El Trinche Carlovich, recuerdo de un futbolista invisible

¿Qué tenía ese campito, ese espacio de tierra o de asfalto quebrado, para que al poco de ingresar en él todo el cuerpo fuera experimentando una sensación de fuerza y deseo creciente, algo casi como la libertad? Las horas no caían al reloj, envejecían en el color del cielo. Los chicos iban y venían, asumiendo con fervor una identidad colectiva recién conocida, acatando una disciplina inconsciente, que solo les exigía imaginar que eran capaces de dar lo mejor de sí, que eran capaces de hacer cosas que no eran capaces de hacer: un caño limpio y quieto en el centro del campo, pinchar la pelota que cae como un meteorito de las alturas, dejarla muerta a los pies y mirar al frente, un pase de tacón, un sombrero de espuela blandito sobre dos defensas, una volea incontestable, una rosca de galáctico dibujo en el aire antes de romper su órbita por la escuadra de la red o de la portería invisible. Todo lo imposible, todo lo imaginado, terminaba pasando en los campos del barrio, en las plazoletas con rectángulos de tiza en las paredes de ladrillo, en el descampado de germinales y rocosos arcos de larguero imaginario. Eso era el fútbol y no otra cosa, el placer de soñar e intentar materializar los sueños. 

trinche_carlovich_central_córdobaEl Trinche Carlovich, en el vestuario de Central Córdoba / Foto: El Gráfico.

En todos los países del mundo donde el fútbol reina —que son la mayoría—, el genio nace en los campos sin líneas de cal, nace en la calle. Una proporción ínfima de ese genio llega a las ligas profesionales, una parte aún más remota toca la gloria del reconocimiento universal. Todos los grandes futbolistas salieron del pueblo, y muchos otros grandes, la inmensa mayoría, se quedaron en él, con su genio jamás descubierto para los grandes estadios y las televisiones. Quedan en el recuerdo de una infancia, si acaso de una juventud o una madurez precariamente profesional. Trotan por campos de tierra esperando un golpe de suerte que haga caer sobre sus botas la mirada del ojeador. En la mayor y mejor parte de los casos, la única mirada que la eterna promesa futbolista considera que tuvo la suerte de recibir fue la de una linda muchacha con la que compartió la vida y otros afectos. Y el mayor regalo de la diosa fortuna fue para quienes lo vieron jugar, para aquellos que se sentaron en la grada mínima o en el bordillo de la acera, y disfrutaron de un tipo que hacía cosas imposibles con la pelota, un chiquito del barrio que lo tenía todo para salir a la galaxia, pero que no lo hizo, porque a veces, simplemente, no se da, y cuya magia es un tesoro en el recuerdo idealizado de una generación.

Tal vez la leyenda más famosa de este tipo de genio invisible se encuentra en Argentina —en qué otro país futbolero si no—, en la ciudad de Rosario —de manera más inevitable aún—. El lugar donde nacieron el Che Guevara y Lionel Messi. Jorge Valdano dijo que ser de “Rosario es una manera exagerada de ser argentino”. César Luis Menotti y Marcelo Bielsa, dos de los pocos filósofos del fútbol mundial son de Rosario. Pues bien, en aquel nido de talento potrero nació y jugó, cuentan los que ya van para viejos del lugar, el mejor futbolista de todos los tiempos: Tomás Felipe Carlovich, apodado el Trinche.

El Trinche es un emblema de Rosario, como el Che, una leyenda conocida por todos sus habitantes. Para el resto del mundo, sin embargo, fue un desconocido durante décadas. En España lo sacó de esa sombra un bello reportaje de Informe Robinson, televisado a finales de 2011. El inicio del breve documental es apabullante, generando una expectación máxima; algunas de las más reputadas voces del fútbol argentino —y mundial— definen al Trinche: “Parecía que la pelota lo llevaba a Carlovich, una pelota inteligente que disfruta de hacer las cosas artísticas y arrastra atrás a un futbolista”, dice Menotti; “de esos jugadores líricos, de esos jugadores que hoy no los encuentras”, recuerda Juan Carlos Montes, ex-entrenador de Newell’s; “se convirtió en un símbolo de un fútbol romántico que ya prácticamente no existe”, reflexiona Valdano; “hacía movimientos que iban en contra de la ley de la gravedad”, recuerda Carlos Aimar; “tenía una elegancia, una habilidad, un desplante…”, suspira José Pekerman. En los bares y las plazas de Rosario, la opinión se vuelve sentencia: “no había otro igual”, “mejor que Maradona”. Cuando el Pelusa recayó el Newell’s al final de su carrera, al escuchar que el mejor jugador del mundo llegaba a la ciudad, dijo: “El mejor ya jugó en Rosario, un tal Carlovich”.

trinche_carlovich_cordobaNació en 1949, el último de los siete hijos de un fontanero yugoslavo que había emigrado a la Argentina. Creció en la pobreza del barrio Belgrano, matando las horas en los descampados. En la ciudad hay dos grandes equipos que dividen a sus habitantes: Rosario Central y Newell’s. El Trinche debutó en primera con Central, en 1969, después de pasar por sus categorías inferiores. Fue una carrera corta en la máxima categoría, solo dos jornadas; un desencuentro con el entrenador y con el club le hizo abandonarlo de manera repentina. Por suerte, en Rosario, al margen del antagonismo de los dos grandes, existe un tercero en discordia: el Central Córdoba. Allí encontró su casa el Trinche, allí se convirtió en leyenda. Jugando en la B y la C, subiendo y bajando de la segunda a la tercera categoría del fútbol argentino. Pero… ¿cómo es posible que un jugador del talento de Carlovich no triunfara, se puede decir que ni siquiera pisara, en los campos de la primera división? Una sola respuesta encuentra unánime consenso: el Trinche no triunfo porque no quiso. Y, a fin de cuentas: ¿qué es triunfar?

Al Trinche le definen como un centrocampista de técnica exquisita, de regate barroco, gambeteador, al que resultaba imposible robarle la bola. Hablan de verle un regate imposible, una suerte de caño doble o de ida y vuelta. Esbelto y de planta marcial, pero con un aire despreocupado, con el pelo largo y la mirada triste. Una mezcla de Fernando Redondo, más elegante incluso —dice Pekerman—, y de Juan Román Riquelme. Una zurda mágica en un cuerpo lento que pensaba más rápido que nadie en un campo de fútbol. Se dice que le tocó una época equivocada, de defensa a ultranza de un fútbol muy físico, y a él no le gustaba demasiado entrenar, de un fútbol que exigía a sus profesionales una rígida disciplina, y a él le costaba respetar un horario. Se cuentan multitud de historias para explicar el carácter del Trinche, pero ya nadie sabe a ciencia cierta cuáles son reales y cuáles fantasía, aunque parece que lo fabulado le gana la mano a lo verídico, sobre todo en lo que se refiere a su persona. Todo indica que el Trinche nocturno y juerguista jamás existió, que es una creación más de la leyenda, en su exigencia de prototipos acostumbrados. Lo que hubo fue un pibe solitario para quien el éxito era quedarse en su ciudad y jugar al fútbol sin más compromiso que el de divertirse y divertir. 

En Central Córdoba pasó nueve temporadas, distribuidas en cuatro etapas, entre 1972 y 1986. Entre medias jugó dos años con Independiente Rivadavia de Mendoza, donde demostró un gran nivel, y pasó cortas temporadas en otros clubes, como Colón de Santa Fe o Deportivo Maipú de Mendoza. Hacia finales de los 70 existieron contactos de algún club de Francia, y del Cosmos de Pelé, donde nunca recaló, por lo visto, porque el 10 brasileño no quiso un astro que le eclipsara. De cualquier forma, Carlovich tuvo su oportunidad de reclamarse ante el gran público… ocurrió en 1974, el 17 de abril. La selección argentina preparaba el Mundial de ese verano, uno de los partidos amistosos que se organizaron a tal efecto fue contra un equipo de jugadores de Rosario, elegidos por los técnicos de Newell’s y Central. En el once inicial figuraban cinco jugadores de cada uno de los dos grandes clubes de la ciudad, más un jugador de segunda, un volante alto y desconocido, el Trinche. La selección rosarina bailó a la nacional. Ganaron 3 a 1. Las treinta mil personas que asistieron al encuentro ya no dejaron de hablar nunca del Trinche. Los periódicos de la mañana siguiente describieron el asombro de tal manera: “Carlovich mostró todo lo que sabe y exhibió un don que valoraron todos”. Fue, según cuentan, una demostración de talento sin igual.

El Trinche Carlovich se retiró en 1986. Hoy sigue viviendo en su Rosario natal, frecuentando los lugares donde fue feliz y desmintiendo la mayor parte de los episodios y aventuras que se le adjudican al mito. Arrastra con melancolía una cadera operada y hace gala en el habla del regate que le narran sus seguidores, esquivo pero certero, elegante, rápido en el discernir para permitirse ejecutar con lentitud, degustando la acción. Su leyenda es símbolo —como expresaba Valdano— de un romanticismo en extinción, acaso completamente desaparecido; pero lo es también de la relatividad del éxito. No se conserva ninguna filmación del Trinche en acción, y solo unas pocas fotografías. Y sin embargo, su recuerdo ha trascendido. Es una de las máximas victorias de lo más originario y hermoso de este deporte: la capacidad de imaginar. Porque eso es el fútbol y no otra cosa, no son millones ni mercados, no son títulos, sino momentos, recuerdos, sueños, horas que no caen al reloj. 

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