Doble de ron con hielo

Apareció a ritmo de soleá, el cabello revuelto, un pitillo en la comisura de los labios y una expresión de frescura y sabiduría con la que te atrapaba sin pestañear. La camisa verde con flores rojas, ligera, ni ancha ni estrecha, se mecía oscilante sobre su cuerpo y, sin remedio, hipnotizados, todos los ojos se perdían tras ella.

FRANCE. Haute-Loire. Fay-sur-Lignon. 2002.Fotografía de Raymond Depardon, Magnum Photos.

Era un local diferente. Solo se escuchaba jazz y flamenco, uno por la tarde y otro por la noche y eso dependía del humor del dueño. Con más tiros “pegaos” (si se me permite la expresión) que una escopeta de feria, los surcos de su rostro y un viejo tatuaje en el antebrazo izquierdo delataban un azaroso pasado. Se trataba de un sesentón alto y fornido cuyo aspecto, de mandíbula poderosa y cabello blanco cortado a lo militar, recordaba por momentos a Lee Marvin. Algo taciturno, era un tipo serio y amable a la vez, correcto, de los que saben estar en su sitio. Hacía años que le conocía y apenas sabía nada de su vida. Se rumoreaba que había pasado una temporada en el Puerto de Santamaría por un asunto relacionado con la salud pública. Llegó por aquí y compró el local y la vivienda de arriba a un abuelo del lugar. Pagó al contado y en efectivo.

Abría once meses al año de manera ininterrumpida, es decir, siete días a la semana. El único aliciente para los habituales, al menos aparentemente, era la llegada de los meses de verano con el consiguiente aumento de la parroquia y la incorporación temporal de una camarera.

Aquellas noches en las que no se encerraba a escribir, se sentaba, apoyado en la pared de madera, en el último taburete en la esquina al final de la barra, siempre en el mismo sitio. Doble de ron con hielo. Mientras, ella iba y venía entre las mesas como si se deslizara por el mismísimo escenario del teatro Bolshói, tal era la elegancia natural de sus movimientos. Siempre con la sonrisa en la boca manejaba con suma destreza, demasiada incluso dada su edad, miradas, comentarios y más de una propuesta que cada noche se repetían. De tanto en tanto sus miradas se cruzaban, eran décimas de segundo, más que suficiente para que el tiempo se detuviera, la música se tornara inaudible y la profundidad de esos ojos, de mirada vieja, ahítos de múltiples vidas vividas, le abocaran a un abismo del que se tenía que forzar a salir de puro vértigo que le causaba. Doble de ron con hielo. Debía haber pasado mucho rato. Su vaso estaba vacío y a su alrededor descubrió caras nuevas. En el bullicio del local la gente se movía de acá para allá, como si de caricaturas se tratara. Fumaban, gesticulaban, reían, se miraban. Con el humo del cigarro alejándose, denso, en azuladas nubes, observaba, como si lo hiciera por vez primera, las botellas ordenadas y limpias frente al espejo. El reflejo del local distorsionaba las vidas ajenas y las miradas acuosas de quienes no prestaban ninguna atención al lánguido susurro del saxo de Coltrane que lo inundaba todo, a cámara lenta, en busca de un alma a la que conmover.

Estaba de paso y lo tenía muy claro. La compañera de curso que le había facilitado el contacto ya se lo había advertido. Además de una habitación tranquila y tres comidas al día, el jefe no es mal tipo y paga muy bien. Eso sí, dos meses de trabajo, ni un día de descanso, sesenta y dos jornadas consecutivas y muchas horas cada día. En general bastante buen ambiente para tratarse de un trabajo de verano. Eso no le preocupaba. Si el verano anterior había sobrevivido a aquel garito en la costa lleno de guiris borrachos, con la testosterona rebosando por cada poro de su piel, sabía que en este lugar tranquilo del interior no iba a tener problemas. Huérfana desde niña, no tuvo una infancia fácil al cuidado de su abuela. En realidad no estaba tan claro quién había cuidado de quién. Lo único que de verdad le importaba en el mundo era bailar. Con quince años recién cumplidos, todo en contra y sin ningún apoyo de nadie, aprobó su acceso al conservatorio. Sus dotes innatas, su capacidad de esfuerzo y su extraordinaria fuerza de voluntad le auguraban un futuro prometedor. Si continuaba como hasta ahora y finalizaba su próximo curso, que ya sería el sexto, tenía muchas posibilidades de iniciar su andadura en The Royal Ballet, en Londres. Una de sus primeras profesoras, que detectó su talento nada más verla, había seguido su evolución y la estaba ayudando.

Había decidido apartarse del mundanal ruido de la gran ciudad para dedicarse a la escritura y a nada más. Unos escasos ahorros y la publicación de algún artículo cada mes, gracias a que todavía conservaba buenos contactos en el sector, le permitían sobrevivir. Lo único que echaba de menos, o al menos eso era lo que reconocía en público, era el cine, el buen cine. Divorciado hacía ya unos cuantos años estaba claro que el asunto de las mujeres no era su fuerte. Prácticamente todas con las que había mantenido alguna relación, no tantas en realidad, habían acabado bien dolidas con él.

Se quedaba en su desvencijado piso y con una botella de tinto a la derecha, un buen Ribera, y el cenicero a la izquierda, se sentaba frente al teclado y empezaba la ceremonia. Colocaba la copa, una tipo Burdeos, su favorita, adquirida en una bodega vallisoletana, y la llenaba hasta la mitad. Le gustaba dar el primer trago dejando entrar aire a la vez que escuchaba el ruido mientras sorbía. Encendía un cigarrillo, le propinaba una primera chupada con fuerza que inhalaba profundamente, lo apoyaba en el cenicero y, ahora sí, empezaba la función. Concentrado, de manera pausada, sin prisa. Solo con su historia, con sus personajes. Revisaba lo escrito, iba y venía una y mil veces de un párrafo a otro. Obsesivo y detallista hasta el extremo, necesitaba que lo escrito, que leía y releía en voz alta, tuviera ritmo, cadencia y armonía. De hecho en muchas ocasiones compartía ese aislamiento con Bach, Monteverdi, Schubert… La escritura, repetía siempre que tenía ocasión, sigue los mismos parámetros que una composición musical. Puedes subir y bajar, irte y volver, incluso improvisar, retorcer cada nota, cada palabra, cada frase, y estirarla, llegar hasta el umbral de la disonancia pero sin traspasar el límite. Si lo haces, todo se derrumba. Mantenerse ahí, en esa tensión, es lo que permite el milagro de la creación artística. Da igual que sea música, escultura, escritura o pintura, el proceso es idéntico.

De alguna manera, pensaba, todo tiene su orden natural. Lo complejo, ya que nadie enseña esas cosas en la universidad, es conocerlo y ser capaz, en consecuencia, de actuar en sintonía con esa pauta inaprensible. Por ejemplo, el escultor, con tan sólo mirar el bloque de piedra ve, presiente la obra aprisionada suplicando que la saquen a la luz, que la traigan a la vida. Pero no puede hacerlo de cualquier forma. Ahí aparecen la pesadumbre, la responsabilidad y la angustia del creador. No puede equivocarse. Si lo hace estará privando de vida, matando si se prefiere, la escultura no nacida. El escultor sólo debe quitar lo que sobra, al principio a grandes trazos, después con mimo y delicadeza. La escritura se rige exactamente por el mismo patrón. Pulir y limar, corregir mucho, revisar, cortar. Añadir poco o nada.

¿No estaría pasando más noches de la cuenta en el taburete de la esquina desde que ella había llegado? Evidentemente a Lee Marvin no le había pasado desapercibido el detalle y le hizo un comentario. Escueto, breve y directo, como todos los suyos. Mejor deja de darle vueltas a tu mente calenturienta y pon otro doble con hielo. El fresco de la madrugada se notaba a través de la ventana y cada vez quedaban menos en el local. El exceso de alcohol y la sobriedad en la voz de Carmen Linares le envolvieron en una maraña de recuerdos y ensoñaciones…

Qué disparate, qué disparate, que yo te quiera igual que antes… ♦︎

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