El hombre invisible

Tengo 45 años y anoche, a las once menos cuarto, descubrí por fin qué es la felicidad. Cualquier otra persona en mi lugar la hubiera saludado con resentimiento, pero yo no soy rencoroso. De acuerdo, la he tenido que aguardar casi medio siglo, ¿y qué?, peor es morirse sin olerla siquiera, y, al ritmo que transcurrían los acontecimientos, la cosa ya apuntaba en esa dirección. Quizá piensen ustedes que soy el típico tocapelotas incapaz de disfrutar los momentos agradables de su vida, o ese inocente iluminado que entiende la felicidad como una explosión nuclear de pasiones desatadas, besos prohibidos, caviar a granel, atardeceres ociosos, cintas de colores, nubecillas de algodón y una esposa siempre delgada y permisiva con las amantes. Qué va. Mi  felicidad se hubiera visto colmada oyendo una palabra de disculpa cuando alguien tropezaba conmigo, recibiendo una sonrisa de mi hijo a la vuelta del trabajo, incluso me hubiera bastado con percibir un sencillo gesto de dolor en mi mujer el día que me echó de casa. Mi felicidad pasaba por sentirme partícipe del destino de los míos, sólo que no hubo manera. Hasta anoche a las once menos cuarto he vivido en la creencia de ser un hombre transparente, incapaz, no ya de intervenir en los destinos ajenos, sino de hacerme visible. Y no imaginan lo agradable que es confirmar lo contrario, aunque a ustedes, que seguramente  habrán sido felices al menos de forma intermitente, no les parezca nada extraordinario. Sin embargo, tras diez horas de dicha, me aterra la idea de regresar a mi antigua condición de hombre invisible. No sé si lo soportaría, porque sólo de recordar el calvario de mi pasado siento una angustia espantosa. Juzguen si son exagerados  mis temores.

Morocco, Essaouira.©Nikos Economopoulos-MagnumFotografía de Nikos Economopoulos, Magnum Photos.

El asunto ya vino torcido desde el día de mi nacimiento. Soy el quinto y último varón de mi familia. Mis padres no habían sentido la premura de la niña en los cuatro primeros embarazos, así que sigo sin entender por qué narices tuvieron que concebirme con la seguridad de que yo quebraría la racha. A sus cuarenta y dos años mamá soportó con expectación y entereza  la llegada de su hembra, de su Mercedes, como a la sazón me hubieran llamado. Pero asomó al mundo una cabeza chica, mi cabeza, que la parturienta apenas advirtió porque en ese suspiro tan crítico se encontraba en el patio escardando cebollas. Entró en la casa tranquilamente y antes de alcanzar la alcoba se le escurrió de entre los muslos una especie de lombriz (servidor) que a punto estuvo de arrastrar por el suelo colgado del cordón, al descubrirle un apéndice masculino, diminuto como hoy, es cierto, pero que no invalidaba mi condición de varón. El resto de su vida la pobre mujer no dejó de suspirar cada vez que tropezaba conmigo, como si al mirarme, en lugar de a un hijo, viera al asesino de su malograda Mercedes. Mi padre, de natural desentendido, ni siquiera se molestó en aprender mi nombre y las pocas veces que lograba mencionar de corrido el de los otros, citaba a los cuatro y a la difunta Mercedes, cuya ración de comida me servían al menos, bien que esforzándose en cada momento por que, además de un infanticida, me sintiera un saqueador de alimentos ajenos. A mis pocos años y con mis cortas luces ya percibía que la gente de mi condición viene al mundo a sufrir un poquito más que el resto.

En el colegio sólo dos niños se dirigían a mí esporádicamente, el Gordo y el Orejas, y aunque sólo me decían mariquita, ese principio de comunicación sin derecho a réplica atemperaba mis ansias de relación social. Ellos también eran unos marginados, pero, al menos, entre los dos se lamían las heridas, y hasta de vez en cuando los otros tenían el detalle de apedrearlos o correrlos a sopapos alrededor de la fuente. Lo que hubiera agradecido yo entonces un tratamiento similar, pero nada de nada. Mi gozo en un pozo. Terminó el colegio y seguí más apartado que una oveja modorra. Luego, cuando la adolescencia nos hervía la sangre, yo merodeaba en la puerta del baile esperando infructuosamente una invitación, anda, pasa, alelao, o un rechazo frontal vete de aquí, mariquita. De modo que después de dos años de tentativas fallidas, convencido ya de ser invisible, probé a colarme. Por supuesto que no me echaron, acaso porque no me vieron. Y allí quemé otros dos años más sentado en un banco corrido, a prudencial distancia del Orejas y del Gordo que tampoco bailaban, untando los tres a las chicas con nuestras urgencias nunca satisfechas, las bocas festoneadas de baba, observando cómo besuqueaban a todos (los demás). Como sabía que poco iba a perder, una tarde, en mitad de un pasodoble, me aventuré a probar suerte y me arrimé a la desahuciada, la bicho (con el tiempo mi esposa), que tampoco bailaba nunca, tan gorda y orejuda que semejaba una caricatura superpuesta de mis dos compañeros. La tía pellejo se levantó perdonándome la vida, si bien era la primera vez que alguien se dirigía a ella y bailó como si lo hiciera sola delante de un espejo. Aprovechando mi incorporeidad, rocé mi vientre contra el suyo y no huyó. Quise atribuirlo a su ligereza moral, pero sabido era que la gorda orejuda gastaba fama de ser casta como una misa de ocho, así que lo achaqué al escaso brío de mi miembro, del todo neutralizado al tener que sobreponerse al grosor de mi pantalón y de su falda acorazada. Al final comprendí la triste realidad, que mi cuerpo era fantasmal, capaz de atravesar pelvis y pechos femeninos sin que sus dueñas se sintieran mancilladas.

No piensen ustedes que saberse etéreo ofrece demasiadas ventajas más allá de la posibilidad de magrear furtivamente (acaso atravesar la pared de un banco, pero nunca me ha interesado el dinero). Yo, que anhelaba ser como cualquier hijo de vecino, en fin, contar un chiste y oír risas, recibir una palmada en la espalda y salir de chatos con una cuadrilla de amigos que no se avergonzara de llorar el día de mi entierro, me sentía el ser más desdichado del universo. Todo había acabado. A mis veinte años apenas me quedaba asumirlo y resignarme. Pero como no hay mal que cien años dure, un golpe de suerte cambió mi oscuro destino por completo. Luisa, la Bicho, se enamoró de mí, bueno, seamos sinceros, más bien accedió a casarse conmigo después de observar cómo los demás muchachos del pueblo (incluido el Orejas y el Gordo)  habían encontrado pareja y a ella no le quedaba más alternativa que engordar cabrillas bajo las faldas de un brasero o servidor. Por mi parte, se me presentaba una espléndida ocasión: una mujer fea, despreciada por todos y a punto de desesperarse. Era mi deber postularme y así lo hice (treinta y nueve veces), antes de celebrar una boda sin arroz, sin quesebesenlosnovios, sin invitados. Quizá sin amor.

No esperaba, desde luego, el milagroso nacimiento de la pasión después del casamiento, me bastaba una vida de sencilla, compartiendo un hogar donde alguien me viera al cruzarse conmigo. Pues nada, tampoco pudo ser. La Bicha me guardó siempre un sordo rencor porque mi presencia reflejaba su fracaso como mujer. Jamás me dio un beso cariñoso, saboteaba mis obligaciones maritales, chiss, ¿dónde vas?, esa mano quieta, que te la corto. Y durante su jornada de celo anual me echaba en cara lo difícil que era excitarse conmigo, sin apreciar nunca el trago que me suponía a mí hacer lo propio, ni valorar mi estoico cuajo, manteniéndome enhiesto y firme pese al espectáculo de sus orejas peludas en movimiento. Al quedarse embarazada terminaron los apareamientos. Lo superé, soy contentadizo, incluso, poco a poco me iba encariñando con el Bicho, al fin y al cabo se trataba de mi esposa y terminé acatando su indiferencia con esa naturalidad que había ido perfeccionando desde la infancia. Asumí que dejara de servirme la comida, que pusiera cerrojo en su habitación o que cada dos por tres me mostrara el índice y el meñique de su mano derecha en un gesto que nunca quise entender como premonitorio. Bah, chiquilladas de mujer. Tampoco hirió mi orgullo que su padre me empleara en su oficina de transportes y me asignara una respetable paga mensual por sellar unas facturas y papeles que otro empleado (yo también en alguna ocasión) tiraba al contenedor del reciclaje el uno y quince de cada mes.

Finalmente deposité en mi hijo las pocas esperanzas de cariño que creía merecer. Pero en los 16 años que viví con él aprendió a ignorarme con la misma maestría que los demás, y eso que me esmeré en su educación. Me pasé toda su niñez haciéndole cosquillas (no tenía), preguntándole que qué tal estaba, llevándolo de excursión a todos los parques temáticos del país, enseñándole el nombre de las plantas, buscando los balones que tiraba calle abajo y dejándome las rodillas  en el suelo cuando quería cruzar el parque a lomos de su caballo. Nada. Jamás le arranqué una sonrisa de gratitud ni logré que sus labios balbucieran la palabra papá. Mientras, tenía que soportar cómo el resto de los niños se agarraban con candor a unos padres que se despreocupaban de ellos durante toda la semana y sólo aparecían los domingos para gritarles y darles el soplamocos de rigor si se tocaban la nariz. Seguramente también el mío, aunque nunca perdió el tiempo en comunicármelo, por supuesto, se avergonzaba de mi carácter pusilánime, echaba de menos un padre más viril, el corazón de pana gorda y la mano siempre en la correa, como correspondía a un progenitor de verdad.

Ya había dicho demasiadas veces que la cosa no podía empeorar y al poco empeoraba, por tanto seguí esperando a que mi vida diera otra vuelta de tuerca. No hube de aguardar mucho. Luisa, la antigua Bicha, había sufrido una mágica transformación en los últimos meses. Adelgazó, se recortó y se depiló los pabellones auditivos, empezó a pintarse con gracejo de hetaira y sus ojos neutros terminaron adquiriendo un inquietante brillo de concupiscencia. Siempre fui invisible, lo admito, pero no tan estúpido como para ignorar que tamaña eclosión física no estaba destinada a reconquistar a su marido. Cierto día descubrí en la mesita una carta abierta que dejó adrede para que yo la leyera. Según se desprendía de la misma, un tipo llevaba dos meses en tratos carnales con ella y por las múltiples referencias que no tuvo el gusto de omitir, el afortunado parecía capaz de inventariar los lunares de su cuerpo con mayor precisión que yo tras 17 años de intimidad marital. Pensé olvidar el incidente, pero ella estaba tan decidida a hacérmelo saber que me lo hubiera confesado de cualquier modo. Tuve, por tanto, que preguntarle. Lo hice con tacto, dispuesto a creerme cualquier excusa, lo que fuera, que se acostaba con él porque era un tipo de la NASA que estaba trabajando en un experimento secreto sobre el nivel de la bilirrubina en procesos de fornicio. Pero, claro, ni siquiera me dejó ese resquicio. Tiempo le faltó para confesarme sin pestañear, el cerco de sus ojos de repente hermoso y seductor, que el tipo de la carta era  el único hombre de verdad (con énfasis lo dijo la muy puta) que había conocido y al que no estaba dispuesta a renunciar por nada en el mundo y mucho menos por un pasmao como yo. El pasmao trató de disuadir al amante, más por cumplimentar el formulario de súplicas que los engañados cobardes tramitan antes de entregarse a su suerte, si bien tras la entrevista hube de reconocer secretamente que no le faltaba razón a Luisa al preferirlo. El camionero (no podía desempeñar otro oficio) se limitó a fumar, a encoger sus  hombros hercúleos, mirando al horizonte como si se encontrara retenido en un atasco, mientras oía mi pliego de descargos y a sentenciar, por último, que Luisa practicaba unas felaciones tan mañosas (me dejó de piedra descubrir por boca de otro las habilidades bucales de mi esposa) que no iba a prescindir de ella aunque se lo pidiera el Papa.

Me tomaron entonces la decisión más drástica de mi invisible vida. Cogí la maleta y dije que me marchaba. Ningún reparo. El niño ni lloró ni preguntó. Luisa, por su parte, contaba, impaciente, los minutos que me quedaban en casa hasta tal punto que me ayudó a guardar  la ropa mientras planeaba en voz alta  la nueva distribución de las habitaciones y de paso me iba describiendo las bondades terapéuticas de la cama de aguas que compraría para que su repartidor de jamones se recuperara de la lumbalgia que le había producido el hambre atrasada de mi mujer. Hubo lágrimas transparentes en la puerta, las mías, y de excitación, las suyas. Y luego me marché para siempre con la generosa indemnización de su padre que me sirvió para comprar una casa en este pueblo deshabitado de Soria, donde me arrastro desde hace tres años. La verdad sea dicha, no me quejo, porque ser invisible en un lugar donde no hay nadie más que uno resulta llevadero. Aquí la vida es barata y me he sabido administrar bien. Cultivo hortalizas, cuido gallinas y confecciono maceteros de macramé. Todos los viernes bajo andando al pueblo más próximo, a diez kilómetros, cargo las provisiones semanales en un motocarro y vendo los maceteros a la dueña del supermercado. Los primeros meses en el campo fueron de extraordinario sosiego. Es un hermoso pueblo de piedra y tejados de pizarra, sin luz ni agua corriente, perdido en un valle entre montañas, un entorno ideal para rapaces, lagartijas, tomillo y tipos como yo. Si enfría enciendo la chimenea, hago manualidades, leo o dormito al calor del fuego. Cuando llega el buen tiempo cultivo la huerta y doy largos paseos por las calles empedradas y por el río. Bueno, todos los domingos me masturbo pensando en la señora del supermercado. Sin embargo, he de reconocer que casi desde el principio eché de menos la compañía de alguien además de las gallinas, por eso no lo dudé cuando la señora del supermercado, apiadándose de mi destierro, me ofreció la compañía de un animal doméstico más avenido con el género humano. Disponía de un cachorro de perro o de gato y me decanté por el primero por eso de que son animales fieles a sus amos por muy invisibles que éstos sean. Lo bauticé con el nombre de Moro porque era negro y la verdad es que mi calidad de vida mejoró mucho desde entonces. Lo cuidé y, a su modo, me quería. Al final terminé queriéndolo yo también, ignorando los peligros que suponía una nueva dependencia sentimental. Moro se mostraba distante, pero siempre solícito. Nunca fue juguetón, circunstancia que achaqué a la capacidad de mímesis de una animal que no había tenido ocasión de conocer a otro amo con más desparpajo que servidor. Ladraba una vez al amanecer, justo media hora después que el gallo, me exigía su ración de comida y luego se echaba a dormitar en el quicio de la puerta. Si salía a pasear solía acompañarme a prudencial distancia (jamás se molestó en recoger las ramas que le tiraba), si encendía la chimenea se colocaba delante del fuego sin tener en cuenta que absorbía todo el calor, pero eso sí, en los momentos más efusivos, cierto que pocos, se permitía rozarme la pierna con el lomo. Esas muestras de cariño me colmaban. Aprendí a respetar su talante sobrio y comedido, y la formalidad de su comportamiento casi diplomático. Empezábamos a formar un equipo compenetrado y feliz  cuando una vez más el destino me recordó que ese privilegio aún no estaba a mi alcance. Llegó mi hijo a visitarme.

Dos años después de haberme marchado se presentó en el pueblo con una novia escasa de metafísica. Acababa de sacarse el carnet y deseaba comprobar su pericia por carreteras estrechas de montaña. Me negó la menor posibilidad de emocionarme. Estás como siempre, capullo, fueron sus únicas palabras de hijo; su novia, más lacónica aún, se limitó a decirme hola mientras explotaba bombitas de chicle. El resto de la mañana él la pasó comprobando el estado del motor y ella caminando de puntillas por los alrededores de la casa, esquivando boñigas y poniendo cara de asco porque el lodazal le ensuciaba los bajos del vestido. Después me dieron la cámara para que los fotografiara y a eso de las doce empezaron a mirar el reloj con semblante de impaciencia. Durante el tiempo de la visita me sorprendió, más que nada, la actitud jovial de Moro. Lo creía autista, pero desde el mismo momento en que divisó el coche, no sé, le noté un aire nuevo, un brillo concupiscente en el cerco de los ojos, justo el mismo  que encendiera la mirada de Luisa cuando saciaba su hambre con el jamonero. El perro no dejaba de prodigarse delante de la muchacha con zalamerías que a su servidor nunca había mostrado, quería suponer que por pudor y respeto. Pasó las tres horas frotándose entre las piernas de los recién llegados y tumbándose panza arriba para que le rascaran. Pronto se cansaron de él, vamos chucho bonito, vale ya, no sean cansino, pero el chucho reaccionaba ladrando y saltando a su alrededor como un adolescente patético. No se quedaron a comer, ya vendrían en otra ocasión con más tiempo. Subieron al coche, mientras Moro y yo nos quedamos en la puerta viéndolos esfumarse. Fue entonces cuando ocurrió lo más sorprendente. Al ir perdiéndose calle abajo el coche, el perro salió disparado tras él, gritando como una plañidera. Se detuvieron y volvieron a traerlo. Me pidieron que lo atara y se marcharon de nuevo, pero no lo hice, simplemente le supliqué que tuviera un poco de dignidad. Por supuesto (la raza canina no entiende de honor) salió disparado tras ellos. Pararon al final de la calle, mi hijo me gritó entre risas que si se lo podían llevar. Accedí. Abrieron el maletero y el perro se coló sin pensárselo.

A lo largo del día me persuadí de que la deserción no iba a afectarme, era sólo un perro desagradecido (un auténtico hijoputa, fueron las palabras exactas que pensé). Pero a la mañana siguiente cuando nadie pasó a mi alcoba para despertarme y  tuve que salir sólo a pasear, su vacío se me hizo insoportable. Por un segundo estuve tentado de claudicar, tumbarme en la cama y dejarme devorar por las hormigas y las alimañas. No sé cómo, al final me sobrepuse y prometí pasar el resto de mi vida sin encariñarme de nadie más. Y así aguanté hasta hace unos tres meses en que volví a faltar a mi promesa. En esa ocasión no hubo voluntad por mi parte. Más bien se trató de un accidente que, eso sí, unido a mi debilidad, me impulsó a repetir ese acto de loca entrega. Me encontré un polluelo de urraca delante de casa, aún con los ojos cerrados. Pasé de largo, convencido de que a la vuelta lo habría recogido su madre o estaría ya tieso. Pero volví y la urraca seguía allí dando bocanadas, a punto de expirar. Me faltaron agallas para aplastarla con el tacón. Lo metí en casa, mojé su pico con mi boca y a los diez minutos el pajarito empezó a reaccionar. Le preparé luego miga de pan mojada en leche y le construí un nido de algodón para que estuviera caliente. Me impuse no quererlo, lo criaría y en cuanto volara lo dejaría en libertad. Pero era tan difícil ser indiferente con el animalito, porque la urraca no tenía nada que ver con Moro, si le hubieran visto ustedes esos ojos de agradecimiento con que me miraba Maria (así la bauticé porque era urraca), también se hubieran desarmado. Nadie antes me había regalado semejante caída de párpados. Era preciosa con su plumón negro índigo, sus alas de terciopelo y su piquito amarillo, todo el tiempo corriendo tras de mí y ofreciéndomelo para que le diera de beber con mi boca. Y cómo se rozaba sin necesidad de tropezarse y cómo aguardaba toda la noche en un huequecito de mi almohada respetando mi sueño hasta verme dormido. Si incluso salía al patio a hacer sus necesidades.

Al mes comenzó sus prácticas aéreas. Así que, fiel, a mi palabra, el mismo día que cruzó la habitación volando, la saqué al monte y me despedía de ella. Regresé deprisa con el estómago comprimido, pero poco antes de llegar a casa noté un peso en mi hombro. María deseaba quedarse. Con qué expresión de amor me comunicaba su decisión de unir su destino al mío, se me metía por la camisa, entre el pelo y me besuqueaba con su piquito marrón de joven carroñera. Fue una etapa maravillosa. María se convirtió de pleno derecho  en mi dama; compartíamos mesa, tenía su sitio frente a la chimenea, piaba al oír el ruido de la loza y si trasnochaba más de lo habitual me esperaba en la puerta de la alcoba, y aunque se estuviera cayendo de sueño, no se acostaba hasta que no me veía dentro del pijama. De sus días de infancia conservó la costumbre que tanto me emocionaba de beber directamente de mi boca.

Pero el destino aún no tenía a bien concederme la felicidad. Hace un mes llegó otro habitante al pueblo y ocupó una casa justo en el extremo opuesto. No hemos entablado amistad, ni siquiera nos saludamos al cruzarnos por la calle. De inmediato nos reconocimos, porque los hombres invisibles tenemos un sexto sentido para identificar a los de nuestra calaña. No necesité su confesión para saber que nunca tuvo amigos en el colegio, que se casó con la más fea de su pueblo, que le dio un hijo que nunca le llamó papá, que fue luego abandonado por ella y al cabo no le quedó otro remedio que marcharse para siempre a una aldea abandonada donde cuida gallinas y se masturba una vez por semana. María, en cambio, sí notó la presencia del nuevo habitante. Su transformación fue sutil, claro que a mí, que la conocía como si la hubiera parido, no me pasó desapercibida. Empezó ausentándose algunas mañanas, luego me permitió que saliera solo a pasear, más tarde faltaba esporádicamente a la hora de comer. Desde luego que no estaba celoso, pero me intrigaba saber qué hacía durante sus ausencias. Pronto se confirmaron todas mis sospechas. Iba a casa del otro. Se quedaba en su tejado, no se posaba en su hombro aún, pero le hacía compañía en la distancia, la muy puta. Cuando venía a cenar seguía mostrándose cariñosa, pero de vez en cuando le descubría una inequívoca mueca de aburrimiento y una inusual pérdida de apetito. Después empezó a retrasarse por las noches, aunque eso sí, tarde o temprano, siempre venía. Dejé de esperarla para cenar, aunque nunca me acostaba antes de su vuelta. A las tantas, la pérfida trasnochadora se colaba a hurtadillas por la ventana y yo me hacía el dormido, miraba la cena recalentada con apatía, reclamaba su agua y se metía en la cama sin probar bocado. No dejaba de dar vueltas y  con las primeras luces del alba salía disparada hasta la noche siguiente. Hace unos días la seguí por segunda vez y el corazón sí que me dio un vuelco al averiguar las causas de su inapetencia. Por fin había entablado amistad con el otro tipo y comía en su mesa y se frotaba con su cara como antes hiciera conmigo, incluso con el gesto de su pico le pedía agua, ese acto tan íntimo, que por fortuna el otro no comprendía, por eso al caer la madrugada llegaba sedienta a casa. Inaudito. Todos los privilegios que creía exclusivamente míos le eran concedidos al primer extraño del lugar. Así nos hemos ido distanciando durante las últimas semanas, hasta que anoche ocurrió lo que tenía que ocurrir. La víspera, por vez primera en los tres meses de cohabitación, María no vino a dormir. Y no se imaginan ustedes lo difícil que resulta llenar solo una cama después de haberse acostumbrado al calor de una urraca. La esperé levantado y también ayer durante todo el día. Anoche por fin, regresó a las diez y media. No piensen que me engañó. Traía los ojos brillantes como nunca, con el mismo cerco concupiscente y lujurioso de Luisa cuando venía de fornicar con su charcutero, el mismo rictus de hastío e indiferencia. Supuse que trataría de ganarme con alguna zalamería, pero estuvo ausente toda la velada, y al fin, a las once menos cuarto, se acercó a reclamarme su ración de agua con esos ojos negros de zorra traidora. Bebí del vaso, cogí su pico entre mis labios y la apreté amorosamente como uno besa a la mujer de su vida. Sujeté con candor su plumón entre mis manos y succioné su cabeza como un caramelo de café. El animal se revolvió inquieto bajo la cueva de mi paladar, noté cómo se le aceleraba el corazón infiel, pero estaba seguro de que todo eran imaginaciones mías, porque yo era un hombre invisible, incapaz de modificar el destino de nadie. Por eso apreté los dientes sin miedo, primero despacio, luego con todas mis fuerzas hasta oír un débil chasquido. Yo fui el primer sorprendido. Su cuerpo temblaba espasmódicamente cuando la separé de mí  y advertí que la había decapitado. Escupí su cabecita que acabó de rodar antes de que su pecho dejara de latir entre mis manos. En ese mismo instante descubrí qué es la felicidad, que no soy invisible, que puedo modificar el destino ajeno, que puedo segar, si me lo propongo, la cabeza de mi hijo, de mi mujer y de todo bicho viviente,  y que se lo voy a demostrar desde hoy mismo al resto de la humanidad. Soy feliz, he vuelto a nacer y os garantizo que desde ahora lo sabrán todos los que suponían lo contrario, empezando por ese tipo que ha querido robarme a mi pobre María. ✦

*Relato finalista del IX Premio de Narraciones Breves Alberto Lista, de Sevilla.

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