La crónica y el combate de George Bellows

En la primavera de 2015 sucedió algo imprevisto para la mayoría: un combate de boxeo volvió a reclamar la atención del mundo entero. Fue el Mayweather vs Pacquiao. Hacía mucho que no ocurría algo semejante. La fiebre bajó rápidamente después del combate, dejando entrever que quizás el mejor golpe lo habían dando los pesos pesados del marketing. Fue un combate aburrido y sin grandes golpes, nadie cayó a la lona, ni mucho menos salió disparado del cuadrilatero. Si algún pintor hubiera decidido inmortalizar la pelea, por fuerza le habría salido un lienzo de contrastes chillones, consecuencia de la luminotecnia, y el retrato estático de dos hombres midiéndose a prudencial distancia. Recuerdo que me mantuve despierta toda la noche para ver la nueva “pelea del siglo”, convencida por un amigo —al que le había alcanzado el gancho mercadotécnico—, más seducida por la mera compañía amistosa que por lo que pasara en el ring. Sin embargo, una vez que me metí en el papel de mujer trasnochadora por una velada de boxeo, algo cambió. Era la primera vez en mi vida que veía un combate entero y debo reconocer que, incluso a pesar de lo diferente que resultó de la imagen que yo tenía sobre este deporte —que era la idealizada del arte, el cine y la literatura—, me sentí seducida por algo puro y estético que presentí latir en todo ese espectáculo. Y entonces no pude dejar de pensar en George Wesley Bellows, el pintor del Nueva York de principios del XX y, por supuesto, el gran cronista pictórico del mundo del boxeo. 

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Stag at Sharkey’s (1909) / George Bellows/Cleveland Museum of Arts.

La pelea de Mayweather y Pacquiao acabó tarde y ganó el que nadie quería, así que me acosté al poco de terminar. Pero al día siguiente, descansada y con tiempo, me dediqué en cuerpo y alma —nunca mejor dicho— a recordar y contemplar la obra de George Bellows. Y el redescubrimiento fue conmovedor en mi fuero interno. Sus obras más famosas son precisamente las de boxeadores en el ring, entre las que destacan la temprana Stag at Sharkey’s, de 1909 —su mejor pintura, sin duda—, o la postrera Dempsey vs Firpo, de 1924 —a unos pocos meses de su desgraciada y prematura muerte, por una peritonitis, con solo 42 años—. Miré estos cuadros suyos, que tantas veces había visto en libros y por internet, y que incluso había tenido la suerte de disfrutar en persona, en la retrospectiva de la Royal Academy of Arts de Londres, en 2013. Pero nunca como aquella mañana, después de la última “pelea del siglo” que había sido mi primera “pelea del siglo”, conecté tan íntimamente con la poesía y la historia que narraban sus cuadros.

George Bellows Both Members of This Club National Gallery of Art 1909
Both Members of This Club (1909) / George Bellows/National Gallery of Art, Washington DC.

Hasta entonces había disfrutado de la composición y la pincelada violenta, del claroscuro, de la intuición de una atmósfera cargada de mensaje, había disfrutado, en definitiva, de todo lo que expresa una técnica prodigiosa cuando se estudia académicamente. Había disfrutado del cuerpo, pero no del alma. El día después de mi “primer combate”, identifiqué ese alma. No fue solo en la obra maestra —Stag at Sharkey’s—, sino en el resto de oleos y litografías que Bellows dedicó al mundo del ring, un mundo que era parte de otro mundo. Me concentré en cada una de las obras, quedándome ciega frente a la lámina de papel o la pantalla del ordenador. Entonces lo vi: en los cuadros boxísticos de su primera época no está sencillamente el rostro desencajado de la multitud de Goya o de Daumier, no, están los rostros de un lugar y un tiempo concreto, no una mera referencia artística; hay más que una escena dramática perfectamente compuesta en el púgil negro —el gran campeón Jack Johnson— mirando triste y compasivo a su derrotado rival, ese al que habían llamado “la Gran Esperanza Blanca”, hay un mundo dividido en clases y razas; y, en su último gran cuadro, en Dempsey vs Firpo, no hay solo una temática formal propia de un estilo generacional, sino un tema de fondo que es el mismo que el del caminante de Turner, la soledad, ya sea ante un mar de nubes o ante un estadio de ochenta mil asientos lleno de gente.

The White Hope George Bellows - 1921 Medium- Lithograph MET
The White Hope (1921) / George Bellows/Metropolitan Museum, New York.

Lo mejor de la visita imprevista a la obra de Bellows continuó al salir del ring. Porque habiendo conectado con él en la inmensidad iluminada del Polo Grounds en el que Dempsey noqueó a Firpo en 1923, o en la oscuridad de las peleas clandestinas  anteriores a los años 20, se comprende mejor el resto de su obra, y de su tiempo. Al salir del combate tiene otro color el paisaje urbano de calles nevadas o de muelles brumosos e insalubres. La multitud de la metrópoli se ve de otra manera, ahora forma parte de un paisaje más amplio, por mejor conocido. Ya no son solo viandantes o trabajadores afanados en una infinidad de tareas individuales, sino parte de una colectividad de destinos cruzados. 

A este hombre que fue un chico de Ohio, un buen estudiante de provincias que abandonó la Universidad de su tierra para trasladarse a estudiar arte en Nueva York, se le comprende mejor cuando se experimenta, aunque sea con un siglo de diferencia, algo de lo que él recibió cuando llegó a la explosiva y salvaje ciudad-símbolo del mundo moderno. Las referencias acostumbradas a su formación y sus influencias por parte del afamado grupo realista de Robert Henri, Los Ocho, el origen de la Ash Can School, de la que también sería discípulo Edward Hopper, es quedarse en la superficie. Bellows fue un artista en permanente combate con la realidad de su tiempo, en lo que se refiere a medirse con ella, no en la distancia, sino en el cuerpo a cuerpo, como los boxeadores valientes —o insensatos—. Comprendiendo eso se entienden mejor sus etapas, sus vaivenes de la tumultuosa ciudad a las parsimoniosas costas de Maine, del vértigo de las grandes avenidas pobladas de obreros a la placidez pequeñoburguesa de sus retratos familiares. Indaguen en la obra de este pintor, reconocido en su época, pero ciertamente olvidado un siglo después de su muerte, sobre todo más allá de su país. Es uno de los artistas que el tiempo tendrá que rescatar, porque fue lo más importante que un artista puede ser: un cronista sincero de su tiempo. ♦︎

Dempsey vs Firpo (1924) / George Bellows/Whitney Museum, New York.



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