Cosas que aprendimos con El Padrino (I)

Hay a quien le gusta decir que todo lo que aprendió lo hizo en la calle, o del fútbol —como Camus—, o de correr —como Murakami—. Yo, particularmente, soy de los que les gusta decir la boutade de que todo lo que sé de la vida lo aprendí de las pelis de gángsters, y más en concreto, de El Padrino, en cada una de sus partes. Y para no quedar como el perfecto afiliado a una boutade acostumbrada, me propuse demostrar cuántas cosas había realmente aprendido, cuáles son las enseñanzas que cada una de las entregas de El Padrino, de Francis Ford Coppola, carga en su metraje, en sus dos primeras obras maestras y también en su denostada tercera parte. Será éste, por tanto, un primer capítulo sobre las lecciones de la saga, dedicado a la primera entrega.

el padrino IEl Padrino (1972) / Foto: Paramount Pictures/Albert S. Ruddy Production.

Lo primero que se puede aprender de El Padrino I es que una gran parte de la humanidad puede ponerse de acuerdo en algo. No está nada mal para empezar, ¿verdad? En todo se discute, acaloradamente, enconadamente, salvo en una cosa: El Padrino I es, si no la mejor película de la historia, una de las mejores. No hay crítico ni aficionado, no existe lista del mejor cine de siempre en la que la película de Coppola no esté entre las cinco o diez primeras clasificadas.

Metiéndonos en faena del visionado de El Padrino I enseguida tocamos veta de sabiduría. En su primera secuencia, durante la boda de Connie, aprendemos que la amistad no se compra con dinero, que no se compra, de hecho, sino que se gana. Cuando el funerario Bonasera acude al Padrino a pedirle un favor y le ofrece dinero a cambio, Don Vito le explica cómo funciona una relación de amistad: desde el respeto y la confianza, y no con exigencias y dinero.

El Padrino puede llegar a ser instructiva incluso para los niños, al menos para ayudar a comprender lo importante de ser siempre educados. ¿Quién no querría que sus hijos demostraran educación en todo momento? No hay nadie más educado y cortés que Tom Hagen, y lo demuestra en la mesa, precisamente ante quien no sabe guardar las formas, ese productor de cine engreído llamado Jack Woltz, que le falta al respeto en dos ocasiones, la segunda, de manera imperdonable, ¡en la propia mesa! Habrase visto tal falta de consideración por los alimentos puestos a comer. Tom Hagen, por supuesto, le deja al productor soltar su bilis mientras él termina parsimonioso su plato, luego da las gracias por la cena y se marcha. Eso es saber estar, quién podría imaginar que en realidad está tan ofendido que va a hacer cortarle la cabeza a un pura sangre para metérsela entre las sábanas al maleducado pez gordo del cine esa misma noche. La educación, como decían mis abuelas, la demuestra el que la tiene. Y en la mesa, hay que mantener las formas, todos los niños deberían aprenderlo.

Otra de las grandes enseñanzas que nos deja la primera parte de El Padrino se enriquece con el paso del tiempo. Aprendemos que hubo un tiempo en el que hasta los políticos tenían ciertos escrúpulos —no demasiados— con ciertas cosas, como la droga. Padrino rechaza tomar parte en una ampliación del negocio hacia el narcotráfico porque cree que perdería su protección política, la que mantiene sin problema a pesar de —o gracias a— la prostitución y el juego. Hoy sabemos que la política se ha modernizado, ya la droga no es un problema, ahora forma parte de la fiesta. Que se lo digan a los hombres de las tarjetas black de Bankia.

Con El Padrino I se aprende que siempre hay un hijo al que cuesta querer más, y uno al que cuesta querer menos, y que a todos cuesta no quererlos finalmente lo mismo, y sobre todo, sufrir igual por ellos. Se aprende que si un hijo se tuerce, se torció, hay poco que hacer, pero que hasta los más retorcidos, como Sonny, a veces aciertan en sus impulsos y hacen cosas tan justas como pegarle una paliza de aúpa a su cuñado maltratador. Se aprende que el miedo es la fuerza más destructiva del mundo, y que hay quien jamás podrá hacer otra cosa que mantenerse impávido ante el terror, como el pobre y pusilánime Fredo viendo rodar las naranjas alrededor de su padre tiroteado. Se aprende que un hijo es un hijo, aunque no lleve tu sangre, como no la llevaba Tom Hagen y era más Corleone que nadie. Y se aprende que hay que tener especial cuidado de los chiquillos callados, los que tienen cara de no haber roto un plato, los ejemplares, esos son los peores, o los mejores, según se mire, pueden ser ambas cosas a la vez, como Michael Corleone.

Viendo El Padrino I se aprende sobre amistad y sobre respeto, se obtienen nociones sobre cómo educar a un hijo —te salga por donde te salga—, se aprende a comportarse de la manera adecuada, a ser considerado, y se aprenden unas cuantas cosas sobre la naturaleza infame de los entresijos del mundo actual. Si además se presta especial atención o se es sagaz se extraerán otras lecciones valiosas: a disfrutar del silencio, a escuchar el silencio, a mirar a los ojos sin pestañear, a mentir con criterio, a decir la verdad, o a comprender que el mundo no siempre es lo que parece, y que un portazo puede ser brutalmente suave. Si no que se lo digan a Diane Keaton

En el próximo capítulo: las lecciones de El Padrino II. (¿Segundas partes no eran buenas? Ya…)

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