Cicatrices de guerra y pinceladas de honor bélico en Shakespeare y Cervantes

Supuesto retrato de Cervantes, atribuido a Juan de Jáuregui. Colección del marqués de Casa Torres.

En general, el hombre moderno repudia la guerra, aunque la considere justa o necesaria. La gente de mi generación, los que estamos sentados en lo alto de la verja de los cuarenta a punto de caer en la cincuentena, hemos conocido y tratado a los testigos vivos de nuestra guerra civil y hemos podido recoger sus testimonios sobre la contienda de primera mano, ya sea como combatientes o como víctimas. No había nada de glorioso en las historias que nos contaban cuando éramos críos: transmitían el odio ciego al enemigo y la necesidad de actuar, no translucían un orgullo excesivo por lo que se habían visto obligados a hacer en el campo de batalla. Pero no siempre fue así.

Dos de los pilares de la literatura universal, William Shakespeare y Miguel de Cervantes, nos ofrecen ejemplos del sentir del excombatiente orgulloso tal y como se manifestaba en otras épocas, en los que quizá el concepto de honor y los valores bélicos primaban sobre la visión del horror y de la destrucción que emana de la guerra en cualquier época.



Alomejor son dos situaciones sacadas de contexto, pero quiero destacar en el texto que sigue la obra de estos dos inmensos escritores del Renacimiento tardío y dos hechos de armas, uno vivido y otro recreado en la ficción: Lepanto y Agincourt. Se trata de dos claros ejemplos de cómo una causa bélica se convierte en una epopeya destinada a llenar para siempre la vida de orgullo, tanto de los que toman parte en ella, como de las generaciones venideras que maman la leyenda épica.

El primer testimonio al que haré referencia es el de Miguel de Cervantes, soldado a las órdenes de don Juan de Austria en el glorioso día para la Liga Santa del 7 de octubre de 1571. Cerca de la ciudad griega de Návpaktos, Lepanto en italiano, una flota aliada compuesta por buques españoles, venecianos, malteses, genoveses y saboyanos puso fin a la hegemonía turca en el Mediterráneo. Y un joven Cervantes de veinticuatro años combatió en tan grande ocasión, a bordo de la galera Marquesa, y recibió una honrosa herida que le incapacita una mano de por vida.

Su biógrafo Francisco Navarro y Ledesma (El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, 1905) nos describe a un Miguel enfermo de calentura, acurrucado en un rincón tiritando de fiebre los días previos al combate que, al escuchar el primer cañonazo de la Marquesa, “se encasqueta el acerado morrión” y “va en busca de su arcabuz”, a pesar de que “las piernas le flaquean” y de que “la cara tiene amarilla como un desenterrado”. Una vez en cubierta, se presenta ante el capitán de la nao, Diego de Urbina, solicitando que le pongan en el sitio más peligroso en la batalla. Sea verdad o exageración, es un bonito retrato épico de nuestro genial escritor. 

Ya de mayor, acercándose el año de su muerte, el nombre de Lepanto resuena para el  viejo soldado como un eco distante de una edad de oro mucho más brillante que la que vive en esos primeros años del decadente siglo XVII, una época en la que los descendientes de Felipe II se ven cada vez más incapaces de mantener el sueño imperial. Cervantes no dejará de añorar sus años de juventud en Nápoles, sus viajes y aventuras, encarnándose parcialmente incluso en los personajes de sus propios escritos, como por ejemplo, el cautivo fugado de Argel Ruy Pérez de Viedma que aparece en la primera parte del Quijote.

Probablemente las aventuras de Don Quijote hubieran acabado con su vuelta enjaulado a su aldea, que es el final de la obra publicada en 1605, pero un suceso inesperado obligó a Cervantes a devolver a Alonso el Bueno a los caminos en un segundo ciclo de aventuras que llegó a la imprenta diez años después. La razón fue que en 1614 vio la luz un volumen apócrifo sobre estos personajes, don Quijote y Sancho,  titulado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tomo II que firmaba un tal Alonso Fernández de Avellaneda natural de Tordesillas. Miguel de Cervantes tuvo que acometer su propia versión de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha para desacreditar la de Avellaneda, y a mi juicio, su esfuerzo superó en resultados con creces incluso a su propia primera parte.

Pero traigo esto a colación porque en el prólogo del Quijote apócrifo se ridiculiza a Cervantes y se hacen bromas sobre su obra. Avellaneda, entre otras cosas, le llama viejo, “Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo”, critica sus Novelas Ejemplares, “más satíricas que ejemplares”, y especialmente se ríe y hace juegos de palabras con su discapacidad “…y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos”.

La réplica de Miguel de Cervantes a las chuflas de Avellaneda llega en el prólogo del Quijote de 1615. Reconoce que el lector estará esperando hallar en el texto “venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote”, pero se niega a ponerse a la altura del de Tordesillas: “castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya”.

Sin embargo, lo que no le consiente Cervantes a Alonso Fernández de Avellaneda es que se burle de su manquedad, como si ésta fuese el vergonzante resultado de una pelea tabernaria (“hubiera nacido en alguna taberna”), pues precisamente es el símbolo de su mayor orgullo vital: el haber combatido al turco en Lepanto: “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. Sus heridas dan fe de su valor y de su coraje, de forma que afirma “quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa —las tropas que combatieron en la batalla— que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella”. Y concluye poéticamente: “las —cicatrices— que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra”.

Anonymous portrait of William Shakespeare foto alamyRetrato anónimo de William Shakespeare.

Volamos retrocediendo un siglo de las aguas del Mediterráneo hasta la campiña francesa, y del Madrid de los Austrias al Londres de la última reina Tudor, en el que William Shakespeare escribió la obra de teatro Enrique V en 1598, cuya primera representación en The Globe tuvo lugar al año siguiente. El tema central del texto es uno de los mayores hechos de armas de la historia de Inglaterra: la victoria en Agincourt frente a los franceses en otoño de 1415. Shakespeare convirtió esta gesta en un canto patriótico.

La incursión inglesa en territorio francés que acaba con la batalla de Agincourt se encuadra dentro de la cadena de disputas que a lo largo del siglo XV mantuvieron los reyes británicos Plantagenet por sus derechos dinásticos en el país vecino y que han pasado a la historia con el apelativo de Guerra de los Cien Años. En un intento de Enrique V de recuperar el trono de Francia, desembarcó con sus huestes en el estuario del Sena con la intención de ir conquistando las principales plazas. Las fuerzas inglesas, estimadas entre 6.000 y 11.000 hombres, después de tomar Honfleur trataban de llegar a Calais y chocaron con un ejército francés dos o tres veces superior en número, comandado por el condestable de Francia, Carlos d’Albret. A pesar de la inferioridad numérica y de los estragos que la disentería estaba causando en las tropas, los ingleses consiguieron una victoria completa, perdiendo los franceses alrededor de 6.000 hombres.

Basándose en las Crónicas de Inglaterra de Raphael Holinshed, entre otras fuentes, William Shakespeare reconstruye la gesta vivazmente en su Enrique V, proyectando literariamente la capacidad de liderazgo del rey y su figura inspiradora. En concreto, el bardo de Stratford pone en boca del monarca una de las mejores arengas bélicas que se han escrito jamás, conocida como “de la mañana de san Crispín”, pues la batalla tiene lugar el 25 de octubre.

En la obra, la víspera del choque entre los dos ejércitos el rey se pasea de incognito (se hace llamar Harry le Roy) por los fuegos de campamento de su ejército, tomándole el pulso a la por demás flaca moral de sus hombres, que diezmados por la enfermedad se han de enfrentar al día siguiente con la caballería pesada francesa varias veces superior en número de efectivos. 

En la mañana del combate reúne a sus hombres y, consciente de su desánimo, tras preguntar la fecha del día, comienza a “venderles” magistralmente una gloria anticipada (Acto IV, Escena III): “Este día es la festividad de Crispín: el que sobreviva a este día y vuelva sano a casa, se pondrá de puntillas cuando se nombre este día, y se enorgullecerá ante el nombre de Crispín”

Volvemos a encontrarnos en su arenga el papel de las heridas y cicatrices como símbolos del valor militar, al igual que hemos visto en Cervantes: “El que sobreviva a este día, y llegue a una edad avanzada, agasajará a sus vecinos en la víspera de la fiesta y dirá: ‘Mañana es San Crispín’. Entonces se alzará la manga y mostrará sus cicatrices y dirá, ‘Esta heridas recibí el día de Crispín’”

El rey Harry promete a sus hombres el pasar a la historia junto con las grandes figuras guerreras nobles de la jornada: “Pero él recordará con ventaja qué hazañas realizó en ese día: entonces recordará nuestros nombres. Familares en sus labios como palabras cotidianas Harry el rey, Bedford y Exeter, Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester, se recordarán entre sus jarras llenas como si fuera ayer”

Y lo que es más, unidos en la lucha, arriesgando la vida juntos, establece una relación de camaradería entre los combatientes, que supera las barreras sociales: “Nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos; porque el que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano; por vil que sea, este día ennoblecerá su condición”

También tiene Enrique V un recuerdo despectivo para todos aquellos que no están con ellos a punto de entrar en combate y que maldecirán en el futuro el haber estado en sus camas en Inglaterra esa mañana y no en el campo francés: “Y los gentileshombres que están ahora en la cama en Inglaterra se considerarán malditos por no haber estado aquí, y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno que luchara con nosotros el día de San Crispín”.

Son sólo dos magistrales ejemplos del honor que suponía en el tiempo pasado el haber participado en un gran triunfo bélico, cuyas cicatrices resultantes se exhibían de por vida como condecoraciones. 

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