Tarde de viento y fuego

La chica de la inmobiliaria subió las persianas del salón, abrían a una amplia terraza. Los baños y la cocina estaban reformados de hacía un par de años, y la plaqueta sustituida por tarima. Saúl y Laura subieron a la parte de arriba. Al poco bajaron dando brincos por la escalera, negociando qué dormitorio sería el de cada uno, como si ya hubiéramos decidido quedarnos con la casa. La chica nos invitó a salir a la terraza. Las vistas eran realmente bonitas, lo más cercano era la estación de tren, y quedaba al menos a un kilómetro, como un pequeño garabato sobre la línea del horizonte. La terraza era espaciosa, cabrían fácilmente una mesa y unas sillas, idóneas para pasar tardes como aquella, mirando al frente de espaldas a la ciudad, sin más película por ver que el viento moviendo las amarillentas plantas de agosto. Una de esas tardes que parecen robadas al tiempo, como la tarde que apareció Susana, veinte años atrás. 

France. Paris. Smoke billowing from a fire on the avenue de l'Opera. 1974Fotografía de Richard Kalvar, Magnum Photos.

Cortábamos todo tipo de tablas, aglomerados, mdf, contrachapados, pino macizo, lo que fuera, cortes rectos en mural, formas con caladora, forrábamos los cantos con tacón, perforábamos para insertar espigas, tirafondos, cualquier cosa. Y tragábamos polvo como condenados en el mismísimo desierto, sobre todo eso. Cuando uno era nuevo llevaba todo el día la mascarilla, los cascos y las gafas de protección, pero al cabo de unos meses la mascarilla, los cascos y las gafas colgaban alrededor del cuello, más como abalorios tribales que como herramientas de trabajo. 

Aquella tarde, justo antes de que Susana apareciese, estuve en el patio. Había salido con uno de los compañeros más veteranos a vaciar la cuba donde tirábamos los sobrantes que no se podían aprovechar. La descargamos y me quedé fuera un par de minutos con él. Allí, por extraño que resultase, los jóvenes parecíamos tener más sentido común que los viejos. Y concretamente a ese tío no solíamos dejarle solo cuando salía, porque tenía la costumbre de echarse un cigarro en el escalón del cuartucho del serrín y temíamos salir ardiendo cualquier día. 

El compañero que atendía el mostrador se había puesto enfermo, y me había tocado cubrirle. Llevaba todo el día de cara al público, apuntando medidas, trazando plantas, sacando pedidos y pinchando en el tablón las notas de cada encargo. Las horas no pasaban. Hasta que en uno de aquellos minutos, lentos como una carrera soñada, al levantar la vista a un nuevo cliente, el mundo entero se detuvo. Susana me saludó cortésmente y sacó un papel doblado de entre las hojas de su agenda. Llevaba subido el cuello del abrigo, el pelo con un peinado diferente, la raya a un lado y alisado. En su rostro se vislumbraban las arrugas típicas de los cuarenta. Se conservaba bien, realmente no los aparentaba, aunque tampoco los veinticinco de la última vez que la vi.

El día que la conocí tenía diez años, y ni siquiera sabía que era la novia de mi hermano. Él me dijo que era una amiga, pero ya por entonces vivían juntos. Rubén y yo estábamos bastantes unidos, al menos para llevarnos quince años y tener padres diferentes. Él era hijo de un primer matrimonio de mi madre y apenas habíamos vivido bajo el mismo techo. Los fines de semana solía llevarme a dar una vuelta por la ciudad, como si quisiera enseñarme lo grande que puede ser el mundo, tiene gracia. Conocí a Susana un sábado por la mañana, recuerdo que su belleza me produjo una profunda impresión. Me dio un beso y me llevó a la cocina para coger unos refrescos. La nevera estaba cubierta de imanes decorativos. Mientras ella preparaba las bebidas y algo de picar, yo contemplaba detenidamente las figuras. “Elige uno, el que quieras”, me dijo. Cogí uno con forma de camión. “Ese es para ti, el primero de tu colección”, dijo, y salimos de la cocina. Es posible que fuera la primera vez que quise tener más edad de la que tenía.

Los dos años siguientes estuve casi todos los fines de semana en esa casa. Susana y Rubén desplegaban un sofá-cama y el despacho a rebosar de libros se convertía en mi dormitorio. Aquel tiempo fui feliz como nunca lo había sido, y como jamás lo volví a ser. Idolatraba a mi hermano y amaba a Susana. Lo bello se calibraba según su rostro, lo que era bueno o hermoso lo era en relación con ella. Ellos eran el futuro y los sueños.

Desplegó sobre el mostrador el folio que sacó de su agenda, con el dibujo animado de un cochecito tipo escarabajo. Los faros simulaban unos ojos perfectamente redondos, y el capó se abría con una media sonrisa que, sin embargo, no conseguía despistar un rasgo tenue de tristeza.

Quería cortar un tablero con esta forma dijo, sin apenas mirarme a la cara.

¿Qué dimensiones querría? 

Como máximo uno cincuenta de ancho y un metro de largo.

¿Qué tipo de tablero? —dije, sin que me fuera posible dejar de mirarla.

Que se pueda pintar encima, es para hacer una mesa infantil.

De acuerdo, en ese caso mdf es lo mejor. El de 32mm será suficiente para que los tornillos de las patas agarren bien. 

Perfecto —contestó ella, risueña—, ¿también vendéis patas aquí?

No —dije, inmediatamente arrepentido, porque me pareció como si dicha negativa la decepcionara.

Le tomé el papel con el dibujo y lo grapé a la nota del pedido.

¿Cuándo puedo pasar a recogerlo? 

El lunes por la tarde.

Muy bien, ¿dejo algo de señal?

No hace falta, tan solo necesito su nombre —dije, con el puño apoyado en el mostrador y la punta del bolígrafo sobre la hoja del pedido.

Susana —respondió, tras unos segundos de silencio, no más de dos o tres, los necesarios para que yo supiera que ella también me había reconocido.

Y luego se marchó del taller como si no nos conociéramos, casi como si fuera imposible que jamás nos hubiéramos conocido. Y yo guardé la nota en mi gaveta para no extraviarla.

Cuando Rubén me dijo que Susana y él ya no vivían juntos, que se había acabado, me encerré en mi habitación, fingiendo que la noticia no me había afectado. Me senté en el suelo con la espalda contra la pared, y rompí a llorar. Pensé en el fin de semana inmediatamente anterior. Habíamos ido a desayunar al centro, y después de comer fuimos a ver una película. Traté de memorizar cuanto había hecho aquella última tarde. Era primavera, recuerdo el cielo al salir del cine, estaba cubierto de grisáceos nimbos sin agua, una columna de humo crecía en el horizonte, lejana pero visible y llamativa, como una encina gigantesca muriéndose cien millones de veces más rápido de lo que vivió, volándose en el aire entre una sesión y otra. Olía a pólvora y a tierra mojada. Yo caminaba entre mi hermano y Susana, maravillado y sin temor. 

Sentado en el suelo de mi habitación, con la espalda contra la pared, no podía dejar de llorar. El futuro y los sueños eran una tarde de viento y fuego.

Una vez leí que el opuesto natural al azul es el naranja. Anochecía y las farolas del parking se habían encendido. Ella estaba de pie junto a un monovolumen, con el cuello del abrigo aún subido y un gorro de lana verde pistacho. Me sacudí los pantalones, manchados de serrín, y me subí la cremallera de la cazadora. Caminé con las manos en los bolsillos. Me detuve enfrente de ella y nos miramos fijamente.

Tienes un niño, ¿no? 

Estás igual —respondió Susana, sin variar su postura, ni dejar de sonreír.

En realidad no —dije yo. 

Bueno… yo tampoco —dijo ella.

Sonreímos a un mismo tiempo y nos quedamos unos segundos en silencio, sin saber qué más decir.

¿Llevas prisa? —preguntó.

No.

¿Te apetece un café?

La verdad, mataría por uno ahora mismo…

Propuse ir a un bar cercano donde hacían un café excelente y un pastel de chocolate que era el plato estrella de la casa. Quedaba a cinco minutos. Fuimos en mi viejo Renault Clío. Era absurdo mover los dos coches, argumenté. Aunque sólo quería demostrar que ya no era un crío. Tenía coche, aunque fuera uno de casi quince años con más de doscientos mil kilómetros.

Tomamos varios cafés y la afamada tarta de chocolate. Susana no se extrañó de que fuera el plato estrella, aseguró no haber probado nunca nada tan bueno. Más allá del cristal de la cafetería el cielo se había vuelto negro, era una noche sin luna. El firmamento barrido de estrellas y coches familiares olvidados en algún aparcamiento, eso era lo que quedaba al otro lado. Del lado de acá, el plato amarillo pálido con migajas de pastel de chocolate, tazas con los posos del café y una camarera extraordinariamente simpática sirviéndonos los batidos más estrambóticos de la carta. De nuestro lado, apenas el tiempo que pasaba mientras alguien esperaba a Susana en casa. Sólo la risa recuperada de una desaparecida. Hablamos de muchas cosas. Reímos y jugamos con las sombrillas de plástico de los batidos. Durante aquellas dos horas largas pensé en lo imposible de lo que estaba ocurriendo, y sin embargo creí en ello con la fe de un converso, ciego hasta el sacrificio. 

Como el de dos estatuas de piedra, lento… Nos marchamos de la cafetería y conduje hasta el aparcamiento. Pasaban bastante de las once. Paré junto a su coche, el único que quedaba por allí. Fue ella la que me besó, como si intuyera que yo no tendría valor para hacerlo. Un beso lento, tan lento… Cada vez que ladeábamos la cabeza mi nariz y la suya tropezaban en el cruce, y ese repentino encuentro era si cabe más placentero que sentir su lengua en mis labios durante una décima de segundo, infinita y dolorosamente esperada. Nos sujetamos mutuamente la cabeza, acariciándonos la nuca, pasando los dedos entre el pelo. Tiramos del uno hacia el otro, endureciendo el beso, haciendo crecer nuestras bocas. Cerrábamos los ojos con esfuerzo y con placer. Y nos miramos como si no hubiéramos tenido jamás a nadie tan cerca.

Es difícil discernir de manera exacta cuándo tocan a su fin los buenos momentos. No se ve el chispazo en el motor de separación, y el tiempo da marcha atrás con acostumbrada facilidad. En un segundo las manos ya no estaban donde quería que estuvieran. Nos mirábamos no tan cerca, pero directamente a los ojos, creyendo que esa era la llave del retorno. 

Susana se despidió hasta el lunes por la tarde, y salió del coche con una gran sonrisa iniciática. Esperé a que arrancara y la seguí hasta la rotonda. Cuando tomó el primer desvío a la autopista toqué el claxon; me pareció que miraba por el espejo retrovisor, el brillo fugaz de sus ojos oscuros.

El lunes por la mañana, en cuanto llegué al taller, saqué de mi gaveta la nota de Susana y me puse a trabajar. Coloqué el tablero entre dos borriquetas, confeccioné una plantilla a escala diez por uno del dibujo y la adherí a la tabla. Pasé la caladora con mucho cuidado por la silueta del dibujo. Durante casi una hora estuve lijando el canto para que no quedaran astillas. Cuando acabé, tuve que reorganizar un poco el rack donde íbamos dejando los pedidos, porque quería colocar el tablero al final del mismo, a fin de que estuviese más protegido. Le puse la pegatina con su número y pinché la nota en el tablón. Esperé toda la tarde a que Susana apareciera, pero no lo hizo. Cada hora le echaba un vistazo a su tabla, para asegurarme de que estaba bien. 

Tardé un rato en marcharme del aparcamiento, hasta que me quedé solo, esperando dentro del coche que Susana llegara, demasiado tarde para recoger su encargo. 

Con los días, ya no acudía con tanta frecuencia a ver si el tablero seguía intacto, echaba un vistazo cuando dejaba algún pedido, no más. Para el viernes me había hecho a la idea de que Susana no acudiría jamás a recogerlo. Los compañeros se cachondeaban con la gracia de que el cochecito iba a quedar para desguace. Ese mismo viernes salimos a comer al bar de al lado, como siempre. Cuando regresamos, el tablero no estaba en su sitio. Convencido de que ella no lo había recogido, lo primero que pensé fue que los que se quedaron cubriendo lo habían cambiado de lugar o golpeado y echado a la basura. Pero la nota tampoco estaba.

¿Dónde coño está el tablero que corté el lunes? —pregunté, airado.

¿El cochecito?

Que dónde está —insistí, sin ganas de bromas.

Calma… se lo llevaron. Estaba listo, ¿no?

Guardé silencio unos segundos, mirando al compañero que me hablaba, el mismo que fumaba en la puerta del cuarto del serrín, intentando aceptar que lo que decía era verdad.

¿Quién se lo llevó?

Un hombre de unos cincuenta, estaba a nombre de su mujer —contestó, y me pidió que le echara una mano a sacar la basura. 

Salimos al patio y vaciamos la cuba; luego se sentó en el poyete del cuarto del serrín y sacó un paquete de tabaco. Me miró y encendió un cigarrillo, esperando que le reprendiera por ello, o quizás no, como si de alguna forma supiera que ese cigarro lo iba a fumar acompañado, pero en silencio.

Saúl y Laura nos rogaban que nos quedáramos con el piso, les encantaba el hecho de que fuera algo así como dos casas en una, se imaginaban que la planta de arriba serían sus dominios, independientes del resto. Los antiguos propietarios habían fallecido y al heredero le interesaba vender cuanto antes. Subimos a los dormitorios, con Saúl y Laura asumiendo el papel de comerciales inmobiliarios, entusiasmados. Parecían haber llegado a un acuerdo, el primer dormitorio sería el de ella, era una habitación grande con un armario empotrado y ventana al exterior, completamente vacía. Propuso pintarla de naranja, su color favorito. La chica de la agencia abrió la puerta del segundo dormitorio, el de Saúl, que en lugar del naranja optó por el verde. Un empotrado y ventana exterior, como el otro, más o menos igual de grande. 

Y si quieres te puedes quedar la mesita —le dijo la vendedora a Saúl, dedicándole una sonrisa y acariciándole el pelo.

Di un paso al frente desde el umbral de la habitación y vi la mesita a la que se refería. Todo mi cuerpo se estremeció. Una pequeña mesa de tres patas con la forma y el dibujo de un coche tipo escarabajo, los faros dos ojos redondos, un poco tristes, igual que la sonrisa del capó. 

Me acerqué y me arrodillé. Pasé la mano por encima del tablero, el plástico que cubría el dibujo se levantaba ajado por algunas partes, y la tira de canto azul estaba desconchada y quebrada. Acaricié la mesa, envejecida; cerré los ojos unos segundos y sentí que estaba nuevamente entre las máquinas de cortar madera, trabajando aquel tablero con todo el amor del mundo.

Debió ser el escritorio del hijo —dijo la chica, desconcertada por mi comportamiento, lo mismo que mi mujer y los niños—, bueno… cuando era pequeño, claro… al parecer, conducía él cuando tuvieron el accidente —apuntó en voz baja, para que Saúl y Laura no lo oyeran.

Después de la visita llamé a mi hermano, hacía tiempo que no hablaba con él. ♦︎

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