El relato sin edades de Chet Baker

Chet Baker, París, 1976. Foto: Guy Le Querrec/Magnum Photos.

Pienso a menudo en Chet Baker, en los avatares de su vida, especialmente en su final. Cómo no hacerlo, con ese misterio irresoluble que siempre acompañará el recuerdo de su última noche. Pienso a menudo en él porque escucho habitualmente sus discos. Y no me es agradable, disfruto con su música como con pocas cosas en el mundo, pero me incomoda cuando sobre ella se abalanza la historia del hombre que la hizo. Una malsana sensación me eriza la conciencia, es como si, por una suerte de contagio espiritual, experimentara el dolor y el vértigo del vacío de ser, como si el yonqui Baker me hubiera provocado su peor síntoma.

Hace no mucho releí El perseguidor, el relato de Cortázar inspirado en Charlie Parker: la creación más perfecta sobre lo que fueron las sombras del mundo del jazz y sus genios trágicos; “so pretexto de cuidar a Johnny lo que hacemos es salvar nuestra idea de él”, escribe el gran cronopio en un pasaje del relato. Johnny, el trasunto de Charlie Parker, bien pudiera serlo también de Chet Baker. La diferencia entre Parker y Baker, no como músicos, sino como paradigmas del talento y la autodestrucción, es que Bird murió joven, y Chet llegó a viejo, aunque fuera por poco y de manera prematura. Tenía 58 años cuando cayó desde las alturas de un hotel en Amsterdam. Lo que se fue no era una vida truncada en la mitad de sus edades, sino una vida que había alcanzado el final del camino en un cuerpo que había sido joven y viejo desde siempre. 



En el relato de Cortázar, Johnny pierde su saxofón en el metro. El hecho supone el símbolo y chispazo de arranque de la tragedia de un héroe que no lo es, o que lo es —derrotado— nada más que en la lucha consigo mismo. Algunas de las situaciones reales que vivió Chet Baker superan la zancadilla ideada por el escritor argentino. Heroinómano desde los años 50, cuando adquirió fama como solista y como parte de uno de los cuartetos más maravillosos del jazz —el de Gerry Mulligan—, Chet Baker pasaría por la cárcel cuando aún era un joven con cara de niño, protagonista de films a la medida de su rostro imberbe y su trompeta lírica, el James Dean de la música popular. En los 60 emigró a Europa, donde pasó la mayor parte del tiempo, haciendo lo mismo que en América: tocando, cantando, grabando, drogándose. En Italia volvió a ser encarcelado, casi dos años. Su fino hilo de voz y su trompeta se fueron volviendo más frágiles, más tímidos. Hasta 1968, de vuelta en los Estados Unidos, cuando le ocurrió lo peor que le puede pasar a un músico de viento, que no es perder su instrumento, sino su dentadura. Chet Baker recibió una paliza brutal que le destrozó todos los dientes. En el documental Let’s Get Lost, de Bruce Weber, filmado en 1987, un año antes de su muerte, Chet rememora el suceso poco más que como un accidente, y se coloca a sí mismo como víctima de un atraco por cinco chicos desconocidos. Según otras fuentes, bastante más fiables, no hubo ningún atraco casual, sino un ajuste de cuentas de parte de alguien a quien el trompetista debía dinero de drogas. El ensañamiento brutal en la parte de su cuerpo con la que se ganaba la vida denota la naturaleza del asalto. Le tuvieron que operar, extraerle todas las piezas y colocarle una dentadura postiza. Tenía 39 años.

Durante los siguientes años, Chet Baker desapareció de la escena. Los pasó trabajando en una gasolinera, aprendiendo a tocar y a cantar con su nueva boca. Era difícil, diferente. Precisamente del retrato de Let’s Get Lost se vale la imaginación para recrear a Chet Baker en aquellos años, cuando aún no surcaban su cara las pronunciadas arrugas de su prematura vejez. ¿Qué debió sentir aquel hombre inseguro y frágil ante la pérdida de su único talento, de aquello que le hacía excepcional? Por un instante siento la soledad del hombre sobre el que caen las horas muertas mientras tararea mentalmente The thrill is gone, “la emoción se ha ido, ¿por qué pretender que siga así?”. Y eso fue lo que debió pensar uno de sus mejores amigos, Dizzie Gillespie, que le recuperó para el arte y le consiguió dos actuaciones en Nueva York que hoy son históricas, una en 1973, y otra con su viejo compañero Gerry Mulligan, en el Carnegie Hall, al año siguiente. 

chet baker - bruce weber
Chet Baker. Foto: Bruce Weber.

Chet nunca salió de las drogas. Gracias a la metadona consiguió a medias controlar su peligroso y necesitado animal. Vivió en un estado de gira continua, grabando sin parar, por todo el mundo, sobre todo por su adorada Europa. El último de sus conciertos lo dio en España, en el Colegio Mayor San Juan Evagelista, en Madrid, el 11 de marzo de 1988. Un par de meses después tuvo lugar en Amsterdam el capítulo definitivo de una vida que había pasado por los dolores de todas las edades sin aprender de ninguno de ellos. Chet Baker caía desde el segundo piso del Hotel Prins Hendrik, a eso de las tres de la madrugada del 13 de mayo. Sobre los hechos que produjeron su caída se cuentan diversas versiones: tres, para ser más exactos. Pudo ser un suicidio. O pudo volver a ser un ajuste de cuentas. O bien un accidente. En la habitación se encontraron restos de heroína y cocaína. La opción del suicidio no extrañaría a nadie. Como tampoco, aunque se considere menos probable, la del ajuste de cuentas. Sin embargo, es la posibilidad de un accidente la que suele ganar más enteros, pero no un accidente fácil de imaginar, el típico tropiezo de una persona drogada, sino una desgracia patética, triste, algo que bien se le podría haber ocurrido a un tipo como Cortázar para contar la historia de un héroe sin causa. Se dice que Chet Baker fue expulsado del hotel aquella noche, por estar montando un escándalo, y que una vez de patitas en la calle se dio cuenta que se había dejado en la habitación su trompeta. Para evitar pasar por el hall, trepó por la fachada. Desde el segundo piso se precipitó. 

Ya no importa demasiado qué fue lo que pasó; solo lo sabrán, quizás, sus allegados. Sea como fuere, el final de Chet Baker no hace más que enraizar el vacío de este hombre en mi imaginación, colándose amargamente cuando pongo la aguja sobre uno de sus discos, como si la pusiera sobre mis venas. Duele escuchar a Chet Baker, como hería ver su estampa constreñida, la de una estatua de efebo envejecido, la víctima de un ser sin edad.

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