Dylan Thomas en la ventanilla del banco

Una mañana entré en una oficina de Caja Madrid a cobrar un cheque. El empleado que había detrás de la ventanilla empezó a recitarme el poema de Dylan Thomas que dice que la muerte jamás reinará, pronunciaba cada verso con mucho cuidado.      Dylan_Thomas_Lee_MillerDylan Thomas, fotografiado por Lee Miller.

     —¿Conoce usted a Dylan Thomas? —me preguntó.

     —He leído  algo suyo —dije.

     —Mejor para usted —dijo.

     —Es inglés ¿no? —dije.

     —No, era galés —contestó.

     —Bueno, algo parecido —dije.

     —No, los galeses son celtas —dijo—, y él era muy celta, por eso tenía tantas visiones. 

     —Y además era cristiano, de un cristianismo un poco alucinado —dije.

     —¿No es el cristianismo una alucinación? —dijo el empleado.

     —Se puede ver así —dije.

     —Es la religión de un tipo que dice que quiere traer fuego a la tierra —dijo el empleado—, que se rodea de ladrones y prostitutas, que invita a los desconocidos a sus fiestas. Y que habla de una fiesta increíble en alguna parte. Y luego deja que lo torturen y lo maten.

     —Es una forma de verlo —admití.

     —Dylan Thomas tiene un poema que se llama Visión y oración —continuó el empleado—. En él le pide a Dios que deje a los muertos tranquilos en el centro de la tierra, que deje la oscuridad donde está, y dice que la luz es un coñazo. Quiere que todo esté muerto porque la muerte es el corazón de la tierra, y los muertos sueñan.

     —Está muy bien —acepté.

Entonces se acercó un tipo con una cazadora  raída y unas patillas audaces y dijo:

     —A ver coleguis que está más peña detrás de vosotros. Y si a ti te gusta Bob Dylan a mí me mola Joaquín Sabina ¿qué pasa?

     —A mí también me gusta mucho Joaquín Sabina —contesté yo.

     —¿Sí? pues el otro día dio un concierto en Carabanchel, tío —dijo el de la cazadora—,  en la antigua cárcel, llovía mucho  pero fue una movida muy guapa. Estaba de lo más flipado aquel día.

     —Qué putada, no me enteré —dije—, me hubiera gustado verlo. 

Se oyó un murmullo de protestas detrás de nosotros, la gente se agitaba en la cola que se había formado. 

     —A ver, que tenemos prisa coño —dijo alguien.

     —¿Prisa? ¿por qué prisa? —dijo el de la cazadora—. No hay ninguna prisa, joder, qué más os da que os den dinero antes o después, estáis siempre con el puto tiempo, ¿queréis que os traigan unos cubatas?

     —Y trae de paso unos pinchos de tortilla —dijo un gracioso.

Una señora muy anciana  empezó a tambalearse y se cayó. Un forzudo que estaba detrás la levantó en brazos y la llevó a un asiento. La rodearon varios y otra señora empezó a abanicarla.

     —El ambiente está sofocante aquí dentro —dijo.

     —Y afuera también, señora, es la crisis —le contestaron.

Un empleado se acercó a la anciana y le tomó el pulso, la anciana lo miró con  ternura.

     —¿Está usted bien, señora? , ¿le traemos algo?

La vieja habló farfullando: 

     —Sí, joven, ya estoy mejor, es que vi que hablaban de poesía, y yo  cuando era joven tuve un novio que hablaba mucho de poesía, me leía a Bécquer y a otros señores raros y quería que habláramos de ellos por las noches, tenía que haberme casado con él, pero mi padre prefería a un  registrador de la propiedad que era amigo de la familia, aunque tampoco se oponía mucho a Roque, Roque me llevaba por los jardines y me hacía entibiar la sangre, si yo hubiera querido me hubiera casado con él, y siempre decía que me llevaría a Venecia, lo que yo hubiera dado, sabe usted, por estar en Venecia, y aquel muchacho  venga a leerme poemas cuando estábamos muy solos y me ponía la carne de gallina, en aquellos momentos me volvía tan especial que no me importaba que me besara, verá usted,  ahora puedo confesarlo porque mis padres han muerto, poco faltó para que me entregara a él y a lo mejor teníamos un hijo, muchas veces me hablaba de un poema muy raro de ese tal Bécquer, hablaba de un arpa en un rincón olvidado que nadie toca, a mí me daba miedo escucharlo.

     —La culpa la tiene el tipo de la taquilla por hablar de Dylan —dijo el sabinero, que se había acercado. 

El empleado de la taquilla se empeñó en seguir hablando de Dylan Thomas: 

     —Pero en definitiva ¿conoce usted a Dylan Thomas?, ¿no le parece alguien extraordinario?, ¿no deberían leerlo todos mientras se mojan esperando los autobuses?

     —Bueno, tal vez no sea la mejor manera —dije.

     —¿Qué sabe usted de él? —dijo.

     —Que se peleaba con su mujer —dije—, que tomaba muchos whiskies y murió de una borrachera en Nueva York.

     —¿Pero qué coño estáis diciendo? —dijo el sabinero. 

El empleado detrás de la ventanilla se puso a hablar torrencialmente: 

     —Deberían leerlo todos, él se saca de la manga todas las visiones y todas las imágenes, tiene visiones como los antiguos celtas y ve fantasmas en los bosques y en las orillas del mar, ve gigantes blancos y ve  salvadores, él es el que nos refresca y hace que nos soltemos, y es religioso porque eso es una forma de poesía y de locura, no hay manera de pararlo en sus imaginaciones y en sus símbolos, se le llena la cabeza con todas sus fiebres y todas sus apariciones, podría pelear con Cristo o con los antiguos profetas, o dejarse crecer como  las retamas en los bosques de Gales, era capaz hasta de ver los fetos en las barrigas de sus madres y cómo se extienden las raíces de las plantas bajo tierra, y lo que piensa un jilguero, y todos los sueños que van subiendo por una montaña, estuvo en todas las historias que pasaron en el mar, y la vida de cada día se le rompía por todas partes, por eso un día se cayó al abismo, pero nosotros no tenemos las alegrías salvajes que él habrá tenido, nosotros no hablamos con los ángeles borrachos como habrá hablado él, ni hemos rezado nunca con esa violencia que él lo ha hecho, estoy seguro de que fue capaz de acojonar a los ángeles.

     —Bueno, dicen que nos van a pagar la paga de hace dos años  —decía una sesentona detrás de nosotros. Las protestas  se volvieron  confusas. Un hombre con traje y corbata sofocado por el sudor salió por una puerta y reprendió: 

     —¿Qué pasa, Rodríguez? ♦︎

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