Si se quiere ser poeta conviene leer a Raúl González Tuñón

Si se pretende llegar a ser poeta —porque el poeta se hace, no nace, aunque sí pueda renacer— hay que aprender a serlo, no es necesario un programa curricular perfectamente ordenado, pero sí un deseo férreo y una disciplina consciente. Suele ser útil educarse en ejemplos, y sacar de esa matemática el resultado de uno mismo. Uno de los ejemplos que ayudan a convertirse en poeta —en el más amplio y mejor de sus sentidos—, es el de la historia y la poesía de Raúl González Tuñón.

Nacido en Argentina, de inmigrantes obreros españoles, en 1905, González Tuñón construyó una carrera indisoluble en lo literario y lo personal (primera enseñanza para poetas en ciernes). Fue viajero, marginal, nostálgico, optimista, revolucionario, masivo, independiente, festivo, elegíaco, épico, urbano. Era un hombre, era un poeta. Dejó los estudios joven y se buscó la vida publicando sus primeros poemas en revistas de Buenos Aires, su ciudad querida, antes de cumplir los 20 años. Y encontró un oficio, el de cronista, sin necesidad de presentar ningún título, solo su voz. En nómina de varios periódicos viajó por todo el país para informar de la realidad de su tiempo. Salió de la Argentina también, pasó por Europa en 1929, permaneció dos años en Brasil y cubrió el conflicto del Chaco paraguayo en 1932. Entre tanto publicó sus primeros libros de poesía: El violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928). Por el segundo recibió un premio de cierta relevancia, con el dinero recibido es con el que se pone rumbo a Europa en 1929. En 1930 publicará su tercer volumen, el que le consagra como una de las voces poéticas más originales en lengua española: La calle del agujero en la media.

raúl gonzalez tuñónRaúl González Tuñón.

Para ser poeta hay que ser así, no tener miedo, arriesgarse, viajar y sobre todo: soñar con viajar. Y hacerlo cuando se puede. No detenerse a pensar si uno está o no preparado para una tarea, dejarse llevar por el impulso de lo que brota espontáneamente del interior. Ya habrá tiempo de arrepentirse de los primeros versos, de avergonzarse por ellos. Tuñón se avergonzó, no pasa nada: “y una muchacha me dijo: —Dejemos el amor para mañana. / Yo la seguí y ella entró al local del Sindicato. / Y sentí vergüenza por los versos que había escrito”. La vida del poeta es larga para avergonzarse de poemas cursis, pero corta para desperdiciar el tiempo en que hay que escribirlos. Así se aprende, no a escribir, no a ser poeta, sino a vivir. Un poeta es un ser vivo (axioma universal y fundamental).

Para ser poeta hay que conocerse y reconocerse, como lo hacía Tuñón, sin complejos ni manierismos. Hay que hablar de uno mismo (los poetas buenos sabrán hacerlo en nombre de todo el mundo): “Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla / sean productos europeos / soy triste y cordial como un legítimo argentino”. No solo en poesía, en cualquier forma de literatura, hay que escribir sobre lo que se conoce, de los lugares que nos son familiares, los cuartos donde vivimos, las calles de nuestro barrio: “Tú crees todavía en la revolución / y por el agujero que coses en tu media / sale el sol y se llena todo el cuarto de luz. / Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad, / una calle que nadie conoce ni transita. / Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo, / solo con el recuerdo de una mujer querida. / Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto. / Decir, yo he conocido, es decir: algo ha muerto”. ¿Ven?: los buenos poetas saben hacer de su cuarto y de su calle lugares universales. 

Para ser un auténtico poeta hay que ser poeta de un lugar concreto, de un universo infinitamente particular. González Tuñón lo era de ciertos barrios periféricos, de arrabales y de puertos. Esa fue su ciudad primera, su patria irrevocable. “Amo los puertos (es el único sitio donde puede aguardarse algo, un barco, un sueño, una mujer, un camarada, un pájaro). Amo los puertos arrugados por todos los acordeones del mundo. Siempre hay un tugurio con una luz roja a la puerta”. Hizo de Buenos Aires una capital poética, y la hermanó con París y con Madrid, cuando volvió a Europa en la segunda mitad de los años 30. En París, primero, fue vanguardista, y la vanguardia le sirvió para hacer amistades de otros grandes poetas, y saber que con la forma no valía. El más vanguardista y más auténtico de los poetas de aquel París fue Robert Desnos, que le escribió a su “querido González Tuñón”: “Pero no hay manera de equivocarse / de camino. / Nosotros vamos en la misma dirección / Pero yo te digo no es a la muerte / Es a la vida adonde vamos / No a la vida eterna bien seguro / Pero a la vida / Y yo no daría un solo minuto / De nuestras vidas / Por un siglo”. En París Tuñón fue vanguardista a la retaguardia, que era la posición de los grandes poetas. Porque después de París vendría Madrid, y los que supieron ver eso fueron los verdaderos visionarios. Y en Madrid volvió a recibir los versos de otros compañeros de viaje, de otros nativos de la poesía. Cuando Pablo Neruda recordaba su casa en Madrid, se acordaba de Raúl: “Mi casa era llamada la casa de las flores, / porque por todas partes estallaban geranios / era una bella casa con perros y chiquillos, / Raúl, te acuerdas? / Te acuerdas, Rafael? / Federico, te acuerdas, debajo de la tierra, / te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogada flores en tu boca?”. Y Miguel Hernández le escribió versos, como lo hiciera Robert Desnos: “Raúl, si el cielo azul se constelara / sobre sus cinco cielos de raúles / a la revolución sus cinco azules / como cinco banderas entregara. / Hombres como tú eres pido para / amontonar la muerte de gandules, / cuando tú como el rayo gesticules / y como el rayo al rayo des la cara. / Enarbolado estás como el martillo, / enarbolado truenas y protestas, / enarbolado te alzas a diarioy a los obreros de metal sencillo / invitas a estampar en turbias testas / relámpagos de fuego sanguinario”.

Raul_Gonzalez_Tunon_escritores antifascistasPablo Neruda y Amparo Mom (primeros por la izquierda), González Tuñón (de pie en el centro), en París, 1937, con motivo del Segundo Encuentro de Escritores Antifascistas.

Para ser poeta hay que estar en las ciudades que son las capitales del mundo de su tiempo. Hay que estar en ellas, pero sobre todo, hay que estar con ellas. Raúl González Tuñón estuvo en Madrid, luchando en primera línea del frente cultural contra el fascismo. Tal vez allí comenzó a “avergonzarse” de los versos que en otra época escribió, versos hermosos que solo a un poeta como él podrían enrojecer, porque el poeta es un hombre humilde (otra ley de obligado cumplimiento para cerrar el paso a plumíferos y diletantes). Estando en una taberna, durante la Guerra Civil, escuchó cantar a unos milicianos una canción en recuerdo de Aída Lafuente —la joven que murió luchando en la Revolución de Octubre del 34, en Asturias—, y su piel se erizó al reconocer que los versos que cantaban aquellos hombres los había escrito él, eran los de su poema La Libertaria, dedicado a la joven mártir revolucionaria. Preguntó qué canción era aquella, quién la había compuesto, quién era su autor. Y le respondieron: es anónima, es un cantar del pueblo. Y él no dijo nada, no dijo “eso lo escribí yo”, tan solo volvió a su mesa, a escuchar cómo sus palabras habían alcanzado la más alta cumbre que puede esperar un poeta, volverse anónimo, universalizarse. Tenía entonces 32 años. Para ser poeta hay que ser humilde, hay que olvidarse del nombre propio. 

Para ser poeta hay que luchar y no temer dar con los huesos en la cárcel ni en las sombras. González Tuñón pasó cinco días preso (y por solidaridad no fueron años) por publicar el poema Brigadas de Choque, que el gobierno argentino consideró de “incitación a la rebelión”. Publicó con regularidad pero sin la intermediación de grandes tiradas, siempre en pequeñas editoriales, valiéndose del acto de valor y compromiso de amigos y de los poetas de las nuevas generaciones. Porque ser poeta es también colaborar a que surjan nuevos poetas. El mayor mérito de Tuñón en este campo fue, sin duda, apadrinar y asistir el nacimiento de un poeta que sería, como él, otro clásico moderno, otro poeta de la calle y de su tiempo: Juan Gelman. Tuñón escribió el prólogo de su primer poemario, que, como el del maestro, tenía en su título al violín por elemento simbólico. 

Raul_Gonzalez_Tunon_1974Raúl González Tuñón, 1974.

Y cómo no, para ser poeta, hay que amar y hay que sufrir. Ambas cosas son imprescindibles, por desgracia, más desgracia una que otra. Hay que amar como amó Raúl a su primera esposa, Amparo Mom, para poder escribir: “Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección. […] Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana; increíble, pero tan real; numerosa, pero tan mía”; versos del poema Lluvia, del magistral libro Todos bailan. Hay que sentirse solo en algunos, en muchos momentos, y esperanzado (si se puede): “Y en mi esperanza de no sé qué fiebre, qué pasión, qué dolor / que un día vendrá para salvarme. / Esperar, esperar en una esquina, / encender un cigarrillo / y escuchar con asombro, con miedo, con nostalgia, / la música amontonada del mundo”. Y hay que sufrir, como sufrió González Tuñón cuando murió Amparo, en 1940, o su hermano y compañero del alma, Enrique, en 1943. Solo entonces se pueden escribir elegías. “Enrique, ¿ahora le oyes? Este es Raúl, tu hermano, / dice la flor que crece de tus huesos transidos. […] Enrique, por los muelles vas conmigo en la noche”…

Para ser poeta hay que ser sin miedo. Tomar la vida y la poesía como un arma (“cargada de futuro”, lo dijo otro grande), y dispararla, como escribió Raúl: “Subiré al cielo / le pondré gatillo a la luna / y desde arriba fusilaré al mundo, / suavemente, / para que esto cambie de una vez”. Para ser poeta no hay que ocultarse, se puede uno arrepentir o avergonzarse de lo dicho, pero nunca renegar. Y hay que morirse sin un céntimo. González Tuñón se jubiló como periodista, después de trabajar medio siglo. Le quedó una pensión común con la que siguió viviendo en su casa de siempre, desde la que partía para dar sus paseos de siempre por el puerto y los arrabales, o por las avenidas cuando llegaba la marea roja del primero de Mayo. En 1941, su alter ego Juancito Caminador, versó la muerte del poeta al amanecer: “Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo, / murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria”. Si se quiere ser poeta, ya saben, fíjense en el ejemplo de Raúl González Tuñón, él mostró algunos caminos por los que se llega a ese puerto.

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