Búsqueda

“A cincuenta, Lima a cincuenta”, anunciaba estentóreamente el cuasi adolescente, cuasi infante, que colgaba con una mano y un pie del ultimo pedestal de la Combi que recorría rauda la última cuadra del Jirón Tacna. El escenario era dantesco y sombrío, la finísima y fría llovizna limeña penetraba hasta las entrañas mismas de aquellas delgadas sombras, remedos humanos, azorados y barbudos, que cruzados
de brazos realizaban mil y una piruetas para disimular su avanzada ebriedad. 

Ferdinando Scianna Lima, Perú - BúsquedaLima (Perú), fotografía de Ferdinando Scianna, Magnum Photos.

Había sido una noche más de juerga, y vicio, la reunión en casa del “Perro” había resultado como lo esperaban, las mujeres de la Facultad, el alcohol por doquier, y la cerveza que ya podían adquirir gracias a los pingües ingresos que representaban sus “trabajos” como cargadores de bultos en aquel almacén de la Avenida Venezuela. Cinco años de Universidad no habían pasado en vano, al menos podrían diferenciar con acierto digno de un enólogo las diferentes variedades de Pisco, desde el falsificado de dos soles, hasta los inalcanzables y finos Piscos de exportación de las vidrieras miraflorinas. 

Los tres habían empezado la Universidad juntos, motivados por ese ávido deseo de conocer y ser, de perseverar y alcanzar, de algún día poder codearse con aquellos que alcanzaban portadas en los periódicos, vestían elegantes trajes y hermosas corbatas, “aún no” decían para sus adentros, “pero pronto”. Mientras tanto el jean dejaba sentir todo la crueldad de la amanecida limeña, la camisa y la
casaca, heredada del tío al que ya no le quedaba, no eran suficientes, pero el alcohol hervía las venas y la necesidad perentoria de “continuarla”, respondía más al anhelo por proteger sus venas frías, y al imperioso machista de “a ver quien puede más”, que a la débil disposición de sus bolsillos. 

Aún inconscientes, casi saltando, con la Combi aún en movimiento y al estilo limeño, alcanzaron a tomar los dos primeros asientos y el delantero. Las luces de la ciudad solo reflejaban a oscuras sombras de aquella espantosa avenida, cubierta de borrachos, travestis, y criaturas de la noche, de la cual tantas veces habían escapado y a la que no querían retornar. “Cambiará”, decían para sus adentros, “volveremos algún día y disfrutaremos de nuestra bien ganada Soledad”. 

Agradecían en conjunto, la conciencia que les habían deparado guardar la última “china”, para el pasaje, esta Combi los acercaba a la casa del “asceta”, y podían fácilmente quedarse a dormir ahí; mañana, ya se verá, incluso podrían caminar si así lo decidían, era más fácil en otras épocas, cuando la irresponsabilidad solo afectaba a la ya deteriorada armonía familiar. Hacer lo que uno quisiera era el imperativo, total, el mundo era tan poco, que solo la existencia explotada a mil por hora podía justificar los mil y un cuestionamientos planteados y que hacían hervir sus corazones. 

Las preguntas del ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿para qué?, que habían aprendido en aquellas interminables horas estudiando periodismo, las habían trasladado hacia sus circunstancias, y la única respuesta, obtenida hasta aquel momento era la búsqueda de su eterna destrucción, a través de mil y un placeres, riesgos, peligros, alcohol al máximo y fiestas a montón, era la única filosofía que importaba, la “espera” de un mañana había desaparecido. 

Las cabezas pesaban, el vaho de los últimos alcoholes compartidos se había densificado y explotaban las sienes, la garganta se resentía con el frío viento que se deslizaba por las ventanas de la Combi, y el estómago revuelto pedía con ansías devolver todo aquel cúmulo de obscenidades del cual estaba repleto. Era siempre así, todos los fines de semana y días de guardar, que divertido era, —¿lo era acaso?—. En la fiesta estuvieron hermosas las compañeras de siempre, quienes habían decidido a volver locos a todos, con su delicado ombligo a la vista. Aquellos ávidos y deseosos varones, cuya lascivia había alcanzado y representado todo los anhelos de aquella generación. Mil poemas habían plasmado las paredes de los baños universitarios en honor a ellas. 

La Combi avanzaba, los gritos continuaban y se hacían exasperantes, de alguna manera colaboraban a que no se quedaran dormidos puesto que era lo último que deseaban que sucediera. Como en aquella oportunidad, en Canto Grande, habían ocupado la parte de atrás de la línea 11, lejos del griterío y el movimiento delantero. Al levantarse en casa, no quedaba nada de sus billeteras, pero más decepcionante
habrá sido para los rateros, puesto que aparte de tarjetas viejas y condones picados, poco se podía esperar de las riquezas de aquel alegre pero enormemente pobre grupo de universitarios.

“Un cigarro”, dijeron al unísono, y sin importar el resto de los pasajeros se aprestaron a disfrutar aquellos vahos de humo y alquitrán que de alguna manera tranquilizaban sus temblores cada vez más frecuentes. “Son alcohólicos” habían escuchado tantas veces, como un tambor que resonaba en sus conciencia, pero no importaba, la vida estaba ahí y ahora, y aunque mil arcadas los invadieran en este momento, qué inacabable momento de goce, el compartir sendas botellas de alcohol entre amigos, “de esto era que se trataba Sartre, ¿verdad?”. 

La Combi alcanzaba los límites del paroxismo, el chofer parecía salido de alguna competencia de autos, y seguro que tenía atada alguna pesada piedra en el acelerador, puesto que el auto nunca se detenía, los pasajeros subían “al vuelo” y una señora por poco y acaba en el suelo, al resbalar en el aún húmedo pedestal. Ellos no lo notaban, su mundo se había reducido a aquella angustia primigenia por llegar. Necesitaban un lugar, necesitan algún espacio que les perteneciera y que les devolviera aquello por lo que estaban luchando: descansar.

“Esquina Baja”, grito aquel cuasi niño, cuasi adolescente, nuestros tres amigos descendieron rápidamente, se despojaron de aquel sol cincuenta que habían dejado para el final y emprendieron su camino. No los vi más desde aquel día, hace ya quince años. Recuerdo como un eufemismo su sinceridad, y su cruda realidad, pero aún más, tal vez envidio aquella búsqueda permanente del disfrute que los alentaba. Dejo de escribir entonces, pienso, y sonrío… “sí, tal vez solo eso, su búsqueda”.♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies