“Porque sueño yo no lo estoy, porque sueño yo no estoy loco”

El 10 de agosto de 1997 una avioneta Cessna 180 se estrella en una zona boscosa del norte de Quebec, Canadá. El día es soleado y el viento moderado, las condiciones son propicias para el vuelo. Sin embargo, la avioneta desciende de los 450 pies a 50, toca con unos árboles y se estrella, explotando e incendiándose inmediatamente después del impacto. Dentro van dos personas, el piloto, de 43 años, y una joven de 27. Eran pareja y venían de pasar un día de pesca. Caen en un valle poco habitado, el pueblo más cercano se llama Kuujjuaq y tiene apenas dos mil habitantes. A pesar de ello, no tardarán en encontrarles, porque en su viaje les seguía otra avioneta, la de dos amigos que han visto con dramática impotencia cómo ocurría el accidente. En pocas horas el suceso estará en todos los telediarios de Canadá, y en pocas horas más en gran número de medios de información de todo el mundo, porque los dos fallecidos son Marie-Soleil Tougas, actriz y presentadora de televisión canadiense, y Jean-Claude Lauzon, director de una de las películas más aclamadas de la historia del cine: Léolo.

LéoloLéolo (1992) / Foto: Les Productions du Verseau/Flach Film/Le Studio Canal Plus.

La historia de Lauzon no es menos insólita que la de su obra, y su final tampoco es menos demoledor que el de Léolo. Pocos films tienen, desde su estreno, tanto caché de “película de culto” como lo tuvo la historia de este crío de los suburbios de Montreal. Era la segunda película de Lauzon y pronto se convirtió en una auténtica sensación —desasosegante— por festivales y salas de todo el mundo. En España, ese mismo 1992, ganó la Espiga de Oro del Festival de Valladolid. El film acongojaba mediante un lirismo y una crudeza que vencían la resistencia hasta del más escéptico, confirmando que aún se podía hacer cine verdaderamente diferente, que aún quedaban formas nuevas de contar historias, e historias nuevas que contar.

El relato del pequeño Léolo, un niño angustiado por la locura que va devorando a cada uno de los miembros de su familia, y de la que parece solo están a salvo él y su madre —que tiene “la fuerza de un gran barco navegando por un océano enfermo”—, se ofrece al espectador como un tesoro mágico o un milagro, una narración maravillosa que se está contando por un azar de origen incognoscible. La voz en off de Léolo narra su infancia, en pasado, con una voz adulta. Una voz que será siempre un misterio, que jamás sabremos si es la del recuerdo real del hombre que echa la vista atrás, salvado, o si es la de la imaginación del niño que se inventa a sí mismo recordando, en un futuro que quizá nunca llegue a vivir.

El film es, entre tantas cosas, uno de los más hermosos cantos a la literatura: “No intento recordar las cosas que ocurren en los libros —dice Léolo—. Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar”. El niño que se pone un gorro de lana porque lee por la noche, secretamente, a la luz de la nevera, y que encuentra en ese retiro de palabras su “valle de los avasallados”, su vía de escape de la cotidiana locura, a través del sueño. El lema del pequeño Leo es hoy una conocida proclama en defensa de la poesía, de la libertad, de la imaginación, de todas las cosas que honran lo mejor del animal humano: “Porque sueño yo no lo estoy, porque sueño yo no estoy loco”.

Jean-Claude Lauzon firmó su opera prima en 1988, Un zoo la nuit, con la que ganó trece premios Genie, de la Academia de Canadá. Antes había pasado por un sinfín de oficios y situaciones. Nacido en un barrio humilde de Montreal —como Leo—, la carrera de su vida explica el origen de las imágenes y la historia de su obra maestra. En la adolescencia abandonó los estudios y trabajó en las plantaciones de tabaco y de maíz de Ontario, fue obrero fabril, como su padre —y como el rubicundo padre de Léolo—, bibliotecario —domador de versos—, leñador, monitor de submarinismo y taxista. Todo antes de los 25, mientras consigue volver a estudiar y licenciarse en Comunicaciones en la Universidad de Quebec. Su experiencia personal está incluida en el universo de Léolo, desde el único libro que había en su casa hasta el buceo por las aguas muertas del río San Lorenzo en Montreal, en busca de tesoros que revender o brillos dorados con los que soñar.

Para conseguir filmar en una misma película todas las ideas de peso que Lauzon maneja en su película y que el gran juego malabar no se desbarate, se necesita haber vivido intensamente y conocer cada una de ellas. Filmar la pureza del amor y el deseo imaginando el encuentro con “una morena de finos tobillos” en un valle italiano; el amor fraterno, la tragedia del miedo y la compasión ante el dolor de un ser querido, como cuando Léolo ve llorar a su musculoso hermano mayor, en una de las secuencias más emotivas jamás filmadas: “Ese día comprendí que el miedo habita en lo más hondo de nosotros y que ni una montaña de músculos ni un millar de soldados podrían hacer nada para remediarlo”. La angustia de vivir y la necesidad de las palabras durante la infancia. Y la melancolía, el peor síntoma de la cordura, el que ataca la resistencia del ser más dispuesto a salir a flote, pero que puede dejarle encallado en una bañera llena de hielos, congelado en un mar de llantos.

Léolo es la historia de una infancia que expresa la naturaleza de esa edad que es más que una fase, que es un lugar, una patria, como diría Rilke. “A ti, la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda”, dice la voz del irreductible Léolo. ¿Qué hubiera sido capaz de seguir filmando Jean-Claude Lauzon de no haberse estrellado con aquella avioneta? Es imposible saberlo. Parece complicado alcanzar el nivel de Léolo, una obra maestra, pero hubiera sido hermoso poder comprobarlo. En cualquier caso, es el cine quien quedó para siempre, más de cien veces, en deuda con él. 

Cuando faltaba una semana para cumplirse el primer aniversario del accidente del Cessna 180, la Oficina de Seguridad en el Transporte de Canadá publicó el informe de su investigación: las pruebas de toxicología de la autopsia determinaron que nada en ese sentido pudo alterar las capacidades del piloto; la meteorología no era adversa para el vuelo; no se pudo identificar fallo alguno en el motor o cualquier otra de las partes del avión. La única explicación lógica del accidente sería que Lauzon tuviera un despiste fatal o se hubiera visto confundido por algún tipo de ilusión óptica. Nunca se sabrá. Quedó para siempre en el “valle de los avasallados”.

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