía pasarse tanto tiempo sin hablar, sin apenas emitir un sonido, una queja o incluso un chillido. Había elegido, por algún extraño motivo, el silencio y nada parecía estimularle o interesarle lo más mínimo, excepto la música. 

Se despierta al sentir que algo le golpea la pierna. Es una piedra que alguien ha lanzado y, que al rebotar sobre el suelo, ha alcanzado los pies descalzos de Rafael. Ante esta provocación, se yergue sobre el banco, incómodo si pasas demasiado tiempo tumbado, y con las manos se frota los ojos, desacostumbrados ya a la claridad del mediodía. No sabe qué hora es, tampoco cuánto tiempo habrá dormido, pero empieza a sentir un hambre atroz, incontrolable, y se da cuenta de que hace al menos un día que no prueba bocado. Anoche decidió no pasar por el Centro, y hoy se arrepiente. Tiene los labios resecos por la falta de líquido y la cabeza siente que le va a estallar, como si arrastrase una resaca memorable y, al mismo tiempo, comenzase a estar borracho, en esos primeros momentos de éxtasis en los que la embriaguez parece un estado atractivo e incluso recomendable. Le duelen las articulaciones y el cuello, también la espalda, justo a la altura de los riñones, y se distrae pensando en la comodidad de una taza de café caliente y un sofá amplio, con tres o cuatro o incluso cinco cojines, y una fina sábana cubriéndole las piernas. Vuelve a apoyarse sobre el respaldo del banco e inspira profundamente, como queriendo captar cada uno de los olores presentes en este punto escondido del parque, al que le gusta ir sobre todo en estas fechas. 

De pronto, como si el fogonazo de luz hubiese respetado su cadencia al despertar, le vienen a la mente esos recuerdos con los que acaba de soñar, o de los que en realidad nunca ha dejado de acordarse. Se estremece cada vez que piensa en esa niña y en sus ojos, unos ojos que no ha vuelto a ver, ni siquiera parecidos en tamaño o expresión, y por los que siempre se sintió cautivado, al principio puede que también algo intimidado pero nunca hasta el punto de sentir verdadero pavor. Nota cómo empiezan a sudarle las manos y la frente, desde donde le resbalan varias gotas de sudor, cayendo lenta y pesadamente sobre su cara desencajada. No hay duda, es el dolor, que vuelve a atormentarle, a hacerle sentir un trapo, un trozo de corcho zarandeado por una tempestad. A Rafael le falta el aire, como si todo aquel espacio abierto e inhabitado no fuese suficiente para calmar su necesidad de respiración, y cree que se muere pero es sólo un ataque más, otro pulso perdido a la vida. 

Nada fue igual después de que te fueras. Aquella casa se convirtió en un lugar demasiado asfixiante, demasiado vacío de ti. Tu ausencia me resultaba insoportable y peligrosa, y tu traición hacía que detestase recordarte. Ahí fue, creo, cuando empecé a odiarte. 

La música hacía que aquella niña reviviese, que de la somnolencia pasase a sentirse activa, casi de una manera inmediata. El cuerpo se le tensaba y los ojos se le expandían más aún, como si las melodías que sonaban en aquella radio antigua fueran su verdadero motor. No piensen que se ponía a bailar o a corretear por toda la casa, sino simplemente se sentaba en el comedor con la radio muy cerca, con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza erguida, atenta a los comentarios de los tertulianos del programa, o a las llamadas de los oyentes, que contaban historias de amor y de muerte y que solían pedir una canción para sus seres queridos. Transcurrido un tiempo, una tarde de sábado, sentados en aquel banco del parque, que parecía ya suyo, la niña le confesó a Rafael que escuchaba aquellos programas con la esperanza de oír la voz de su padre, pues era lo único que recordaba de él, y que era incapaz de describirla, pero que estaba convencida de que si la escuchaba de nuevo sabría reconocerla. Fue la misma tarde en la que se cogieron de la mano por primera vez, asustados por la calidez de la fricción de sus dedos, por la suavidad de las manos de ella y la delgadez de las de él, por esa percepción de calma y al mismo tiempo de fortaleza que experimentaron al entrelazarlas. 

La sensación de agonía ha remitido aunque todavía siente un cierto malestar. Rafael hubiese preferido vomitar hace horas para calmar la amargura de su estómago, si hubiese tenido algo que expulsar de su cuerpo pero por desgracia todo él está vacío. Tan sólo le quedan algunas fuerzas para seguir caminando. Y eso hace, caminar por esta ciudad de calles estrechas y desconocidas, impregnadas todas ellas por el aroma a salitre del mar, por la humedad lacerante del ambiente. Camina y lo hace despacio, resignado y complacido por su anonimato social, por la indiferencia que les causa a los transeúntes que caminan junto a él, pero que no lo ven. O sí lo hacen pero le evitan, como si Rafael fuese la materialización de ese estado deplorable y lastimoso del que huye el ser humano, como si quienes pasaran a su lado creyesen que al eludirle se están resguardando, e incluso poniéndose a salvo. A salvo de qué, me pregunto, si ya todos estamos condenados por naturaleza. Y la condena de Rafael acabará esta misma noche, después de este largo paseo infructuoso, colmado de desesperanza pero también de gratitud. Acabará justo antes de llegar al Centro, a doscientos o trescientos metros, precisamente delante de la panadería en la que, a veces, algún domingo, le regalaban las sobras antes de cerrar a mediodía. Será sobre ese suelo con olor a meado de perro donde se desmayará Rafael, inconsciente, para luego dejar de respirar y nunca más abrir los ojos, esos ojos que también eran verdes y grandes y asustados. 

Y aún hoy creo que te odio. Y creo que también te quiero, aunque hayan pasado tantos años y no nos hayamos vuelto a ver. Alguien me dijo que te fuiste a Madrid al cumplir los dieciocho porque aquí no podías seguir viviendo. Ojalá me hubieses llevado contigo… 

     —Esto es una tontería, Silvia. No le veo ningún sentido —dice la mujer mientras deja caer la hoja al suelo, recostada ya sobre el sofá, con los ojos entornados y tristes. 

     —Hazme caso y sigue leyendo. Sabes que es parte de tu terapia y, además, tú quieres que esta carta llegue a manos de su destinatario, ¿no? Estoy segura de que daremos con él. ♦︎ 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies