Las dos caras de Egon Schiele

Uno de los comienzos más célebres la historia de la literatura es el de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, no solo un ensayo político e historiográfico de relevancia, sino una de las obras narrativas más perfectas en su forma del siglo diecinueve. Así es unánimemente reconocida hoy, incluso por quienes no comparten ideología con su autor. En ella, Marx escribe: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra como farsa”. Egon Schiele todo lo vivió, como si dijéramos, dos veces. Una como tragedia y otra como farsa. La cita le es apropiada al pintor austríaco, no solo en la razón presentada a la manera de axioma universal, sino por su condición de monstruo entre dos épocas, de producto de una sociedad contradictoria, de pequeñoburgués con dos caras: la del artista progresista y rompedor, y la del intelectual acomodado, la del hombre de talento y la del ser culpable y frágil.

Lo primero de lo que debemos dejar constancia al tratar sobre Egon Schiele es que estamos ante un auténtico prodigio artístico. Un pintor que murió con solo 28 años y dejó, en tan poco tiempo, más de trescientos cuadros y cerca de tres mil dibujos y acuarelas. ¿Qué hubiera sido capaz de hacer si hubiera llegado a la vejez, si hubiera contado con cincuenta años más? Es muy probable que estuviésemos hablando de uno de los dos o tres nombres capitales del arte del siglo veinte. Y no por una cuestión de volumen en su obra, sino por la relevancia cualitativa de ésta. 

Egon-Schiele-Double-Self-PortraitAutorretrato doble (1915) / Egon Schiele.

Nació hijo de una familia humilde, no pobre, pero trabajadora. Su padre era jefe de la estación de tren de Tulln. Él mal estudiante. Distante con su madre y admirador de su padre, porque su madre realmente no parecía estar demasiado en sus cabales ni tenerle aprecio, y porque su padre fue el principal apoyo para creer en su destino artístico. Con solo 16 años fue aceptado para estudiar en la Academia de Bellas Artes de Viena. Lo que vino después, hasta que falleció a los 28 años, es una más de las muchas historias de aventura artística, con sus escándalos y penurias, con sus zancadillas y sus traumas hechos dibujo. Lo interesante es la cualidad distintiva, la que se percibe a simple vista en sus obras, y las historias dentro del relato general que ayudan a comprender el porqué de su diferencia. 

Cuando aterriza en la Academia el mundo del arte está ya adentrado en el callejón sin salida donde ocurren las revoluciones. Picasso comenzaba ese año a pintar Las señoritas de Avignon. Pero en Viena, como en tantos lugares, las academias seguían tomadas por el clasicismo; Schiele recibe como maestro al muy tradicionalista pintor de historia Christian Griepenkerl. No tardará en escapar de su influencia, que nunca le alcanzó. En 1907 conoce a Gustav Klimt, su auténtico maestro en la distancia, y referencia. Y el joven Schiele se convierte en un trasunto, un imitador, casi un plagiador del gran nombre de la pintura austriaca. Los grandes personajes se repiten dos veces: Klimt como original sería la tragedia, a Schiele no le quedaba otra que ser la farsa. Pero no fue así. La “fase Klimt” de Egon Schiele fue de pura y honesta formación. Aunque el mejor argumento para borrar toda sombra de farsa en el manierismo a lo Klimt de Schiele sea quizás la anécdota que apunta Arthur Roessler en su biografía de Schiele, cuando rememora el primer encuentro de los dos genios, en 1910, tras el cual el aprendiz le propuso a Klimt el intercambio de varios dibujos, a lo que Klimt respondió: “¿Por qué quiere intercambiar sus dibujos conmigo? Al fin y al cabo usted dibuja mejor que yo”. El intercambio se produjo y Klimt compró otros varios dibujos de su joven discípulo. No pudo existir mayor reconocimiento para Egon Schiele.

egon schiele - muchacha desnudaMuchacha desnuda tumbada con las piernas abiertas (1914) / Egon Schiele.

El sexo y el motivo de contenido erótico son los elementos más identificables de la pintura de Schiele. El tratamiento del cuerpo desnudo, de la escena íntima —no necesariamente erótica— y del erotismo y hasta la pornografía, golpeó la conservadora sociedad austriaca. La belleza del apasionado trazo de Schiele confrontaba con la temática de lo descrito en el hipócrita fuero interno de la sociedad que el propio pintor definiría como “la ciudad muerta”, Viena. La tragedia se entremezcló con la farsa en este sentido el 13 de abril de 1912, en la localidad de Neulengbach —cerca de la capital—. Schiele fue detenido por “raptar y deshonrar” a una menor y por divulgación de pornografía. El caso de la menor fue desestimado, porque se trataba de la joven Wally Neuzil, su pareja desde hacía un año, a quien había conocido cuando ella tenía 17 años y el 21. La acusación de divulgación pornográfica se debió al hecho de haber dejado pasar niños a su estudio, teniendo colgado un dibujo en el que aparecía una chica desnuda de cintura para abajo. Las representaciones de jóvenes púber en poses de cierta carga erótica no ayudaron al acusado, que fue condenado a tres semanas de cárcel. De la experiencia surgió el famoso relato póstumo escrito por Roessler, Egon Schiele en la cárcel, que contiene las pocas hojas que el propio Schiele escribió en prisión. El dibujo que le valió de excusa para la condena del pintor fue quemado, como parte de la pena a cumplir.

tod_und_maedchen_egon_schieleLa muchacha y la muerte (1916) / Egon Schiele.

Además de los desnudos, la gran temática de Schiele fue él mismo. Se cuentan más de un centenar de autorretratos suyos, desde los 15 años hasta el final, algunos de su exclusiva presencia, otros insertos en personajes acompañados en la escena. Schiele como obra en sí mismo requiere del conocimiento del individuo. Las contradicciones de un ser frágil y a la vez seguro de sí mismo, respaldado por un temprano éxito pero condenado por su trabajo, que cree y exige en una libertad plena de creación, que defiende con su obra el derribo de los convencionalismos de la moral burguesa, pero que termina por sucumbir al orden y la calma de la vida de esa misma clase social. El narcisismo del pintor que presumen sus abundantes autorretratos, lo confirman sus escritos: “Los más avanzados me prestarán atención, los más alejados me mirarán y ¡los que me nieguen vivirán de mi hipnosis! Soy tan rico que me tengo que regalar a otros”. Un poco de farsa, para la tragedia representada en la imagen de sí mismo: casi famélica, deforme, de ojos enrojecidos como el pelo, dolorosa y estremecida, culpable. Porque la culpa fue una correa de transmisión entre las dos caras de Egon Schiele, expresada en los últimos cuadros con Wally, su primera musa y amor, abandonada. La historia con Wally Neuzil terminó a principios de 1915, cuando Egon la abandonó repentinamente para casarse con Edith Harms, una joven de familia acomodada que le aseguraba una posición “más ventajosa”. El comportamiento de Schiele fue deplorable, a Wally le propuso “un viaje de recreo todos los veranos”, como compensación. La muchacha, por supuesto, se negó a ello. La guerra estalló en esa misma época, Wally sirvió como enfermera de la Cruz Roja y murió de escarlatina en 1917. Nunca más volverían a verse. Schiele no debió sentirse orgulloso, el cuadro La muchacha y la muerte es la representación de un abrazo doloroso entre un hombre con sus rasgos, y una mujer con los de Wally. El liberal artista que había sido condenado por la moral burguesa, se dejaba querer por la comodidad de esa vida. Publicaba en Die Aktion, una importante revista cultural de izquierdas, se mostraba tímidamente crítico con la guerra y atacaba la mojigata forma de pensar de la sociedad burguesa, pero al mismo tiempo eligió la comodidad de ese buen y respetable vivir. No, no debía sentirse orgulloso.

egon-schiele-la-familia-1918La familia (1918) / Egon Schiele.

De la misma manera que sus abrazos con Wally ganan intensidad conociendo los sucesos inspiradores, sus cuadros de madurez, de paisajes y sobre la maternidad y la muerte, conmocionan en su calidad de recuerdo o vaticinio. Son como viajes que el pintor hiciera por la línea de su vida, del pasado al futuro. Sus paisajes de campos y árboles otoñales parecieran vistas desde la ventanilla de un tren, el ojo desde el mundo ferroviario tan familiar en su infancia. Tiene un poso de melancolía y de paz. Los cuadros de madres embarazadas, sin embargo, expresan angustia, la esperanza del niño futuro está hostigada por la desgracia. Mucho tiene que ver la particular relación con su madre del pintor. Schiele sufrió indeciblemente por la falta de cariño de una madre que había visto morir a una hija y nacer muerto a un bebe antes de que Egon naciera. La muerte de su padre cuando tenía 15 años supuso un auténtico trauma para él, perdió a su gran apoyo, su fuente de amor familiar. Schiele adoptó una posición de relevo de la figura paterna que su madre nunca le reconoció, y que incluso le reprochó. El último de sus cuadros importantes lo pintó en 1918, titulado La familia, aparecen él y su mujer Edith, desnudos, con un bebe descansando entre las piernas de ella. Fue un cuadro con una escena futura, que jamás se hizo realidad. Edith murió cuando estaba embarazada de seis meses, el 28 de octubre de 1918, a consecuencia de la epidemia de gripe española. Egon Schiele, también contagiado, lo hizo tres días después.

Egon-Schiele_Vier-Bäume_1917Cuatro árboles (1917) / Egon Schiele.

En Egon Schiele están poderosamente latentes la maternidad y la paternidad, el sexo, la soledad, el amor, la culpa, la identidad. Hay en su pintura temas de grave esencia humana, expresados con una convicción que se convierte en estilo propio. El estilo de un genio que murió demasiado joven, y dejó a la posteridad huérfana de su gran expresión.

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