Quirke, el vaso de whisky lleno de lluvia

Lo primero que vemos es la lluvia pegando contra una ventana, detrás de la ventana la fiesta de despedida de la enfermera Brenda —que emigra a América en busca de mejor suerte—, y la silueta del doctor Quirke, tras la lluvia y el cristal, bebiendo. Son los primeros veinte segundos de la serie con el nombre de este patólogo: Quirke, producción de la BBC que adapta en tres capítulos las tres primeras novelas protagonizadas por un médico forense con pulsiones y talentos de detective en el Dublín de los años 50. Un personaje maravilloso nacido de la pluma de Benjamin Black, el alter ego chandleriano de John Banville. Sigamos pensando en esos veinte primeros segundos de la serie televisiva: una mujer que emigra, un hombre que bebe; no se puede sintetizar mejor y más rápido los ejes temáticos de esta historia. Quirke va de eso, de un hombre solitario —está claro—, pero también de la mujer —en general— en una retrógrada sociedad como la irlandesa de posguerra.

quirke_byrneGabriel Byrne, como Quirke / Foto: BBC One.

Cuando John Banville decidió desdoblarse y traer al mundo a Benjamin Black lo hizo para liberarse de sí mismo. Él, John Banville, el novelista de precisa y elegante escritura no era —es— capaz de salvar más de doscientas palabras cada día de trabajo. Black, sin embargo, podía sentarse a escribir y tener mil o dos mil para la hora de comer. El milagro bipolar quizás no fuera tanto una cuestión psicológica como una cuestión técnica y hasta de suerte: la de dar con un personaje que se escribe solo, que sostiene una historia con su sola identidad, un personaje tan carismático y bien armado como Quirke. Un detective que no es un detective. Más valiente que nadie, siendo terriblemente frágil. Radicalmente leal a unos principios y eminentemente práctico. Romántico y cínico. Con la palabra precisa, y el silencio por bandera. Sin paraguas, pero con sombrero. Y una lluvia que le persigue, pero no le importa.

Para un personaje así no existe en el mundo un actor más idóneo que Gabriel Byrne. Es irlandés, sabe llevar un sombrero y hablar lacónicamente como nadie —ensayó sin saberlo el personaje en Muerte entre las flores—, y mira y camina por un mundo sombrío construyendo universo a su alrededor. Quizás la única pega inicial pudo ser su edad, Byrne tiene más de 60 y el Quirke literario es un cuarentón, pero no fue óbice, y visto el resultado, mejoró la estampa de este doctor, caracterizado por su perspicacia y melancólica sabiduría.

Las tramas de Quirke, muy respetuosos con los originales de Black/Banville, son sencillas, cediendo protagonismo al drama familiar. Quirke es el personaje protagonista, un faro moral entre el mar de brumas de una sociedad corrompida. El Dublín de posguerra es el otro gran carácter de la historia. Una sociedad y unos ambientes, los de la burguesía dublinesa, que representan la hipócrita moralidad católica de la época, cayendo con dramáticas consecuencias sobre las mujeres de las clases humildes. En el primer capítulo de la serie, el drama es el de las jóvenes sin recursos cuyos hijos son robados por una red en la que anda metida la Iglesia. En el segundo de los episodios, la violencia sobre las mujeres se expresa en una trama que parte de las víctimas de chantajes pornográficos. Y en la tercera entrega la protagonista es una joven desaparecida y despreciada por decidir vivir sus relaciones sexuales sin considerar la moral dominante. En todas las historias en las que Quirke se ve envuelto son las mujeres las víctimas, y alrededor de ellas, siempre entrometidos los intereses y miserias de sujetos de esa alta burguesía cuya moral subyuga hipócritamente a la sociedad.

La serie fue presentada en una sola temporada en 2013. En 2015 se estrenó en Estados Unidos y Canadá. No hay noticias sobre una posible segunda temporada que adapte el resto de novelas —otras tres— de la saga Quirke que Black/Banville ha publicado hasta el momento. De ocurrir, sería una estupenda noticia. Esperemos que haya suerte, y que sea pronto, para que Byrne no se nos envejezca demasiado; básicamente porque sería imposible imaginar la melancólica mirada de este detective agazapado bajo un forense, en unos ojos que no fueran los de Gabriel Byrne. Y seguir brindado con vasos de whisky llenos de lluvia.

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