La historia detrás de Bitter Sweet Symphony

Quién le iba a decir a los Staples Singers —una buena familia de músicos gospel— cuando grabaron el tradicional This maybe the last time en 1955 que, más de cuarenta años después, una de las trifulcas más agridulces de la música pop les iba a situar a ellos en el origen del conflicto. La canción es uno de los muchos himnos espirituales negros que se propagaron de generación en generación, sin revocar beneficio por derechos de autor ninguno. Pero el desarrollo de la industria musical a partir de los años 60 se encargó de enturbiar su estribillo, casi irreconocible medio siglo después. 

En 1965 los Rolling Stones editaron Out of Our Heads —su tercer álbum de estudio, el cuarto en los EEUU—, lanzando como primer single el titulado The last time, una adaptación del clásico que versionaron los Staples, con otra letra y otro ritmo, pero conservando el estribillo. Un año después, el productor de los Rolling, Andrew Loog Oldman, a través de su proyecto The Andrew Oldham Orchestra, grabó un álbum de versiones sinfónicas de los Rolling, titulado The Rolling Stones Songbook, que contenía el correspondiente cover de The last time. Hasta aquí todo bien, los Staples jamás vieron ni un dólar, pero para los demás, los Rolling y su productor, todo en orden y la máquina de hacer música y millones a todo trapo.

Bitter_Sweet_Symphony_The_VerveRichard Ashcroft, en un fotograma del video oficial de Bitter Swett Symphony (1997).

Peguemos un salto ahora a finales de siglo, exactamente a comienzos del otoño de 1997, a pleno corazón de la primera gran tormenta del britpop desde que los propios Rolling, los Beatles, The Who y compañía propiciaran los truenos y relámpagos en los 60 y 70. El 29 de septiembre de 1997 se lanzaba uno de los discos fundamentales del pop rock de finales de siglo —quizás de siempre—, el Urban Hymns de The Verve. Su primer sencillo, la hoy archiconocida Bitter Sweet Symphony, había saltado a las ondas a comienzos del verano; era una adaptación de la versión del The last time de la Andrew Oldham Orchestra: la misma música, pero diferentemente arreglada, con hasta cincuenta pistas nuevas de instrumentación y con una letra completamente original. Los de Wigan se pusieron en contacto con Decca Records para poder utilizar el sample de Oldham, y ahí quedó la cosa… hasta que la canción comenzó a sonar recurrentemente por todas las esquinas del país, por el mundo entero, y se convirtió en el éxito más grande de la banda. Entonces, amigo… poderoso caballero es Don Dinero. 

Con Bitter Sweet Symphony convirtiéndose en un himno generacional, el manager de los Rolling, Allen Klein, demandó a The Verve por utilizar más de lo acordado, las cinco notas en cuestión. El asunto se complicó aún más cuando entró en escena el propio Oldham, primer manager de los Rolling y propietario de los derechos de esas cinco notas del sample. El asunto no podía ser más surrealista, especialmente teniendo en cuenta que todo partía de una canción de los Rolling Stones… ¡que no era suya!, que también ellos habían adaptado de un clásico anónimo. 

The Verve, que ya venían curados de espanto tras tener que cambiar su nombre —pasando de ser Verve (a secas) a The Verve— ante una demanda del famoso sello de jazz del mismo nombre, se dieron cuenta pronto que tenían todas las de perder, al menos en la disputa jurídica. Patalearon públicamente lo que pudieron contra los representantes de los Rolling, pero al final decidieron ceder todos los derechos de la canción a Mick Jagger y Keith Richards

Lo cierto era que Richard Ashcroft y su banda habían logrado una canción incontestablemente mejor que todas las producidas antes sobre aquellas cinco notas que venían de la tradición negra estadounidense, incluidas las asociadas a los Rolling. En la actualidad, en los créditos de su canción solo figura Ashcroft como letrista, todo lo demás se lo reparten Jagger, Richards y Oldham. La vuelta de tuerca ridícula del asunto llegó en 1999, cuando la canción fue candidata al Grammy a la mejor canción de rock, y la nominación —ajustada a la autoría legal— recayó en Jagger y Richards. Finalmente la canción no se hizo con el premio, una pena, porque lo merecía, pero sobre todo porque ver otorgárselo a “sus satánicas majestades” hubiera supuesto uno de los capítulos más surrealistas de la historia del rock. Desde entonces, cada centavo que genera en derechos el himno por antonomasia de The Verve va para los Rolling. Después del episodio de los Grammy, Richard Ashcroft declaró: “Es la mejor canción que Jagger y Richards han escrito en los últimos veinte años”. 

El original de los Staples Singers se lamentaba de que “quizás sea la última vez que cantemos juntos”. La agridulce sinfonía de The Verve rezaba que “la vida es una sinfonía agridulce” para los “esclavos del dinero”. La historia entre una y otra generación de esta misma melodía le ha cambiado tantos rasgos que apenas se les reconoce a ambos temas el gen en común. Lo que dejó retratado, sin embargo, fue el miserable rostro del negocio de la música actual, eso sí que es una historia más amarga que dulce.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies