Cosas que construyen una casa por dentro

Hoy resulta complicado, casi imposible, disfrutar ese momento que en otro tiempo fue un sueño probable: entrar por primera vez en nuestra casa, y comprobar que todo está en orden, y que lo que no lo está se arreglará. Una puerta descuadrada, la ventana que no cierra bien, el grifo que gotea. No pasaba nada, se daba parte y ya está. Y se volvía, días después, para beber del grifo perfectamente silencioso, abrir la ventana y mirar el paisaje, cerrar la puerta que nos protege del mundo. Para la mayoría ese momento de estreno se ha vuelto imposible, queda, sin embargo, la ilusión por la inauguración del piso de alquiler, y una similar auditoría de que el sitio no se caiga a pedazos. Sin embargo, antes y ahora, una casa no es una casa en condiciones simplemente por lo bien que están puestos sus ladrillos. Porque una casa, también, se construye por y desde dentro, y es entonces cuando se levanta en ella el hogar.

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No importan los metros cuadrados que consten en las escrituras, una casa puede ser enorme por reducida que sea su planta. Solo necesita contar con moradores que sepan cimentar en ella pilares hogareños imprescindibles. 

Empezando por la cocina: no puede faltar una taza rota. Una casa sin una taza de porcelana con el asa rota, y reparada, está coja por el alma. La taza rota es como una antigua escultura amputada que conserva su belleza, es un símbolo de resistencia y de orgullo, despista toda vanidad y aporta una incertidumbre sobre su uso que alegra el gesto y desafía la rutina. Tampoco pueden faltar vasos de todos los modelos, son el resultado del cambio, de los amigos y de los viajes; una vajilla única y perfectamente conjugada con el resto de menaje resulta una burda impostura.

Una manta. Al menos una manta, itinerante, es estrictamente necesaria en la casa que se convierte en hogar. La manta del sofá, y del sillón, y hasta de la cama. Todas en una. Ese abrigo protector que encierra los sueños de una dura jornada de trabajo o de una semana entera de espera. Ella representa la calidez, más que el calor. E invita a arrimarse, a compartir un mismo techo bajo el propio techo, y facilita las reconciliaciones. No importa el color ni el estampado, queda a elección de cada morador el tamaño y su tacto. No importa cómo sea, pero ha de ser, es absolutamente imprescindible.

En el baño, frío siempre, hay un elemento tan necesario como el water, el cepillo de dientes, el plato de ducha, el champú o el espejo: un transistor. A pilas, pequeño a poder ser, sobre todo por seguridad, y después por comodidad. Un transistor en el baño es una ventana al mundo en el más íntimo y, paradójicamente, menos acogedor de los espacios de una casa. El baño necesita ser conquistado con humanidad. Allí solemos estar solos, caer de paso, a la carrera, burocráticamente. Sin embargo, con un simple clic una voz que no es la nuestra nos habla en la soledad del aseo o en la obligada parada escatológica. Y ayuda, esto es lo más importante, a disfrutar del momento, a no tomarse como un trámite lo que hacemos allí dentro, sea lo que sea, y a hacerlo bien, con calma. Recuerden, pongan una radio en su repisa del baño, entre la pasta de dientes y el frasco de colonia, lo agradecerán su ritmo intestinal y la hidratación de su piel.

Velas, no pueden faltar las velas. Qué no se ha dicho, qué no se sabe sobre el juego que puede dar una vela. Las velas, como la manta, son elementos óptimos para cualquier dependencia de nuestra casa. En el salón, en el baño —ouh—, en el dormitorio —claro que sí—. ¡Hasta en el pasillo! —por qué no, dejen volar la imaginación—. Las velas son baratas, como todos los grandes pilares que sostienen una casa por dentro, y proporcionan una infinidad de soluciones a otra infinidad de situaciones que resolver. Son la llave necesaria para pasar al mundo de los sueños, la luz que vislumbra el recuerdo. Una vela es una baliza en una casa que se puede convertir en cualquier momento que se quiera, o que sobrevenga, en el territorio fantástico de una aventura.

Y libros, cuantos más mejor. No importa en qué parte de la casa se apilen, ni en qué orden. Si se concentran en un despacho, bien, ya tenemos un oasis dentro de nuestra propia casa, para cuando el resto de estancias se pongan antipáticas. Si se reparten por el salón, a falta de otros cuartos, o por el dormitorio mismo, no importa, al contrario, es magnífico. Son mejores que las flores, porque no nos quitan el oxígeno por la noche —aunque éstas también son recomendables—, sino que nos lo ofrecen. Un libro, muchos libros son pilares de fuerza, permiten agarrarnos a ellos en cualquier momento y cambiar todo a nuestro alrededor con solo abrir sus tapas: el salón deja de ser el salón, la cama deja de ser la cama, desaparecen, todo a nuestro alrededor se transporta, y lo único que resiste el peso de tal transformación son esos pilares discretos, humildes, que levantan una casa por dentro.

Recuerden: una taza rota, una manta, un transistor en el baño, velas y libros. Son los cinco elementos arquitectónicos del espíritu de un hogar. Que no les falten en sus casas, lo agradecerán.

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