El Big Data ya estaba en los trenes

La literatura fue la primera disciplina hermosa que recogió datos de un lado y de otro, los analizó, los orientó y los usó para un fin concreto. Al menos fue pionera convirtiendo dígitos en gritos o aplausos.

El Big Data es comportamientos reducidos a cifras para que, al manejarlos, pesen menos y se puedan entender mejor. O a veces, cifras convertidas en comportamientos, depende de qué queramos conseguir. El ser humano moderno, el de las tres comidas al día y las armas de repetición, tuvo el primer encuentro civilizado con el Big Data hace un siglo y medio, cuando se popularizó el ferrocarril y hubo que organizar en tablas las salidas y las llegadas, la distancia entre pueblos cruzados por balas de vapor blancas y negras. 

Paris. February 1990. St Lazare station.Estación St. Lazare, París, 1990 / Foto: Jean Gaumy/Magnum Photos.

Había nacido el horario de trenes, había nacido el Big Data de carbón y metal. Hasta finales de los años 30, con el boom de la prensa sensacionalista por la bajada a la calle de las clases altas a través de sus divorcios, infidelidades y sífilis, el libro más vendido en Europa y en América era la Guía de Horarios del Ferrocarril. Literatura pura. El mundo reducido a minutos y segundos, a ciudades y pueblos, apeaderos y paradas largas. A noches trepidantes y a dedos que señalan horarios imposibles. La vida estaba ahí dentro y solo había que traducirla a comportamientos reales. Como hacemos ahora con el Big Data moderno y los rastros que dejamos al movernos por la pantalla.

Perseguir a un asesino, conseguir una coartada, calcular cuándo llegaría la amada, planear la huida, dibujar en la cabeza el lugar conocido solo por leerlo y no por verlo. Eran algunas de las utilidades de ese organizador del ser humano llamado horario de trenes. Calcular el tiempo que tardaba el tren pegajoso entre Palermo y Taormina era literatura y era construir no ya una marca, como hace ahora el Big Data; era construir una personalidad desde cero, la vida que nunca pudiste tener. Que se lo digan a Patricia Highsmith y a Mr. Ripley.

Pero también servía para que el subinspector Mihara de Tokio consiguiera demostrar que un doble suicidio en una playa de piedras, aparentemente por amor, era unasesinato casi de Estado. Todo esto puede ser El Expreso de Tokio, de Matsumoto o puede ser leer un horario de trenes con atención y detalle, haciendo una alquimia muy particular y dando vida a los trenes desde el papel. O como Rodolfo Walsh, desaparecido y con gafas de pensar, en La aventura de las pruebas de imprenta nos enseña la vida usando como escenario entradas y salidas de trenes argentinos.

El Big Data ya estaba en los trenes y solo había que leerlo con cuidado. La literatura se enteró y empezó a ponerlo por escrito, a traducirlo para que los lectores, además de volverse felices de repente, supieran que la Piedra Rosetta se compraba en las estaciones.

Los trenes rigurosamente gigilados de Bohumil Hrabal nos enseñan que el amor del jefe de estación Milos, es decir, su sangre y sus huesos amotinados, dependen del retraso del tren que entra a Praga cada mañana. Y el dueño de su respiración, quién marca cuándo entra aire y cuándo no, es una guía de horarios. Su amor no vendrá cada mañana si la guía así lo quiere. 

El Big Data ya estaba en las estanterías de las estaciones. En King’s Cross y en Soria. Solo había que comprar el libro y descifrar el conjuro.

El Guardagujas de Arreola es el hombre hablando de lo que importa al hombre, solo cuando el paso del tren por la estación nacida ya vieja, lo precipita. Consulta el horario para saber cuándo volverá a sentirse humano y analista, cuándo volverá a comparar trenes con caballos y ruidos con energías. También Zola, el de los mineros germinales, no el de las faltas sosegadas por encima de la barrera, se dio cuenta y  escribió La bestia humana, mitad naturalismo, mitad Green Peace. 

El Big Data ya estaba en las parejas muriendo en los andenes y en los barcos con la panza vacía esperando llenarse de pasajeros de tren, que no de viajeros.

Tenemos datos, tenemos comportamientos y tenemos herramientas que los cruzan para sacar conclusiones aterradoras, por ejemplo.

Pero la imaginación y el dedo recorriendo ciudades y pueblos sobre dígitos impares volverá a ser tan importante como para descubrir al asesino o volverse loco de amor. Cuidemos ese dedo.

* Pueden encontrar este texto también en Una pena no decirlo, web personal del autor. 

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