Mr. Robot, el sueño que quita el sueño

El tío tiene unas ojeras rojas de las que solo crecen bajo ojos que han visto cosas muy jodidas. Machaca pastillas de morfina para esnifar la cantidad justa que le permita soportar el dolor de una tristeza integral sin volverse adicto (por supuesto, no lo consigue, el tío en cuestión es un yonqui de cuidado). Tiene un coco prodigioso, problemas severos de relación social, una grave depresión crónica desde niño, trabaja como técnico en una empresa de seguridad cibernética (por el día), y por la noche se dedica a hackear y arruinar la vida de la gentuza más miserable de este mundo. Hasta que se suma a fsociety, una organización clandestina de hackers que pretende hacer caer a la corporación capitalista más grande del planeta. Entonces sus ojeras rojas crecen más, sus problemas psiquiátricos se agudizan, se vuelve más yonqui, ya no trabaja por el día y hackea por la noche, sino que trabaja y hackea a todas horas. Lo normal, a fin de cuentas, cuando se cree que se puede cambiar el mundo, porque no hay nada que quite más el sueño que el sueño de una revolución. El tío se llama Elliot Alderson, treinta y pocos años, y tiene un nuevo amigo peligroso: Mr. Robot.

mr robotRami Malek, en Mr. Robot (2015) / Foto: USA Networks.

La fuerza del personaje protagonista de Mr. Robot —la inesperada rareza que se ha sacado de la manga la cadena USA Network— es uno de los elementos de fuerza que han hecho de esta historia una de las más excitantes novedades de los últimos tiempos para la pequeña pantalla, con todos sus aciertos y todas sus debilidades. Elliot Alderson es una mezcla de Dexter, Lisbeth Salander y Tyler Durden, pero con un alma propia que le diferencia de todos ellos, un alma rota en mil pedazos por la que sufre indeciblemente, es un líder justiciero de extrema fragilidad. Y esa originalidad de este golem de psicóticos mesías contemporáneos está escalofriantemente interpretada por Rami Malek. El papel del joven actor (al que el papel le cae, físicamente, como un guante) es antológico: manejarse sin sobreactuar con un personaje así está al alcance de pocos, y él dota de una humanidad al pobre Elliot que pone la piel de gallina en todos los capítulos, hasta el estremecimiento en algunas de las secuencia más dramáticas de la serie, y vale para que toda la ficción montada alrededor de él descanse sobre sus hombros, incluso cuando cae descontrolada.

Como su protagonista, la serie en sí misma es una rareza, su universo le debe más de un café a David Fincher, de manera evidente a El club de la lucha. La denuncia del sistema capitalista actual y su sociedad resultante es el eje director de la trama principal. Evil Corporation —la ficticia multinacional que Elliot y sus camaradas de fsociety pretenden hackear y hacer caer, borrando todos sus datos y forzando algo así como una eliminación de toda su riqueza en deuda, que “libere” a millones de personas en el mundo entero— se presenta como (literalmente) la encarnación del mal, hecho multinacional. Lo cierto es que el dibujo, con todo lo maniqueo que pueda parecer, no está nada alejado de la realidad. Evil Corp representa fidedignamente la naturaleza y el poder de los monopolios multinacionales de hoy día. El famoso 1%, más aún, como expresa Elliot, “el 1% del 1%”. Si el retrato de los malos de la serie es sugerentemente realista, el de los buenos y sus medios para hacer la revolución y acabar con el estado actual de las cosas ya es más fantástico. La revolución no será televisada, eso lo sabemos desde los 70, y tampoco será streamineada (o como se diga), ni twitteada, ni la harán cuatro iluminados desde un viejo parque de atracciones abandonado, eso lo deberíamos aprender cuanto antes. No será tan fácil. La táctica de fsociety —generar un caos en el sistema de deuda mundial— no tiene objetivo estratégico. Es decir, después del hostión a Evil Corporation, de borrar toda la deuda, de las fiestas de fin del sistema… ¿qué? ¿Se detiene el mundo? ¿Quién pasa a tomar las decisiones colectivas? ¿En base a qué?

Quién sabe, quizás nos lo cuenten en la segunda temporada. De momento solo sabemos que Elliot y compañía les han dado una buena patada a esos tíos con puro de la mansión, que brindan por el viejo lema de la Bruja Avería, “viva el mal, viva el capital”. Y la verdad, ha sido entretenido verlo —a pesar de los forzadísimos giros de guión, de un efectismo mil veces visto, todo hay que decirlo—. No está mal que comiencen a aparecer creaciones que expongan a las claras que todas las cosas que van mal en el mundo es por culpa de las multinacionales. Y es un gusto disfrutar de esa esquizofrénica y elocuente voz en off lamentándose porque la sociedad piense que “Steve Jobs era un gran hombre, a pesar de que amasó millones a costa de explotar niños”. Por algo se empieza. La revolución de Elliot y su fsociety no tendría posibilidades de triunfar en el mundo real, sabiendo esto y sin caer en el error de creernos que podemos sentarnos a esperar que algo así pase un día, Mr. Robot no tiene nada de malo, al contrario, puede ser un entretenimiento bastante constructivo. Es uno de esos soplos de aire raro que se agradecen de tarde en tarde.

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