El gran apagón de 1965 (momentos para escapar del mundo)

A las cinco y cuarto de la tarde —hora neoyorquina— del 9 de noviembre de 1965, treinta millones de personas comenzaron a quedarse a oscuras en la mayoría de pueblos y ciudades de la costa noreste norteamericana. Todo comenzó en el estado de Ontario, Canadá, pero no tardó más de unos segundos en trasladarse a nueve estados del país vecino, incluyendo Nueva York. Un fallo en el sistema eléctrico dejó a más de 200.000 kilómetros cuadrados de territorio sin corriente. Todo se apagó. Todo se paralizó. En buena parte de dos países, al atardecer… anocheció, como en épocas pasadas. El gran apagón del noreste norteamericano de 1965 fue uno de los sucesos más sonados de la época, y una fuente bulliciosa de mitos y leyendas.

USA. New York City.Apagón en Nueva York, 9 de noviembre de 1965 / Foto: Rene Burri/Magnum Photos.

El motivo de la caída eléctrica del 9 de noviembre del 65 está de sobra contrastado, y la verdad, no encierra mucho misterio ni interés, salvo para los profesionales del campo. Sin embargo, la cantidad de historias que surgieron de aquella noche completamente a oscuras en parte de Canadá y de los Estados Unidos, incluyendo a la gran metrópoli del mundo moderno, han llegado coleando hasta hoy, especialmente aquellas más descabelladas, como la que apunta a que el blockout no tuvo nada que ver con un fallo del sistema, sino a la venida de naves extraterrestres, que se dejaron ver —sin género de duda, a juicio de numerosos testigos— sobre las cataratas del Niágara y en otros puntos afectados por el apagón. La causa real fue que un relé de seguridad de una de las cinco grandes centrales del Niágara había sido programado para saltar muy por debajo de lo necesario, y así lo hizo en cuanto registró una cota de fluido más alta de la indicada. El salto del relé provocó la sobrecarga de otros cuatro electrodos, lo que hizo saltar sus respectivos relés. Toda la energía producida en el Niágara se dirigió a la red nororiental de los Estados Unidos, con la que estaba comunicada, en menos de un segundo, multitud de centrales de Vermont, Massachusetts, Connecticut, Nueva Jersey, Rhode Island, Pennsylvania, New Hampsire y Nueva York vieron cómo saltaban sus propios sistemas de seguridad. En su aspecto técnico, el suceso sirvió de aprendizaje para ingenieros del mundo entero. En su aspecto sociológico, fueron casi catorce horas de vuelta a tiempos pasados, de stop, de punto y aparte del día a día, de historias para recordar y contar donde estuvo cada cual la noche que las luces se apagaron.

During a power shortage in Manhattan.Apagón en Nueva York, 9 de noviembre de 1965 / Foto: Rene Burri/Magnum Photos.

Las consecuencias inmediatas de un fallo eléctrico de tal magnitud en un área con una ciudad de las dimensiones de Nueva York fueron de cierto dramatismo en muchos casos, sobre todo en aquellos en los que se generó un verdadero riesgo para la seguridad. Los transportes quedaron anulados en su mayoría, las torres de control y el balizamiento de los aeropuertos quedaron fuera de servicio: no debió ser plato de buen gusto para los pilotos y las tripulaciones que tuvieron que variar sus rutas. En una cárcel de Massachusetts centenares de presos se amotinaron. Los trenes con locomotoras de tracción eléctrica se detuvieron en medio de donde estuvieron. Los ascensores se quedaron colgados, y no todos tuvieron la suerte de quedarse encerrados con un atractivo acompañante, en muchos rascacielos iban repletos de gente que salía del trabajo. Las norias y otras atracciones se congelaron. Todo se quedó en stand by, menos la mente humana. Y de ahí surgieron las leyendas. 

USA. New York City.En las calles de Nueva York la única luz fue la de los coches / Foto: Rene Burri/Magnum Photos.

En el 65 no tardaron en surgir voces iluminadas —y nunca mejor dicho— que daban testimonio de avistamientos de objetos voladores no identificados —lo de “no identificados” era mera deformación retórica, porque quienes los veían no parecían tener duda de que que eran naves extraterrestres—. Pilotos de avión que se encontraban en el momento de la avería cerca de las cataratas del Niágara dijeron haber visto una nave esférica, de unos treinta metros de diámetro. La prensa de Toronto y Syracuse se hacieron eco a los pocos días de estas declaraciones, y como no podía ser de otra manera, la prensa de Nueva York comenzó a recibir reportes de avistamientos similares sobre la Gran Manzana, la NBC o Associated Press vendieron la noticia otorgándole cierta credibilidad. El Times Magazine presentó, incluso, fotografías en las que pretendía mostrar el registro de tales visiones en la tarde del 9 de noviembre. Todo sensacionalismo, por supuesto, pero que encontró eco en la imaginación de millones de seres. Porque fue uno de esos sucesos que rompen la cotidianidad de manera imprevista, que borran el gris de un día y dejan su lienzo en blanco para que cada uno lo pinte como quiera, siempre y cuando no te pille en un ascensor atestado de gente o en un avión con problemas para aterrizar… Los ovnis del 9 de noviembre de 1965 fueron como los niños nacidos nueve meses después: un mito sin base real. De nuevo la prensa, al año de la avería, comenzó a dar veracidad a un supuesto baby boom que coincidía con el noveno mes después del apagón, sugiriendo que la luz de las velas había hecho efecto sobre las poblaciones afectadas. Nada más lejos de la realidad, estudios posteriores corroboraron que no hubo ni el más mínimo incremento de los nacimientos en aquella época, más bien al contrario, bajó la media con respecto al año anterior. Pero qué bello era creer que la pasión se había desatado, ¿verdad?

USA. New York City.Buen momento para conversar, tomando una cerveza a la luz de las velas, Nueva York / Foto: Rene Burri/Magnum Photos.

Ya no es tan común, pero hasta hace unos años, sobre todo en los 80 y comienzos de los 90, las averías eléctricas, el “se ha ido la luz” era algo habitual, motivo de crispación para adultos y de entusiasmo para niños. Los apagones, como las nevadas —donde nunca nieva— son deseos latentes que todo el mundo alberga en su día a día. Son esas vicisitudes que el mundo regala a veces y que ponen a cada cual en su sitio, para que imaginemos, para aprovechar una imprevista intimidad, para vivir algo distinto y, quizás, memorable. Son esas pequeñas cosas que nos recuerdan que el mundo no es siempre igual, que nada es infalible; también lo frágil que es, en ocasiones, la realidad que creemos inmutable. Y desde luego, lo necesario que resulta, de vez en cuando, darle al botón de pausa al mundo, y bajar a tirarnos por la nieve como críos, a mirarnos a oscuras como adolescentes.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies