La balada de Joe Hill

Muy probablemente hayan oído alguna vez hablar de Joe Hill, aunque no lo recuerden. Su nombre tiene reminiscencias universales, la sonoridad de los nombres de anónimos —si se permite el oxímoron—, pertenece a la familia de los Juan Nadie. Sin embargo, existió. Joe Hill fue un hombre real, por mucho que el siglo que ha pasado desde su muerte no haya hecho otra cosa que borrarle las dimensiones del ser de carne y hueso y convertirlo en leyenda. Se han hecho películas sobre su vida, se han escrito libros y artículos, y sobre todo, se han compuesto y cantado multitud de canciones —Phil Ochs, Paul Robeson, Joan Baez, Pete Seeger, Bruce Springsteen— a Joe Hill. Es por eso que seguramente les suene este nombre corto y simpático, Joe Hill, el de un hombre grande y simpático, que cantó y luchó —a un mismo tiempo— y fue ejecutado por ello.

joe hillJoe Hill.

La historia de Joe Hill, como bien escribió Phil Ochs, es más bien una balada. Comienza en Suecia en 1879, en una familia obrera que pierde al padre en un accidente laboral —en 1887— y a la madre por una enfermedad —en 1902—. Son seis hermanos, Joe aún no es Joe, sino Joseph Hillström, de 23 años de edad. A esa edad, junto con su hermano Paul, decidió partir a la “tierra prometida”, América. La ilusión del viaje pronto se truncó, al comprobar que el “nuevo mundo” tenía bastantes cosas del viejo, y de regalo otras tantas miserias para los de su clase. Joe trabajó en varios sitios en Nueva York y en Chicago, pasó por Cleveland en 1905, por San Francisco en 1906, y finalmente dio con sus huesos en la otra costa del país, en San Pedro, California, en 1910. Fue entonces cuando arraigó, si es que puede decirse tal cosa de un hombre que hizo de un cierto romanticismo nómada su modo de vida, y cambió su nombre sueco por el inglés Joe Hill. Se estabilizó, no tanto en el lugar, como en otro espacio que comenzaba a estar en todas partes: la IWW — el sindicato Industrial Workers of the World—; se afilió en Portland, y pasó a formar parte de las primera luchas organizadas de los trabajadores norteamericanos, convirtiéndose en un destacado líder. 

joe-hill-iwwLos wobblies, como se conocía a los miembros de la IWW, arrastraron desde pronto un aura de romanticismo que cundió por todos los rincones del país. Se decía de estos primeros sindicalistas que no tenían casa, que dormían en los trenes a los que saltaban en marcha por la noche, que se reconocían cuando llegaban a una nueva ciudad con solo mirarse, que compartían una camaradería extrema y que no tenían miedo. Por supuesto hay mucho de leyenda, pero ciertamente existió un perfil de trabajador con conciencia en aquella época que, viéndose obligado a trasladarse continuamente de un lugar a otro —por las propias exigencias del mercado laboral como por la persecución a la que se veían expuestos los huelguistas—, debió ser común, y que contribuyó a esa imagen ideal de hombres solitarios e íntegros. Joe Hill, sin duda, encajaba perfectamente en dicha descripción, y no solo eso, la enriquecía por su propia singularidad: la del artista.

En Suecia había aprendido música y tocaba numerosos instrumentos. En América comenzó a poner nuevas letras a canciones populares, para que los compañeros de tajo y piquete las aprendiesen con facilidad. Se conocen algo más de cincuenta canciones suyas, entre las que destacan The preacher and the slave (El predicador y el esclavo), Casey Jones, the union scab (Casey Jones, el esquirol), o la muy famosa Rebel Girl, dedicada a la sindicalista Elizabeth Gurley Flynn. Uno de los libros más famosos que portaban los wobblies allá donde iban fue el editado por el propio sindicato, con el título de Pequeño Libro Rojo de Canciones; trece de las que contenía eran de Joe Hill. La música fue una herramienta de lucha para Joe, cuya figura inspiró fuertemente a posteriores trovadores del folk norteamericano, como el emérito Woody Guthrie, aquel que escribió sobre la madera de su guitarra: “This machine kills fascists”. La música le fue tan natural a Joe que con ella viajó a México en 1911, para sumarse al movimiento de insurrección en la Baja California contra Porfirio Díaz. A su vuelta a los Estados Unidos era uno de los wobblies cuya leyenda descollaba, el sindicalista poeta, el radical que cantaba. En 1913 lideró una huelga de estibadores en San Pedro, y la policía le arrestó y encarceló por primera vez. Pasó un mes enrejado. Al salir tuvo que abandonar California, donde nadie contrataba a un conocido agitador, se fue a Utah y comenzó a trabajar en las minas cerca de Salt Lake City, pero tampoco allí tardaría demasiado en organizar la primera huelga, ese mismo año, contra la United Construction Company. El gobernador del estado le puso en el punto de mira, como era de esperar.

joe hill bookThe_Rebel_Girl_cover-Joe-Hill

El desenlace de la balada de Joe Hill arranca en los primeros días de 1914, aún en Salt Lake City, con luces oscuras sobre el escenario. La noche del 10 de enero, un policía retirado llamado John G. Morrison, que regentaba una carnicería en la ciudad, fue asesinado junto a su hijo por dos enmascarados. Uno de los atacantes resultó herido de un balazo antes de huir. Aquella noche hubo cinco personas que tuvieron que ser atendidas por heridas de bala en Salt Lake City, Joe Hill tuvo la mala suerte de ser una de ellas. El gobernador de Utah, William Spry, no tardó en aprovechar el caso para incriminar a Joe y para “frenar —literalmente— a la calle que ruge”. 

El balazo por el que Joe acudió al hospital aquella noche fue el resultado de un lío de faldas. Andaba manteniendo relaciones con una mujer casada y el marido los descubrió. Tenía coartada, o la hubiera tenido, de haber sido un hombre distinto al que era. En el juicio no se presentó ningún testigo objetivo que pudiera corroborar su presencia en el lugar del crimen, además, no existía ningún móvil —ni siquiera se había robado nada de la tienda de Morrison— que le vinculara, porque no conocía ni había tenido jamás relación con las víctimas. Solo el hijo pequeño de Morrison —un niño— declaró creer reconocer en Joe Hill al autor de los disparos que mataron a su padre. Era todo una farsa. Pero Joe decidió algo en extremo particular: no desvelar las identidades de las personas que corroboraban su coartada. Si decía el nombre de la mujer con la que fue cazado en flagrante delito, el honor de ella quedaría dañado —declaró— y él no estaba dispuesto a provocar eso, aunque le costara la muerte. 

El juicio fue una farsa absoluta, el propio presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, intercedió ante los poderes de Utah para que reconsiderasen el caso. La solidaridad internacional se desbordó en favor de Joe Hill, con manifestaciones por todas partes del planeta y alegaciones de clemencia de importantes personalidades públicas. Sin embargo, no hubo nada que hacer, estaba juzgado de antemano, con coartada o sin ella. Fue condenado a muerte. 

joe hill prisiónFicha en la carcel de Utah de Joe Hill.

Pasó casi dos años en prisión hasta que llegó el día de la ejecución, el 14 de noviembre de 1915. En ese tiempo no dejó de escribir canciones y poemas. Y demostró realmente de qué pasta especial estaba hecho. Todo lo que hizo en sus últimas semanas, con sencillos gestos, desencadenó la tormenta de su leyenda. El día 15 de agosto escribió una sentida carta para publicarse en el periódico Salt Lake Telegram, donde reafirmaba su inocencia y ponía en evidencia algunas de las muchas irregularidades que se habían sucedido en su juicio; y se despedía en ella con dignidad, diciendo: “Siempre he trabajado duro para ganarme la vida y pagar por todo lo que tengo, y mi tiempo libre lo he dedicado a pintar cuadros, escribir canciones y componer música. He vivido como un artista y moriré como un artista”. A su amigo Bill Haywood, otro líder sindicalista, le escribió otra breve carta pocos días antes de su muerte, unas pocas frases que se convertirían en lemas. Decía: “Adiós Bill: Muero como un verdadero rebelde. No gastes tiempo en funerales, ¡organiza! Hay cien millas de aquí a Wyoming. ¿Podrías conseguir que mi cuerpo llegue a la frontera del estado para ser enterrado? No quiero ser encontrado muerto en Utah”. Ese “Don’t mourn, organize!” se hizo grito de guerra. 

Para su fusilamiento le sentaron y amarraron a una silla, y le pusieron el recorte de un corazón de papel sobre el pecho, para que le pelotón supiera donde apuntar. Su última palabra fue una orden a sus propios verdugos: “¡Fire!”. Así lo narró precisamente uno de ellos, conmocionado. El día antes había escrito su último poema, titulado Mi última voluntad

Joe Hill Last Will“Mi voluntad es fácil de decidir.

No dejo nada para repartir.

Mis parientes no necesitan quejarse y gemir.

“El musgo no se aferra a un canto rodante”.

¿Mi cuerpo? ¡Ah! Si pudiera elegir

lo reduciría a cenizas,

y dejaría soplar las felices brisas

para que las llevaran a donde germinan las flores.

Quizá entonces las flores que se marchitan

volverían a la vida y brotarían de nuevo.

Éste es mi último y postrer deseo.

Buena suerte a todos”.

Y su deseo se cumplió. Su cadáver fue incinerado y el sindicato envió sobres con sus cenizas a todos los locales de la IWW a lo largo y ancho del país, salvo a Utah. El 1 de mayo de 1916 los sobres se abrieron y se esparcieron sus cenizas al viento.

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