No hay música en el paraíso

Cerremos los ojos e imaginemos la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, París. Proyectada en sus cientos de reflejos, una cordillera de dunas. Algún arbusto.

De repente, cruza una imagen. Tan rápida como un proyectil pero mucho más natural, inocente. Sólo hay una manera de alcanzarla, y es con un coche. Sólo hay una manera de abatirla, y es con un arma. Coches y armas en el desierto del Sáhara maliense. Nunca nos hablaron de que la globalización sería esto.

Los ídolos tallados en madera, vestigio del animismo propio del interior africano, quedan petrificados al saberse blancos improvisados, donde a ellos les cosen a balas mientras a ellas les dejan sin rostro. En Tombuctú la caligrafía blanca sobre bandera negra se cobra en la cultura africana su primera víctima usándola como campo de tiro.

timbuktuTimbuktu (2014) / Foto: Armada Films/Les Films du Worso/Dune Vision.

Imaginemos un mar en el desierto; mujeres sin calcetines pero con guantes; hombres con botas militares y el devoto kalashnikov dentro de lugares sagrados como son mezquitas; fútbol sin balón. En este todo vale pero nada es válido, la fatua que provoca pavor es haram: te condena a los latigazos que deciden unos jueces impuestos por una justicia que no se refleja en esta Galería de los Espejos.

Esos mismos jueces que condenan porque la música es haram mientras graban su fe en videocámaras; los mismos que obligan ocultarse el pelo a las mujeres a la vez que se ocultan entre dunas para fumar Lucky Strike; los que promueven esa filosofía de plaza de barrio donde queda prohibido jugar a la pelota pero que pasan su tiempo hablando de Messi, los piques entre Madrid y Barça o “la mejor selección francesa de todos los tiempos”.

La tribu tuareg vio un espejismo cuando, en 2012, albergó la esperanza de hacerse con la capital del Sáhara, Tombuctú, confiando en los mal llamados yihadistas. Mucho mejor entrenados que los extremistas pero en un número menor, lo que ocurrió fue lo que refleja el film de Abderrahmane Sissako, Timbuktu (2014): un choque cultural entre quienes piensan que la comunidad musulmana es una uniformidad de lengua y pensamiento, y un pueblo –el tuareg– que tuvo la libertad de su azawad tan cerca que cuando se le impuso la sharia no supo reaccionar.

Sissako nos sitúa justo antes de Serval, la operación que lleva a cabo Francia en el norte de Malí y que consiguió expulsar de Malí a estos exportadores de terror. Muestra un día a día de Tombuctú, puzle de casas de adobe, tormentas de arena, silencio y meditación, y de sus alrededores, donde los tuareg, pueblo nómada desde tiempos inmemoriales, emplazan sus asentamientos desde que las fronteras que ideó algún antepasado de Serval –con ayuda– les obligaron a tener residencia fija.

Timbuktu es una cuidada selección de escenas propias de la temática que refleja: el único rostro occidental en hora y media aparece menos de cinco minutos y es un rehén del grupo terrorista. Bien es cierto que Sissako sabía que, en el norte de Malí, el negocio del secuestro a occidentales es ínfimo, pero se agradece que nos aleje de ese occicentrismo tan de nuestros días.

En verdad nunca pensamos que, al abrir los ojos y mirarnos en nuestro propio reflejo, los espejos mostrarían lugares tan dispares como Mosul o Londres; Alepo o París; Beirut o Sarajevo; Herat, Madrid o Casablanca. Todos globalizados por el miedo al sonido de las balas, los proyectiles, los misiles inteligentes o los barriles bomba. Lo que no consigo entender es por qué en medio del desierto se asume la muerte de uno mismo y aquí se justifica la de otros.

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