Paisaje imaginado desde el Puente de Brooklyn

“No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie”. Este fue el primer verso de Federico García Lorca cuando comenzó a escribir Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge). Nadie en el cielo, porque en ese lugar, el Puente de Brooklyn, la siempre victoriosa inmensidad del cielo se ve derrotada. Es el único lugar del mundo —que quien esto escribe conozca— donde la tierra, el mar, todas las cosas, se expanden sin fin, hasta el punto de que el cielo se queda pequeño sobre ellas.

Alland - Brooklyn Bridge
Puente de Brooklyn, 1938. Foto: Alexander Alland.

El primer puente que unió la isla de Manhattan con la antigua ciudad independiente de Brooklyn, hoy todo distritos de Nueva York, comenzó a construirse en 1870, y fue acabado en 1883. No son siglos de historia los que ha visto pasar desde entonces, como cuentan tantas catedrales, teatros, olimpos; tan solo poco más de un siglo, pero un siglo de todos los demonios. En el momento de su construcción se creyó una empresa imposible, a la semana de su inauguración una estampida de viandantes, atemorizados porque habían oído algo chirriar, dejó doce muertos. El pánico ante una de las obras de ingeniería más espectaculares jamás vista —en su momento fue el puente colgante más grande del mundo— cundió a un lado y otro del East River. Poco tiempo después hubo de recurrirse a una prueba de seguridad infalible: hicieron desfilar veintiún elefantes en fila india sobre su pasarela de madera. Los majestuosos animales sentenciaron con rotunda parsimonia que el progreso no daba marcha atrás. El Puente de Brooklyn se convirtió en algo más que una magna infraestructura. Es imposible decir cuándo ocurrió, pero en algún momento se situó en el centro de su época, nuestra época. Las coordenadas de su dirección son variables, está en los libros, en las películas. Es parte del imaginario de un tiempo, como las pirámides, con las que no en balde lo comparó el José Martí periodista, al relatar maravillado la inauguración de esta “fortaleza del mundo moderno”, creyendo que su arco de luz sería la puerta de un mundo nuevo y mejor. Martí se equivocó en la naturaleza de los tiempos que vendrían, pero no en la del puente. Atraídos por la atmósfera que generó en el brazo de mar que sobrevuela, durante más de un siglo poetas y escritores han guiado sus pasos sobre los de los elefantes, intentando descifrar su misterio. ¿Lo consiguieron? En parte, porque el misterio del Puente de Brooklyn no encierra un código, no se puede reducir a una fórmula o un hecho que explique su significado. Su misterio no puede resolverse, pero puede identificarse y comprenderse, siempre de manera tácita, y salpicar así hojas y películas fotográficas. Un misterio que se mantendrá, sin duda, mientras dure su época. Luego desaparecerá, o se arruinará en la incomprensión, como tantos vestigios del pasado. Mientras tanto, ahí está, en el centro de nuestro tiempo y nuestros sueños.

Toda la ciudad de Nueva York, para ser ciertos, se encuentra hoy día en el centro del mundo que nos domina. Todo ocurre allí, desde los atracos perfectos a las invasiones alienígenas. Cómo no soñar con Nueva York. A cualquiera de sus rincones se le puede encontrar una historia memorable, real o inventada, que haya sucedido o pasado por el lugar. Es un enorme escenario con múltiples decorados. El Puente de Brooklyn, sin embargo, aúna los diferentes encantos de la metrópolis: el humo de las alcantarillas y los clubs de jazz convertido en bruma del puerto, la piedra neogótica de la Catedral de San Patricio entre el acero vertiginoso de sus cables, la brisa que baja por Broadway, multiplicada y enloquecida en medio de los cuatro puntos cardinales, la silueta de la Estatua de la Libertad, inadvertida a veces, pero presente, como la de Lenin en una azotea de West Houston Street, el cristal de los rascacielos licuado en el espejo plateado de las aguas, una constelación que dibuja su arco en el firmamento de luces eléctricas, la invisible frontera de silencio que separa al Greenwich Village del resto de la maquinaria, los caminantes solitarios, más solitarios, cuando cruzan el río sobre sus tablas.

Puente Brooklyn cimientos
Ilustración de las obras de cimentado del Puente de Brooklyn.

Cada persona que ha estado en Nueva York, por mucho o por poco tiempo, tiene su propia película en el Puente de Brooklyn. Es allí donde se mira al océano con algo del color en los ojos de los primeros inmigrantes, tratados deplorablemente en la aduana de Ellis Island. Es allí donde se siente la poderosa fuerza del ser humano y de sus innumerables sacrificios. Las enormes torres del puente se hunden veinte metros en el agua, y bajo su lecho continúan enraizándose quince metros más. ¿Quién las plantó en esas profundidades y cómo? Alrededor de seiscientos obreros se afanaron en su construcción, las cifras no son exactas, como tampoco las de los que fallecieron trabajando en él, las menos dramáticas hablan de veintisiete obreros muertos, las más reales calculan cerca de ciento cincuenta, incluyendo a los que morían en sus casas, días después de un accidente. Uno de cada cuatro. Para cimentar las torres, salvando la enorme profundidad en la que se encontraba el sustrato sobre el que podían descansar las pilas, fue necesario un reciente sistema de ingeniería con aire comprimido. Los obreros bajaban a picar piedra y sacar cubetas de escoria y lodo en una galería húmeda y calurosa. Los efectos de los cambios de presión por subir demasiado deprisa a la superficie pronto se hicieron notar, los síntomas del síndrome de descompresión o “enfermedad del buzo”: un dolor intenso por todo el cuerpo, parálisis, incluso la muerte. Washingtong A. Roebling, el ingeniero al cargo de la obra —hijo de John Augustus Roebling, el ingeniero diseñador del puente—, acabó lastrado por los efectos de la descompresión en uno de los ascensos, obligándole a seguir los avances de la construcción desde la ventana de su casa, a un kilómetro de distancia; su esposa, Emily Warren Roebling, fue la encargada de llevar sus instrucciones y dirigir la obra desde entonces. De los obreros muertos no se recuerdan los nombres. Algunos murieron bajo el lecho del río, muchos en la superficie, olvidados por el progreso en algún cuartucho de Brooklyn o Queens, tras varios días de dolores indecibles, otros cayeron desde las alturas de los primeros y últimos cables tensados de torre a torre. Una vez más, la historia de nuestra época, y sus mismos protagonistas.

Es inevitable pensar en el esfuerzo humano acumulado en ese lugar. Está expuesto a todas las miradas, nada entorpece su figura a la vista. Su estampa invade la imaginación, no dejando más tarea que la de concentrarse en uno mismo en ese sitio bello y espeluznante, para pensar en nuestro papel en el mundo. Ocurre inevitablemente, la primera vez que se cruza el Puente de Brooklyn, una exigencia de tomarse en serio asalta al paseante, sea turista o viajero, inmigrante o neoyorquino circunstancial. La respuesta que sigue al impulso puede ser más o menos duradera, pero existe, aunque no sea reconocible, como no lo es, algunos días de bruma, la Estatua de la Libertad. “Mientras recorro en un sentido y en otro el Puente de Brooklyn —escribió Henry Miller, que no le tenía especial cariño a Nueva York— todo se me aclara perfectamente. Una vez que dejo atrás la torre y me siento en equilibrio sobre el río, todo el pasado encaja”. 

USA, New York: Brooklyn Bridge with fog. (c) Ferdinando Scianna/Magnum Photos.
Puente de Brooklyn, 1986. Foto: Ferdinando Scianna/Magnum Photos.

Sobre el Puente de Brooklyn, o a su vera, observándolo desde el parque al otro lado de Manhattan, puede leerse buena parte del relato de nuestro tiempo, de piedra, versos, acero, sangre. Está en el comienzo o en el final de un nuevo mundo, doliente y esperanzado. Julio Cortázar puso en alguna parte que “un puente es un hombre cruzando un puente”. De ser así —y es muy probable que el argentino llevara razón—, el de Brooklyn puede ser el puente más transitado de la historia, por la cantidad de hombres y mujeres que lo han recorrido en sueños y en recuerdos.

Si pudiera elegir el lugar donde morirme, quizás, en un arrebato, elegiría saborear mis últimos hálitos en el Puente de Brooklyn, tan solo porque allí, tan lejos, es donde más cerca sentiría los sitios de mis mejores recuerdos. Desde el Puente de Brooklyn es posible vislumbrar las costas del pasado, ver el presente caer a las aguas del abandono, dar media vuelta y caminar sobre el futuro.

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