Uno de los nuestros… y algo de nosotros

Martin Scorsese tiene un puñado de obras maestras bajo su firma, y otro buen puñado de buenas películas. De estas últimas, bastantes de ellas filmadas en los últimos veinticinco años. Cintas como El lobo de Wall Street, Infiltrados, Gangs of New York o Casino dan muestra de su nervio creativo. Pero les falta algo, ese algo difícil de determinar que hace de una buena película una obra maestra. La última vez que lo consiguió, reconocido tal mérito de manera unánime, fue en 1990, con Goodfellas, a la que en España conocemos como Uno de los nuestros.

uno de los nuestrosUno de los nuestros (1990) / Foto: Warner Bros.

Ni Taxi Driver, ni Toro Salvaje. Uno de los nuestros es el más genuino y auténtico Scorsese. En todas ellas, por cierto, con un Robert de Niro inconmensurable. Taxi Driver y Toro Salvaje son dramas urbanos, estéticos, templados, perfectos en su conjunción de imágenes, música y palabras. Obras con el sello Scorsese. Pero Uno de los nuestros es la película en la que Scorsese lleva a la máxima exposición su particular estilo de filmar. En Uno de los nuestros lo trascendente le cede el paso al efectismo, en el mejor sentido del concepto. Es el Scorsese vertiginoso, el del ritmo endiablado, el sin miedo a romper las convenciones narrativas y, ante todo, el de la cámara en plano secuencia más loca e imposible jamás vista.

Depsués de El Padrino no era fácil meterse a hacer una película de gángsteres. Coppola había dirigido no una, sino dos obras maestras incontestables, dejando temblando el suelo no solo del género negro, sino de todo el drama cinematográfico. Tanto fue así que tuvo que pasar más de una década para que alguien se atreviera a dispararle al mundo de la mafia con una cámara de cine. Solo Scorsese y los Coen desenfundaron, y lo hicieron estrenando en el mismo año y casi en el mismo fin de semana, con Uno de los nuestros y Muerte entre las flores, respectivamente. Dos obras maestras que al fin tomaban el relevo de Coppola, y que lo hacían cambiando radicalmente de registro. A fin de cuentas, solo así era posible, para hacer algo bueno. Rodrigo Amorós nos habló magistralmente de la película de los Coen en su artículo El vuelo eterno del sombrero perdido.

Los Coen apostaron por el tono clásico del noir a lo Chandler y Hammet. Scorsese, bajo mi humilde opinión, fue más allá, se tiró al vacío sin referencia alguna. La historia en varias décadas de una panda de chiquillos del Nueva York de los 50, su educación hasta convertirse en traficantes de droga puestos hasta arriba de coca y con un gusto por la violencia psicótico en los 70 y 80, se llevó la mirada sobre el mundo de la mafia fuera del romanticismo clásico, reprodujo con toda crudeza su terrible realidad y su moral cenagosa.

Para armar una nueva mirada sobre un universo tan estereotipado como el de la mafia estadounidense de la segunda mitad del siglo veinte, Scorsese se valió de una nueva forma de filmar. Si iba a contar la historia de unos tipos que vivían siempre al límite del riesgo, a toda velocidad y sin importar lo puesto en juego y lo que quedara detrás, su cámara debía transmitir ese nervio. Uno de los nuestros es el muestrario más fenomenal de planos secuencia que se pueda encontrar; se trata del más difícil todavía, de la cámara que baja de las alturas, que sigue por la calle, que baja escaleras, que se mete en un interior, que sigue a uno y luego a otro para terminar justo donde va a aparecer el primer plano de Ray Liotta, el hombre de la voz en off que sobrevuela alrededor de esa cámara que parece colocada en una montaña rusa.

Pero el film no es solamente un plano secuencia de pasmosa sincronización detrás de otro. Es también la aventura de un narrador en off que, bien entrado el metraje, se ve acompañado por otra voz en off, en este caso femenina, que enriquece la historia con la naturalidad de quien no sabe que ha hecho algo nunca visto (o más bien, nunca oído). Es un guión con una estructura a prueba de bombas, enrevesado y no te pierdes, con múltiples personajes que no se olvidan ni confunden, y con unos arcos dramáticos que te los esperas y a pesar de ello te sorprenden. Y bueno… un trío de actores, Liotta, de Niro y Pesci en estado de gracia.

Uno de los nuestros es una de esas películas para enamorarse del cine poco a poco, pero para siempre. Porque abruma, la primera vez con ella deja entre acongojado y extasiado. Pero en segunda y posteriores citas, conociéndola en sus entresijos, se vuelve fascinante. Prueben a conocerla. Yo les diré cuál fue el detalle que me hizo caer a sus pies, quizás coincidan conmigo: estén alerta a un plano hacia el final de la película, un plano que va a contar un momento de suma trascendencia para los protagonistas, están en un bar, no les diré más, sentados en una mesa junto a una cristalera, afuera el mundo, está pasando algo que solo se percibe subliminalmente, parece que la cámara se acerca pero que a la vez se aleja. Cuando descubrí qué pasaba y cómo filmó aquel plano tomé conciencia de lo maravilloso que es lado más artesano del llamado séptimo arte. Se trataba de un travelling con el zoom invertido. No importa que no lo entiendan, indagen si les pica la curiosidad. Yo solo les digo que pocas veces una imagen se adecuó tan hermosamente a lo que estaba contando. Es cine. Es magia. Es Uno de los nuestros, y algo de nosotros.

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