Una nueva variedad de tristeza: el último verano de Bobby Fuller

Dicen que el tiempo lo cura todo, que pone a cada uno en su sitio y que, como un juez sabio pero lento en sus deliberaciones, es capaz de arrojar luz sobre los hechos más sombríos. Bien, aun admitiendo que algunas veces dichas afirmaciones puedan ser ciertas, y que en esos casos el tiempo funcione como un agente erosionador capaz de llegar a desenterrar una verdad oculta bajo toneladas de costra, lo cierto es que casi siempre la cosa funciona más bien al contrario, y el tiempo a lo único que se dedica es a acumular más y más basura sobre un suceso turbio acontecido años atrás, desdibujándolo hasta tal punto que resulta del todo imposible discernir qué es realidad y qué ficción, qué son hechos concretos y qué mera superchería. Así es como se crean las leyendas y los mitos, leyendas y mitos para las cuales el rock’n’roll ha sido la mejor cantera desde su irrupción como producto de masas allá por la década de los cincuenta. 

bobby fullerBobby Fuller / Foto: Norton Records.

Pero pongámonos en situación. Para ello debemos viajar en el tiempo hasta el verano de 1966, y en el espacio hasta la ciudad de Los Angeles, California. Nos encontramos en un momento de la cultura popular y juvenil realmente electrizante. El rock’n’roll ha explotado solo diez años atrás y ha abierto la caja de pandora para todo lo que ha de venir después. Son los años de auge del brit-pop, que con The Beatles y The Rolling Stones a la cabeza inunda las listas de éxitos de todo el mundo, incluyendo EEUU. Pero también son los inicios de una etapa de experimentación sin precedentes, no solo en la música sino en todos los ámbitos artísticos, motivada por el uso de las nuevas drogas psicotrópicas, en especial del LSD. Nos referimos por supuesto a la psicodelia, que terminará por imponerse durante varios años, impregnando en mayor o menor medida a prácticamente todos los artistas de la época. Aún así, todavía existen unos cuantos músicos en la costa oeste que se resisten a dejarse atrapar por los nuevos sonidos emergentes. Entre ellos se encuentra un joven prometedor de apenas 23 años, llamado Robert Gaston Fuller, conocido por todos como Bobby Fuller. Bobby Fuller representa a uno de estos músicos que han buscado la innovación en el pasado, es decir, volviendo a las raíces mismas del rock’n’roll, pero sin despreciar el presente en el que viven. Fuertemente influenciado por su ídolo Buddy Holly (de quien se dice que es su heredero natural) y de otros grandes pesos pesados de la década anterior como Little Richard o Eddie Cochran, es también un fan declarado de The Beatles y de las bandas de surf que imperan en la primera mitad de la década de los sesenta en las playas de California. En estas playas ha desembarcado solo dos años atrás, en 1964, procedente de El Paso. Allí había adquirido cierto renombre tocando en bares y clubs de la zona con una banda siempre en continuo reajuste a la que llamó The Fanatics. También realizó en aquellos días algunas grabaciones para un pequeño sello de Nuevo México llamado Yucca Records, que llegaron a ser radiadas en las emisoras locales. Sin embargo fue en 1963 cuando Bobby Fuller & The Fanatics dieron una serie de conciertos en California que llamaron la atención de un cazatalentos musical con tan buen ojo como mal fario: Bob Keane. Keane había creado en 1955 su primera discográfica, Keen Records, junto con un exitoso hombre de negocios llegado de la industria aeroespacial, llamado John Siamas. Pero el asunto acabó como el rosario de la aurora y Keane perdió todos los derechos sobre su compañía y sobre su principal estrella, Sam Cooke. Lejos de tirar la toalla, Keane volvió a intentarlo en 1958 con una nueva compañía de discos, Del-Fi Records, y con otro nuevo talento recién descubierto: Ritchie Valens.

bobby fuller- Bob Keane, right, with Ritchie Valens, Photograph- Michael Ochs Archives Michael Ochs Archives:Michael Ochs ArchivesBob Keane (derecha) con Ritchie Valens / Foto: Michael Ochs Archives.

Pero volvamos al verano de 1966 en Los Angeles. Aparentemente, Bobby se encuentra en el mejor momento de su carrera. Lleva liderando desde hace un par de años su propia banda, The Bobby Fuller Four, junto a su hermano menor Randy al bajo, Jim Reese a la guitarra y DeWayne Quirico a la batería. Con esta formación no ha parado de tocar durante esos dos años por toda California. Además tienen un contrato discográfico en vigor con Mustang Records, compañía subsidiaria de Del-Fi que ha apostado fuerte por ellos desde un principio, colando sus singles en las principales emisoras de Los Angeles. Como resultado, la banda ha logrado meter tres de sus hits en los puestos más altos de las listas americanas, incluyendo I Fought The Law, original de Sony Curtis & The Crickets, que a finales de 1965 alcanzó el nº9 en el Billboard Hot 100. Pero eso no es todo. Con ayuda de Bob Keane y de sus “contactos”, The Bobby Fuller Four se ha convertido prácticamente en el grupo residente de la KRLA, llegando la radio incluso a esponsorizar su primer album: KRLA, King of the Wheels. Después llegaría un segundo album, I Fought the Law, y, entre medias de los dos, una cameo como banda de apoyo de Nancy Sinatra en la película The Ghost in the Invisible Bikini (un subproducto para adolescentes protagonizado por Susan Hart y un Boris Karloff en horas bajas). Sí, a juzgar por todo esto, podría decirse que Bobby Fuller estaba cabalgando la “gran ola” y además a velocidades de vértigo. Pero la realidad nunca es blanca o negra del todo, y si bien es verdad que en general podría decirse que la cosa marchaba viento en popa para Bobby, lo cierto es que había comenzado a surgir la tensión en el seno de la banda desde hacía ya algún tiempo. De hecho, Bobby se quedó sin su batería, DeWayne Quirico, poco antes de comenzar la grabación de su primer álbum, teniendo que viajar hasta El Paso en busca de un nuevo baterista, Dalton Powell, que en realidad había sido el batería original de la banda. Tampoco su última gira, programada por Bob Keane, había salido tal y como ellos esperaban, y el malestar de Bobby por el trato recibido en algunos clubs se hizo más que patente cuando éste decidió terminar con los conciertos de manera prematura para regresar a Los Ángeles, donde nada más llegar recibirían la noticia de la llamada a filas de Jim Reese. Además estaban los continuos rumores que conectaban al dueño de Mustang y Del-Fi con elementos  de la mafia angelina, quienes a base de sobornos y extorsión lograban que sus artistas en nómina fueran radiados continuamente por las emisoras locales. El propio Randy Fuller reconocería estos hechos años mas tarde en diversas entrevistas, llegando a describir el ambiente de aquellos días alrededor de Bob Keane como un tanto turbio. Si a esto le añadimos las palabras del road-manager de la banda, Rick Stone, en las que afirmaría, al ser entrevistado en 1996 por Gary James para el programa de televisión Unsolved Mysteries, que el propio Bobby Fuller le había confesado repetidas veces sus deseos de romper tanto con la banda (la relación con su hermano se había deteriorado mucho en los últimos meses) como con Bob Keane (a quien acusaba querer controlar en exceso el sonido del grupo), podemos deducir que no todo era de color de rosa en aquel momento para el joven talento texano de apenas 23 años.

Detail of a playbill for a 1965 performance in Redondo Beach by the Bobby Fuller Four. (Norton Records)Y en tales circunstancias llegamos al domingo 17 de julio de 1966. Bobby pasó casi toda la mañana de aquel día junto a su madre, que acababa de llegar de El Paso para visitar a sus hijos, y casi toda la tarde en compañía de unos cuantos músicos también llegados de El Paso, viejos conocidos de sus primeros tiempos, que andaban por Hollywood y a quienes quería enrolar en su nuevo proyecto musical. Se vio con Jim Reese, con quien había tratado el tema de la compra del automóvil de éste último, un Jaguar XKE, que pensaba dejar zanjada al día siguiente. Por último, cabe destacar la charla distendida que mantuvo con Bob Keane, con quien se citó, junto con algunos de los músicos texanos mencionados anteriormente, para una sesión de grabación el lunes por la mañana en las oficinas de Del-Fi Records. El resto del  tiempo lo pasó divirtiéndose hasta que, alrededor de la medianoche y ya en su apartamento, Bobby llamó a una chica con la que se le había estado viendo últimamente, llamada Melody, que trabajaba de camarera en el P.J’s, el bar de moda en la zona. Una hora más tarde, con su madre durmiendo en la habitación de al lado, es él quien recibe una llamada que le hace salir de casa a toda prisa para subirse en el viejo Oldsmobile de la familia y conducirlo hasta algún lugar de la ciudad. Algunos de sus amigos, incluyendo a su hermano Randy, declararían después que Bobby les había comentado algo acerca de una fiesta lisérgica a la que pensaba acudir con Melody esa misma noche, lo que no le resultó extraño a nadie, pues en los últimos meses Bobby se había aficionado mucho al LSD. Fuera como fuere, lo cierto es que regresó a casa sobre las tres de la madrugada. Es entonces cuando se cruza con el gerente del complejo de apartamentos donde vive, Lloyd Esinger, con quien se bebe un par de cervezas y dialoga tranquilamente hasta el momento en el que ambos se despiden hasta el día siguiente. 

El lunes por la tarde, dos de los músicos de El Paso, Ty Grimes y Mike Cicarelli, acuden a ese mismo complejo de apartamentos, The Sycamore Apartments, en busca del líder de la banda, que no ha acudido a la sesión de grabación programada a las ocho y media de esa misma mañana. Se encuentran con Dalton Powell y Jim Reese, que viven a un par de manzanas, y los cuatro deciden ir en busca de Bobby Fuller. Al pasar junto al solar de la parte de atrás, Jim y Dalton se dan cuenta de que su coche no está aparcado allí como de costumbre. Llaman al timbre de su casa y, aunque nadie contesta, deciden esperar. Durante la espera, Ty Grimes observa cómo un coche, que no distingue muy bien desde la distancia, entra y aparca en la explanada. Son las cinco de la tarde. Cansados de esperar, los cuatro comienzan a bajar las escaleras y es entonces cuando se cruzan con Loraine Fuller, la madre de Bobby, que sube corriendo por las escaleras de enfrente en completo estado de shock. Ella había salido a dar una vuelta y a comprobar el correo cuando, a su regreso, vio aparcado el Oldsmobile y se acercó a echar un vistazo. Al abrir la puerta del copiloto, se encontró con el cuerpo de Bobby tumbado sobre los dos asientos de delante, con las llaves de contacto puestas y un insoportable hedor a gasolina. Al principio pensó que estaba dormido. Lo llamó un par de veces pero su hijo no contestó. Se acercó a él y entonces se dio cuenta de que su cuerpo yacía sin vida.

The Bobby Fuller Four, with Bobby at the front. Photograph- Michael Ochs ArchivesThe Bobby Fuller Four / Foto: Michael Ochs Archives.

La policía barajó en un principio la hipótesis de la sobredosis, después la del suicidio y finalmente la del asesinato, y aunque nunca llegó a decantarse de manera oficial por ninguna de las tres, lo cierto es que tras la autopsia, muchas de las dudas se fueron despejando. Por ejemplo el hecho de que no se encontrara ni rastro de alcohol o drogas en la sangre de Bobby, lo cual descartaba por completo la teoría de la sobredosis. También se llegó a la conclusión de que la causa de la muerte había sido la inhalación de los gases procedentes de la gasolina derramada sobre su cuerpo y sobre todo el interior del vehículo, y no la ingestión de ésta, como se pensó en un principio. Así mismo, las marcas encontradas en su cuerpo no fueron moratones producidos por golpes sino quemaduras provocadas por la gasolina, que elevó la temperatura en el interior del vehículo hasta casi hacerlo arder, literalmente. Por último, se dedujo que Bobby debía llevar varias horas muerto cuando se le declaró oficialmente como tal a las 5:15 P.M. del lunes 18 de julio de 1966, pues el rigor mortis había comenzado ya a hacer acto de presencia cuando se encontró su cuerpo sin vida.

Y hasta aquí llegan los hechos. A partir de ahora nos adentramos en los cenagosos terrenos de la especulación. Y 48 años de especulación dan para mucho. Durante este medio siglo algunos de los actores secundarios de esta trágica historia han pasado a convertirse en protagonistas al ser acusados o al acusar a a su vez a otros miembros del reparto. Los cruces de declaraciones han sido constantes y, lejos de arrojar alguna luz sobre el caso, lo que han hecho ha sido remover más y más la fosa séptica haciendo que la peste se extienda por todos los rincones. Pero lo que está claro es que en cada una de estas conjeturas hay un denominador común que las une: todas afirman que Bobby Fuller fue asesinado. 

La primera de estas hipotesis, una de las más plausibles, tendría como protagonista a la misteriosa “amiga” de Bobby, Melody. Parece ser que Melody, además de la camarera del P.J’s, era la novia de Dominic Lucci, uno de los dueños del bar y gángster reconocido de la ciudad, que contaba entre sus socios con Adel Nasrallah (a.k.a Eddie Nash), un matón de tendencias violentas que había sido condenado por trafico de drogas y asesinato. La teoría habla de un ajuste de cuentas por la relación de Bobby con Melody. Sin embargo esta teoría no explica por qué los supuestos asesinos volvieron a dejar el coche en el aparcamiento frente a la casa de Bobby, con el riesgo que aquello implicaba. Hubiera sido más lógico haber estrellado el coche en cualquier cuneta y haberle prendido fuego después simulando un accidente. 

Otra hipótesis coloca en el centro del huracán al mismísimo Bob Keane. Keane había mantenido tratos con miembros de la mafia angelina a quienes, al parecer, les debía dinero por sus servicios. Al mismo tiempo, Keane, escarmentado tras la prematura muerte de Ritchie Valens, había firmado un seguro de vida para que en el caso de que su joven estrella emergente sufriera un desdichado accidente (y como accidente se incluía también la sobredosis o el suicidio), él cobrara un millón de dólares. De esta forma, Bobby Fuller habría sido asesinado por la mafia para posteriormente aparentar un suicidio por el que Bob Keane pudiera cobrar el millón de dolares y así saldar sus deudas con los gángsters. O puede que directamente Keane, con la ayuda de su dudoso socio Larry Nunes, hubiera ordenado su asesinato una vez supo las intenciones de Bobby de abandonar Mustang Records. 

Una tercera teoría habla de un accidente en la fiesta lisérgica provocado por un mal viaje con LSD, lo que habría asustado a los organizadores del evento, los cuales, para evitar a la policía, habrían llevado el cuerpo de Bobby hasta el solar de la parta de atrás de su casa y, una vez allí, simulado un suicidio. Sin embargo, muchos testimonios de gente que estuvo con él en aquella fiesta afirman que Bobby se mantuvo en perfectas condiciones hasta el final, cuando todo terminó y cada uno se marchó a su casa. 

Jim Reese tampoco quiso ser menos en cuanto a hacer sus propias cábalas, no en vano tanto él como Randy Fuller fueron objeto de especulaciones que los colocaban como los conspiradores del crimen al enterarse que iban a ser expulsados de la banda. Pero Reese fue un paso mas allá y durante años no dudó en culpar al mismísimo Charles Manson del asesinato. Es cierto que el bueno de Charlie, antes de fundar su infame “familia”, había estado deambulando por Los Angeles malviviendo de todo tipo de trapicheos, incluyendo el boyante negocio de la drogas, pero la realidad es que durante los días en los que ocurrió el trágico suceso, Manson estaba recluido en la prisión de Terminal Island, con lo que le debió resultar muy difícil llevar a cabo este crimen. 

La última de la teorías que ha ido cobrando protagonismo recientemente se basa en la novela de John Kaye publicada en 2003, The Dead Circus, sobre la que se vertebra además un proyecto cinematográfico que se está desarrollando en la actualidad. Según esta novela, en la muerte de Bobby Fuller estaría implicado nada más y menos que Frank Sinatra, quien se habría vengado de Bobby por haberle proporcionado a su hija Nancy LSD durante el rodaje de The Ghost in the Invinsible Bikini, lo que le habría causado un mal viaje llevándola casi hasta el borde de la locura. 

En fin, como vemos hay teorías para todos los gustos, desde las más enrevesadas hasta las más simplonas, desde las más estrambóticas hasta las más pueriles. Sin embargo, lo que parece cierto es que nunca sabremos la verdad sobre lo que le ocurrió a Bobby Fuller aquella madrugada del 18 de julio de 1966. Y en realidad a estas alturas, ¿serviría de algo el saberlo? Bobby Fuller ya no está con nosotros pero aún así nos queda su legado, un legado que aun sin ser todo lo extenso que hubiera podido ser, se sitúa muy por encima de la especulación y el sensacionalismo, y nos dice que no importa quién fuese el que luchara contra la ley aquella triste mañana de julio porque, al final, fuimos todos los que perdimos.

Descanse en paz. Never to be Forgotten

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies