FC Start: un verdadero “once” para el recuerdo

Esta es una de esas historias mil veces contadas, una leyenda. Y como toda leyenda tiene su base de realidad, su parte inventada y sus detractores, más o menos abiertos. Cuando se trata de hechos con un trasfondo político, como es el caso, es lógico asumir que la leyenda cuente con todos estos elementos. Cuando además se trata de fútbol, la polémica es inevitable. Hay que irse a Kiev, al año 1942, la antigua Unión Soviética, durante la época de ocupación nazi de la ciudad, en plena guerra.

Hay quien en el enfrentamiento con el peor enemigo trata de sobrevivir a toda costa, aunque eso suponga, precisamente, no enfrentarse a él. Otras personas, con más sangre fría, con más coraje, con más conciencia, se enfrentan al invasor, se niegan a ser humillados, incluso aunque ello les cueste la vida. Se trata de dignidad.

Ucrania, hoy dividida por los apetitos imperiales de a uno y otro lado de sus fronteras, vivió en aquel año de 1942 uno de esos episodios que forman la identidad más honorable de un pueblo, y lo hizo en un campo de fútbol, el que hoy se llama Start Stadium, en homenaje a once jugadores que lucharon y vencieron al ocupante nazi en el terreno de juego, cuando lo que se jugaban era mucho más que la honra futbolística o tres puntos, cuando lo que estaba en juego era la vida. Es la leyenda del FC Start.

FC StartFC Start.

Tras la invasión alemana de Ucrania la liga de fútbol soviética quedó paralizada, muchas de sus estrellas fueron movilizadas o puestas a otra tarea. Todo lo que importaba entonces era ganar la guerra, evitar el avance del fascismo, como era lógico. En Kiev, el equipo más importante de la ciudad era el Dinamo. Uno de sus aficionados se llamaba Josef Kordik, un panadero checo de origen alemán que quedó al margen de las persecuciones debido a su origen. Con él comenzó todo, aun a pesar suyo. Decidió contratar a un trabajador que se ocupara de tareas de limpieza en la panadería, y así lo hizo, fichando para el puesto al que había sido el mejor portero de la liga soviética, el del Dinamo: Nikolai Trusevich. Después siguió ampliando la plantilla de la panadería… con ocho ex-jugadores del Dinamo y tres del Lokomotiv, once empleados, que justa y casualmente eran portero, defensas, medios y delanteros.

Les ofreció trabajo, duro, pero trabajo, techo, con humedades, pero vivienda, al fin y al cabo, y la posibilidad de poder entrenar y jugar con la seguridad de que el ejército alemán no iba a cometer ninguna agresión mientras lo hacían. No eran las mejores condiciones para profesionales del fútbol, pero sí lo eran bajo la ocupación nazi. Los once trabajaron en las panaderías de Kordik, y el poco tiempo libre que tuvieron lo dedicaron a jugar con el nombre de FC Start.

La idea de Kordik no era otra que reunirse con los altos estamentos militares nazis, con los que había hecho una cordial amistad, y venderles la posibilidad de jugar partidos contra ex estrellas profesionales ucranianas. El FC Start jugó contra fuerzas invasoras alemanas, húngaras y rumanas, y todos los ganó de manera aplastante. Los panaderos ucranianos jugaban con hambre y cansados, frente a fuertes y preparados rivales. Y el ejército alemán comenzó a ponerse nervioso: los aficionados ucranianos se marchaban con callada alegría a casa, viendo cómo la esvástica que les humillaba y mortificaba en el día a día sucumbía en el campo de fútbol contra once de sus hombres del pueblo.

El más fuerte de los equipos alemanes de aquella liguilla era el Flakelf, formado por miembros de la Luftwaffe y de las Waffen-SS, compuesto por los mejores jugadores encontrados entre dichas divisiones. Cuando llegó el día del partido entre el Flakelf y el Start, el objetivo para los altos cargos militares nazis estaba claro: había que ganar por los medios que fuera, como pretendían hacer en la guerra. El árbitro, por supuesto, era alemán, en concreto, otro SS. Y el señor Kordik imploró a sus muchachos que ya valía, que se dejaran ganar, que ya sabían qué consecuencias podría llegar a tener una nueva victoria. El día fue el 6 de agosto de 1942, y, como cabía esperar, un equipo y unos jugadores que preferían morir a bajar la mirada y ponerse de rodillas, ganaron, y ganaron bien: 5-1, un baile. Regateaban, robaban, pasaban y tiraban a portería como si fuera el último partido que fueran a disputar; jugaron, se divirtieron y ganaron, sin pensar lo que vendría después del pitido final, no había miedo a nada, solo a perder, no a morir.

El partido acabó y, con un gesto de beneplácito y complacencia por parte del ejército nazi, como si todavía no quisieran ejecutar la solución final ante la rebeldía de esos once jugadores, les ofrecieron otra oportunidad. Se programó un partido de revancha, para tres días después, el 9 de agosto. Y fue entonces cuando la historia se convirtió en leyenda.

El partido, en términos futbolísticos fue similar al primer encuentro entre los dos equipos: los de Kiev eran, simplemente, mucho mejores; pero el árbitro seguía siendo lo contrario de la imparcialidad, y se cuenta que, al descanso, cuando el Start ganaba 3 a 1, las amenazas se volvieron explícitas, y taxativas. Hay quien niega que miembros de las SS pasaran al vestuario del Start para exigirles que se dejaran ganar bajo amenaza de muerte; pero debe reconocerse que, hablando de quien hablamos, no parece descabellado pensar que ocurriera. Además, si algo tenían los nazis, es que sabían hacerse entender sin palabras, con lo que los once del Start bien podían imaginar qué tipo de suerte estaban jugando sin necesidad de que nadie se lo explicara. En la segunda parte salieron a disputar. Y ganaron, claro que ganaron: 5-3. Pero no quedó ahí la victoria de la dignidad, sino que se vistió de gallardía: en los minutos finales, el delantero del Start, Aleksei Klimenko chorreó a la defensa y al portero nazis y se quedó solo ante puerta vacía, pero no empujó el balón al fondo de la red, sino que se dio la vuelta y lo pateó con fuerza hacia el centro del campo, como diciendo: “no queremos abusar”. El campo rompió en vítores y el árbitro pitó el final.

Aquellos héroes, que nunca perdieron la dignidad, fueron llevados al campo de concentración de Syretz, pocos días después del encuentro contra el Flakelf. Eduardo Galeano, en su versión de la leyenda, contaba que los once futbolistas fueron fusilados al término del partido. No fue así, al parecer, pero eso no importa, no le resta ni un ápice de valor y de verdad a la historia. Aquel once titular verdaderamente para recordar fue: Nikolai Trusevich, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko, Makar Goncharenko, Mikhail Sviridovskiy, Nikolai Korotkykh, Aleksey Klimenko, Fedor Tyutchev, Vladimir Balakin, Vasiliy Sukharev y Mikhail Melnik. Tres de ellos murieron fusilados: Kuzmenko, Klimenko y el portero, Nikolai Trusevich. Otro, Nikolai Korotkykh murió torturado. Todos los demás hechos prisioneros.

Se cuenta también que en el antiguo Zenit Stadium todos ellos se negaron a hacer el saludo nazi al comienzo del encuentro. Cuando los jugadores alemanes gritaron “Heil Hitler”, ellos correspondieron con el lema de la liga soviética: “Fizcult Hura” (“Viva el deporte”). El estadio se llama desde entonces Start Stadium; a su entrada hay un monumento a los once jugadores, y una frase, con la que acaba este artículo: “A los jugadores que murieron, con la frente en alto, ante el invasor nazi”. 

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