La estática España, la inexpugnable Rusia y un señor de Soria que se arrepintió de casi todo

En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Dionisio Ridruejo Jiménez apura un coñac y come cortezas de cerdo mientras termina las ultimas palabras que recitará penosamente Francisco Franco Bahamonde (Dionisio piensa las palabras para la última esquina de la hombría, para un cirujano de hierro, para la gravedad masculina; no para la voz blanda y los gestos blandos del “Generalísimo”), dictador de mesa camilla. En el Café Gijón, disfrazado de uniforme negro, va pasando su juventud de señorito de provincias, bañada por la fe en una tradición sagrada y a la vez esponjosa, maleable, que permite la sustitución del aire doméstico por el olor a guerra y corporativismo. Dionisio Ridruejo se enciende un cigarro, el humo le sube a la nariz y guiña ridículamente el ojo izquierdo. Se queda reflexivo delante del papel,  sabe que hay un exceso de pistolerismo, de juego, de revolución y poca Semana Santa, poca cruz y espada, pocos churros y pasodobles. 

Dionisio_RidruejoDionisio Ridruejo, durante un mitin de Falange / Foto: ABC.

A Dionisio Ridruejo, Director General de Propaganda, se le pasa la juventud en una tertulia de café rodeado de los otros intelectuales falangistas. Todos ellos son pedantes y finos pero se disfrazan de bravucones y llevan pistolas al cinto. Usan la pistola como una representación de su miembro, necesitan llevar el miembro al aire porque se sienten impotentes, estériles, la guerra que esperaban les ha pillado de camino y les atormenta cada noche su propia cobardía y su inutilidad gimnástica. La guerra la hacen los soldados mientras los dandies de Franco escriben poemas y se avergüenzan y disculpan en silencio frente al fantasma de José Antonio.

Dionisio Ridruejo nació en Soria veintipico años antes de conocer a Hitler y de escribirle los discursos a Franco. Nació en El Burgo de Osma, allí donde el Cid fue “El Desterrado”, hijo de un adinerado banquero fue estudiante marista y jesuita, se afilió a la Falange Española con solo 21 años y escribió dos de los versos del Cara al sol: “Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz”. Demasiado poeta, poeta las veinticuatro horas del día, combinaba su desordenada lucidez y su corta estatura a la española con una germanía indisoluble. Era la era de los ascensos del fascismo y el joven soriano vio en la marcha a Roma, en el paso negro de la barbarie, el paso alegre de la paz más por estética que por reflexión. 

La guerra pasó, el que era con reservas su bando venció y Dionisio pensó que con ello se acabaría su sentimiento de culpa por darse la vuelta ante el combate. Pero el jerarca fascista no pudo paliar aquella incomodidad interna que iba acompañada del recelo de gran parte de los excombatientes. A aquella incomodidad, a aquel deseo de recuperar la fertilidad y la hombría, se le unía la opacidad de la nueva España, cada vez más alejada de sus deseos matemáticos de belicismo y modernidad imperial y más cercana al estatismo dictatorial y castrense de cuñados y domingos. Sintió entonces el Ridruejo de la recién estrenada posguerra la necesidad de ser uno de los padres de aquella criatura llamada División Azul. 

Se definió además Ridruejo en aquella joven posguerra como poeta, como líder de los que fueran llamados los “Garcilasistas” y en concreto de la “Juventud Creadora”, aquella banda de pijos-cultos que se acostaban en el prerrenacimiento español y se levantaban en la Europa de la guerra de Ernst Jünger. Aquella mezcla característica de la petite bourgeoisie en la que sobre la imagen de la vitalidad, el ideal de belleza, el poeta soldado y la patria, se conjuga la justificación ético-ideológica de las aspiraciones imperialistas. Un poesía de tradición frente a las vanguardias, una poesía de austeridad castellana, una poesía de ideales y de radicalidad vieja que Dionisio tuvo que terminar de definir en Rusia. 

Partió Ridruejo a Rusia convencido de que significaría un bautismo de sangre de una nueva Falange, que ayudarían a construir el imperio del III Reich y forzar a su vez a romper el estatismo franquista: “España se nos ha hecho más agria y triste que nunca. Casi todas mis ilusiones —nuestras ilusiones— naufragan en una mediocridad perezosa y envanecida”. Como decíamos, no era el Soriano un hombre de guerra, sino de letras y poco gimnástico, por ello le costó formarse y entrenarse como soldado. Fue destinado finalmente el 25 de julio de 1941 a la 2º Compañía del Grupo de Antitanques, una “unidad de postín” con gran cantidad de jóvenes falangistas. Y es que, aunque estuvo en el centro del conflicto, Ridruejo no dejó de ser nunca un niño mimado que gozaba de los privilegios que le otorgaba su puesto dirigente en la jerarquía paralela dentro de la División Azul. El conflicto entre militares y falangistas era algo constante dentro de ella, la existencia de esas dos jerarquías paralelas era una muestra de las luchas interreaccionarias que sucedían también en la propia España. 

Durante su experiencia divisionaria Ridruejo comprobó con sus propios ojos las enormes diferencias y los roces que éstas generaban entre el frío carácter alemán y el pasional carácter español. Amaba Alemania y al nazismo, pero no comulgaba tanto con los nazis y los alemanes. Esa diferencia de carácter hacía que los propios altos cargos de la Wehrmacht tratasen con recelo y desconfianza a las unidades divisionarias. Los soldados españoles eran impulsivos, temerarios, sucios y mujeriegos, reproducciones modernas de Alonso de Contreras: “En general muchas anécdotas dan fe de un gusto por la acción distinguida y los riesgos superfluos. En un frente detenido y secundario, ésta es la única manera de hacerse notar, de dar fe de la propia capacidad heroica. (…) Dios perdone a los que mueren por el lujo de brillar”. Guerrera abierta, pelo en pecho y machete en la boca, el soldado español gustaba de la individualidad mítica y de pasar el tiempo en camastros ajenos. Los soldados alemanes eran incapaces de comprender ese orden de prioridades tan ajeno a su cosmovisión, el español era capaz de acostarse hasta con mujeres judías, eso sí, en la calle, evitando así el riesgo de caer en una trampa. 

Surgían roces entre alemanes y españoles tanto por el carácter como por las creencias, por las diferencias entre el paganismo nazi y el catolicismo falangista, así como por un antisemitismo que entre los españoles no era ni tan agudo ni tan visceral como en los alemanes y que hacía que, en ocasiones, viesen con cierto asombro y perplejidad el genocidio que caminaba ante sus ojos. Durante todo este periodo Ridruejo escribió sus conocidos Cuadernos de Rusia, donde además de lo ya señalado muestra su fascinación por el paisaje ruso, su profundo anticomunismo y sus apreciaciones sobre el pueblo soviético. 

Quiso el poeta vencer a Rusia, él, como tantos otros, pensaba que aquella ofensiva era cuestión de coser y cantar, que en unos meses verían a la inexpugnable Rusia, aquella con la que no pudo Napoleón, caer bajo el dominio alemán y con él la muerte definitiva del “monstruo marxista”. Pero no llego a reír la primavera y sí lo hizo el invierno. Volvió Ridruejo a Madrid el 22 de abril de 1942, movido por las presiones de los lideres de Falange, y en especial de su amigo Serrano Suñer, para tratar de reinvertir la pérdida de influencia falangista en la nueva dictadura, y por la parálisis del frente ruso. 

El regreso de Ridruejo a esa España estática que no tenía nada que ver con el país que él había soñado, aquella España que no era su España sino un humus de ella, un estomago vacío, una tos seca, polvo y castañuelas; se alejó cada vez más del régimen, aunque siempre guardo un recuerdo positivo de su experiencia divisionaria. La remodelación definitiva del aparato franquista, hecho a la medida del dictador, y las consecuentes purgas internas apartaron definitivamente a los viejos falangistas del poder. Escribiría Ridruejo una carta al “Caudillo” en julio del 42, realizando una contundente crítica del régimen. Unos meses más tarde, y a razón del ataque realizado por falangistas y ex-divisionarios contra una concentración carlista en Bilbao, Franco fusilaba a uno de ellos, detenía al resto y destituía a Serrano Suñer. Ridruejo dimitiría entonces de sus cargos en la Junta Política y el Consejo Nacional de Falange. En octubre de ese mismo año llegó la respuesta de Franco a su carta: Ridruejo fue confinado por orden gubernativa en la localidad malagueña de Ronda. “Te quiero para estar solo contigo, Sierra de Ronda. (…) Solo contigo, guardando lo que me basta y me sobra”.  

El falangismo tenía ese gusto de uso y desuso de la ciencia, de explosión estética, de anarquía de la razón para desparramarse por cualquier lado, de épica y de espíritu, de poder, de comunidad y de destino. Tan atractivo y romántico para los niños de bien, atrajo con facilidad a aquel señorito de Soria que acabó arrepintiéndose de casi todo, que acabó siendo militante de la oposición democrática, participación por la que fue encarcelado, que acabó siendo uno de esos tantos escritores en el exilio, que refundó la Unión Social Demócrata Española, que compartió detención con Felipe González y que, en definitiva, acabó en aquel lugar donde acaban todos los señoritos cuando maduran o envejecen, aquel espacio desde el que hoy nos quiere hablar Albert Rivera, aquel salón de la quietud y el buenrrollismo al que todos los partidos quieren pertenecer, el espacio fantasmal de la centralidad. 

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