Pierre Bonnard, un boxeador perdido en la Arcadia

El boxeador, autorretrato (1931) / Pierre Bonnard, VEGAP, Madrid, 2015/RMN-Grand Palais (musée d’Orsay)/Michèle Bellot.

Pierre Bonnard fue un extraño. Un extraño en su oficio para su época. Un extraño, quizás, para sí mismo. Vivió y pintó a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del XX. Tiempos definitorios y convulsos, de los que no permiten mantenerse al margen. Él, sin embargo, lo hizo. Tiempos, también, de magnífica efervescencia artística, de las vanguardias. Y él, también de eso, se mantuvo apartado. Picasso no le tenía en demasiada estima, decía de él: “Es un neoimpresionista, un decadente, un crepúsculo pero no una aurora”. Realmente, casi la totalidad de la obra de Bonnard transita por formas previas a la modernidad, pero precisamente por eso resulta hoy tan enigmática la pervivencia y el recuerdo creciente de este pintor de la burguesía acomodada, y de su pintura ajena al mundo de las dos guerras mundiales. Algo conspira contra la aparente evasión de sus cuadros, algo que surge de ellos, una melancolía, una indolencia, incluso una rabia. Un misterio.

Bonnard fue más que un hijo de su tiempo, como suele decirse, un hijo de su clase. Él pertenecía a la alta burguesía, la que frecuentaba los ministerios y cuyos hijos estudiaban leyes. Así lo hizo el bueno de Pierre, a la vez que comenzaba estudios artísticos en la Academia Julian y en la Escuela de Bellas Artes de París. El joven artista se fue formando sin perder el instinto profesional de toda respetabilidad burguesa, entrando a formar parte del mundo publicitario. Ni siquiera en el amor dejó de pertenecer a su clase, cuando se enamoró de Maria Boursin, una joven de baja cuna, la muchacha se cambió de nombre, por el más aristocrático Marthe de Méligny. Marthe (o Maria) sería su musa durante toda la vida, y finalmente su esposa. Se casaron en 1925, hecho que condicionó el suicidio de Renée Monchaty, amante del pintor; sí, todo muy de la alta alcurnia. En sus cuadros, Bonnard nunca dejó de retratar a Marthe como una mujer joven, ella no envejecía, ni traslucía rasgo alguno que hablara sobre una personalidad insoportable y egoísta, destruida por la depresión y otras enfermedades psicológicas. Él, en cambio, sí lo hacía, silenciosamente en sus autorretratos.



El mundo pictórico de Bonnard puede dividirse en dos mitades sencillas de definir: interiores y exteriores. Cada una con su luz. Cada mundo con su orden. Intimidad y contemplación. Ambos detenidos en momentos pasajeros. El mundo de los interiores está impregnado por la luz artificial, construido de baños relajantes, de aseos metódicos, dormitorios divididos por un biombo, miradas furtivas al espejo y al cuerpo amante, subsumidos ambos en su propia circunstancia. El mundo de los exteriores es el de la luz del sol, en lo alto o bordeando el horizonte, de la tarde en compañía, de la vida acomodada, de la ensoñación de lo lejano y místico, del orientalismo de moda, del color cálido del fondo de una vida aparentemente sosegada, de la Arcadia de los privilegiados.

Todo en su propuesta artística puede parecer sencillo, desentendido, acorde con su extracción social. Y lo es, pero a pocos se les escapa que algo no está del todo encajado, que hay un elemento extraño que convierte la apacible tarde en amenaza de tormenta, aunque no aparezca una nube, o la quietud tras el coito en la espera de algo que se rompa, quizás un vaso o una bombilla, cualquier accesorio que se cae y acaba con el embrujo de una intimidad compartida. Ese elemento extraño es el propio Bonnard, la mano del boxeador con la cara roja de golpes, el viejo sin ojos frente al espejo a la hora de afeitarse.

El Museo d’Orsay alberga la colección más importante del inclasificable pintor. Su colección suele viajar a través del mundo. En el otoño de 2015 estuvo en Madrid, como antes en otros sitios. Es en una de estas retrospectivas generales de su obra cuando el misterio se pone al descubierto. Sigue tratando de pasar desapercibido, pero está ahí: entre sus paisajes coloridos, sus escenas íntimas y las decoraciones orientales; allí, hay un pequeño cuadro, el autorretrato El boxeador, el extraño en la Arcadia, el propio artista soterrado.

El boxeador es el cuadro más famoso de Pierre Bonnard. ¿Qué pensaría él si hubiera sabido esto? Él, que fue el pintor de la evasión, de la vida tranquila, del optimismo con su poso melancólico… recordado, ante todo, por un autorretrato brutal y descarnado. Un pequeño cuadro que domina cualquier retrospectiva de su obra, por vasta que sea, esté donde esté colocado. Es un extraño en la Arcadia, un violento invitado en un mundo irreal, que levanta sus puños para derribarlo. Es Pierre Bonnard, el pintor de la intimidad… ¿un extraño peleando consigo mismo?

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