Esperando a Sherlock

Todo comienza por una pieza extraña y su elección fundamental —que no elemental—. La pieza se llama Benedict Cumberbacth. Es inglés hasta la médula, su rostro de pronunciados ángulos ovalados se asemeja al de un muñeco de goma, y corona un cuerpo delgado —no tan alto como pudiera parecer— y de porte altivo casi hasta el ridículo. Es el actor elegido para encarnar al universalmente conocido detective Sherlock Holmes, la mejor elección de casting de los últimos años. El segundo acierto es el dibujo de un personaje por todos conocidos, el detective que mora en el 221 de Baker Street, un Sherlock del siglo XXI, más arrogante, estrambótico —freak— y repelente de lo jamás visto, y, a pesar de ello, absolutamente adorable. El tercer acierto es un Doctor John H. Watson cargado de humanidad y su empaque en otro actor sobresaliente, Martin Freeman, que le da rostro para décadas y décadas. Y el cuarto y definitivo triunfo: un mecanismo de relojería hecho trama que a veces hace tic tac y a veces tolón tolón con una precisión sinfónica que arrolla incluso al más escéptico o desabrido de los espectadores. 

Sherlock- Robert Viglasky:BBC:Hartswood FilmsWatson y Sherlock / Foto: Robert Viglasky/BBC/Hartswood Films.

En 2010 arrancó el inicio de este Sherlock, en forma de miniserie —temporada de tres capítulos de 90’ minutos cada uno—, ese formato en el que los ingleses están reinventando la ficción televisiva. Su irrupción fue apabullante: unánime reconocimiento de una originalidad inesperada y sobresaliente. La adaptación a los tiempos actuales del clásico detective victoriano de Arthur Conan Doyle pasó todas las pruebas. El casting era magnífico, el perfilado de los personajes acertadísimo, y la modernización de algunas de las más famosas tramas de Conan Doyle respetuosa con el original y verosímil con la nueva época. La química entre la pareja protagonista y un ritmo trepidante, con constantes giros en cada episodio, y un cierre de temporada que dejaba a la serie colgando de un acantilado —con la aparición del villano Jim Moriarty— en lo más alto de su tensión dramática, convirtieron a Sherlock en una abrumadora rareza de entretenimiento.

En 2012 se emitió la segunda temporada. Los mimbres para seguir por el buen camino, sin pretensiones, disfrutando de una historia contada con un sello visual de embriagante modernidad, estaban puestos. Todo indicaba que los tres nuevos episodios de hora y media de Sherlock seguirían por el mismo lúcido camino de la primera temporada. Pero no fue así. Se desviaron ligeramente, y fueron aún a mejor. La segunda temporada fue la más intensa en su aspecto dramático, la más “de personajes”. Jim Moriarty desarrolló su rutilante entrada en escena, solo introducida en la primera temporada, al mismo tiempo que la amistad de Sherlock y Watson toma el protagonismo de las aventuras. Aparecen para Sherlock el atisbo de algo así como el amor, el miedo y la complicidad con otro ser humano. Y emociona. Se confirma el milagro narrativo: han conseguido que amemos al tipo más repelente, soberbio, ególatra y misántropo que pudiéramos imaginar. Y además, nos hemos entretenido como enanos: el ritmo no decae y el circuito que sigue la historia se retuerce en giros de imposible resolución que, al final, se resuelven, claro, y lo hacen dentro de la más escrupulosa “legalidad” narrativa, con fenomenal elegancia.

La tercera temporada de Sherlock llegó en 2014, constituyendo una tendencia de aparición bianual. Debía partir con la resolución del más difícil todavía —no lo diremos para no herir la sensibilidad spoiler de nadie—, y lo hizo tomándose su tiempo, porque lo importante es otra cosa, de nuevo: los personajes, y en especial un John Watson tan agitado por dentro que se había dejado bigote —fenomenal recurso, porque realmente hay que estar en un pozo profundo para dejarse bigote—. Los tres capítulos de la tercera temporada de Sherlock son los de la explosión de la vis cómica de la serie y los más tiernos, entre tanto crimen, de todos hasta entonces. El primero y el segundo de ellos contienen, sin duda, algunos de los momentos más hilarantes y memorablemente emotivos de la serie. Si el formato visual sigue explotando su estilo interactivo, la estructura de los capítulos se vuelve aún más compleja en cuanto a su narración, llevando al máximo el juego de lo dicho y lo callado. Quizás el final de la temporada sea más flojo que los anteriores, pero es que la cosa estaba difícil, sin embargo, no desmerece en cuanto al levantamiento de expectaciones futuras.

Todo parece indicar que la cita bianual con una nueva temporada de Sherlock se romperá en 2016. Su rodaje está previsto para inicios de ese año, por lo que difícilmente se estrenará antes de 2017. No obstante, a modo de disculpa para sus fans, el 1 de enero de 2016 se emitirá un capítulo especial, en el que los detectives encarnados por Cumberbatch y Freeman viajarán a la época original de los personajes, la Inglaterra victoriana, para vivir una más de sus aventuras. Difícilmente se puede deducir que sus creadores —Mark Gattis (intérprete de Mycroft en la serie) y Steven Moffat— nos vayan a decepcionar. Seguiremos esperando el enésimo regreso de Sherlock, el odioso y encantador detective que nunca se va.

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