Arthur Miller, en el centro del huracán

Hay personas que, parece, hayan vivido toda su vida en el centro de un huracán. Personas vapuleadas por la tragedia y por la felicidad, sin término medio, o sin más término medio que ellas mismas, rodeadas por una tras otra tormenta de paradigmas de su tiempo. Arthur Miller, creo, fue una de ellas. En sus casi 90 años lo vivió todo, tuvo la suerte o la desgracia de estar en el centro de muchos de los símbolos del siglo veinte, caído como un pasmarote circunspecto junto a la belleza de un icono de la tristeza, como un testigo fundamental en medio de un sueño falaz, como un amigo equivocado en medio de la traición y de la integridad.

usa-new-york-city-1954-american-writer-arthur-miller-on-the-corner-of-doughty-street-elliott-erwitt1Arthur Miller, Nueva York, 1954 / Foto: Elliott Erwitt.

En este sentido de ubicuidad, Miller tuvo obligatoriamente que nacer en la costa este del país más poderoso de su tiempo. Nació como hijo de una familia acomodada, de un polaco que había hecho fortuna en la industrial textil, en una familia que se despertaba cada mañana junto a Central Park. Sin saberlo, ya entonces, estaba en el centro de lo que era el sueño americano, y de lo que sería el despertar del sueño americano. A los 14 años, con el crack del 29, la próspera empresa del padre se va a pique, y la familia a Brooklyn, con los trabajadores, el único lugar donde podía, una familia judía arruinada, permitirse vivir en Nueva York. Fue el segundo nacimiento de Arthur Miller, sin duda, el del auténtico Miller, el que pasaría a la posteridad como adalid de los desprotegidos, porque Arthur se convirtió entonces en uno de ellos, antes de entrar en la universidad comenzó a trabajar en una fábrica de repuestos para coches, la manera de pagarse los estudios.

La experiencia de la bancarrota familiar le sirvió para escribir, años después, su gran obra maestra: Muerte de un viajante, la primera gran rendición de cuentas al sueño americano. Con ella  aparecía el dramaturgo de talento, y volvía la dualidad dramática y paradójica a su vida, porque de  aquella historia nacida de la propia experiencia desveladora, nacía también el inicio del profesional de éxito. El éxito, ese protagonista culpable, a fin de cuentas, del timo del sueño americano. Gano el Pulitzer, tres Tony y el premio de la Crítica de Nueva York. Tenía solo 34 años.

La obra de Arthur Miller tuvo siempre un arraigo social y personal. Él era, no en la medida que cualquiera, un hombre de su tiempo, sino realmente un hombre anclado a los lugares más emblemáticos de su tiempo; en ese sentido, otro símbolo a la postre de su época. Al final de su vida seguía siendo, y será por mucho tiempo, uno de los nombres emblemáticos del episodio americano de la caza de brujas, y por supuesto, el marido de Marilyn Monroe. Toda la literatura está alrededor, pero no en el centro. Es uno de los símbolos del intelectual comprometido y progresista, pero sus obras han perdido, no por responsabilidad de ellas, el papel que tuvieron en su momento. Muerte de un viajante sigue interpretándose en teatros de todo el mundo, pero más como un clásico artístico que como el discurso social que significó. Las brujas de Salem no venció finalmente sobre los cazadores de brujas: Miller demostró la integridad que pocos tuvieron no denunciando a nadie ante el Comité de Actividades Anti-americanas, lo que le costó una condena de cárcel, y el doloroso despertar de una conciencia de la amistad que se llevó por delante a su mejor amigo, Elia Kazan; pero en 1999 Kazan recibió el Oscar honorífico, envuelto en polémica, pero allí estaba, rico y honrado, y La ley del silencio se repone en televisión sin que nadie entienda la vergonzosa historia de traición, la miserable apología de la delación que significa y que tiene detrás. Por último, Arthur Miller en el corazón de uno de los iconos por antonomasia del siglo veinte, en el centro mismo de una de las imágenes de la época contemporánea, Marilyn, la belleza y la tristeza, todas las conjunciones trágicas del mundo de hoy, el que va cayendo por un precipicio de corrupción desde que el capitalismo es capitalismo. En su tiempo, y también en la actualidad, muchos creyeron que el escritor fue la única posibilidad real de salvar de las llamas que prendían en el interior y alrededor de ella a la actriz. Finalmente, tampoco pudo.

Ese es, quizás, hoy Arthur Miller, el salvador a la llamada de causas perdidas. Y llegamos entonces a la pregunta fundamental que el escritor neoyorquino se hizo toda su vida: ¿sirve la literatura, el arte, para cambiar algo? Y no hay más remedio que decir: sí. Ante las aparentes derrotas que Miller tuvo que enfrentar después de cada éxito, lo que quedó, resistente después de la tormenta, irreductible, larguirucho y ajado, dolorido, pero en pie, fue un hombre íntegro, una persona agarrada a las palabras. Lo que quedó, no podía ser de otra manera, fue un símbolo, el de la integridad y la resistencia. Esa fue la victoria de Arthur Miller.

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