Un día perfecto, la guerra que no se escucha

Con Un día perfecto, la última película del no muy prolífico Fernando León de Aranoa, ocurre lo que con otros grandes cineastas, que hasta sus obras más flojas son mejores que la mayor parte de las cosas que pueden verse en una sala de cine. En Un día perfecto, León se aleja por primera vez en la ficción de las fronteras del realismo español. Se va a los Balcanes, a los años finales de una de las guerras más incomprendidas —dejando aparte lo incomprensible— del siglo veinte. Podría haberse ido a cualquier otro escenario bélico, pero quizás por lo de paroxismo del absurdo, por lo irracional de la situación que se dio en la antigua Yugoslavia, ese era el lugar propicio no para hacer una crítica naif sobre la guerra, sino para esbozar el verdadero carácter de la barbarie mostrando las oscuridades de la parte supuestamente luminosa, la de la colaboración y la intervención de paz internacional.

un dia perfectoUn día perfecto (2015) / Mediapro/Reposado Producciones/ TVE.

Un día perfecto no alcanza el nivel de las grandes obras de León de Aranoa —Barrio y, sobre todo, Los lunes al sol—, pero deja muestras de lo que ya se sabe, que es el mejor guionista español, y el director más comprometido socialmente en su cine. El tono de Un día perfecto es el de su acostumbrado lirismo tragicómico, aderezado con diálogos de un naturalismo brillante. Son los recursos más identificables de su cine, pero no los más significativos. La calidad del cine de este tipo alto, de atemporal look progregrunge, radica en la maestría de unos guiones armados como engranajes estructurales de enorme cohesión. En Un día perfecto es uno de estos montajes de historias perfectamente ordenadas lo que hace posible que, incluso a pesar de alguna pieza que no encaja, metida a la fuerza, la maquina siga funcionando a pleno rendimiento.

Para esta ocasión, León no partió de cero a la hora de imaginar su historia. Su guión es la adaptación de la novela Dejarse llover, de Paula Farias, que firma con él el guión de la película. Se supone que de esta manera deberá compartir los honores por una historia en la que cada secuencia está movida por un conflicto propio, en la que cada situación desarrolla un planteamiento, un nudo y un desenlace original, que suma en el avanzar de la historia. Las zancadillas argumentales que los protagonistas deben resolver son complejas, y suponen un conflicto moral, no solo una complicación de la trama. 

La historia de tres cooperantes —interpretados por Benicio del Toro, Tim Robbins y Mélanie Thierry—, de un intérprete bosnio y un niño que pierde su balón y se suma a la tripulación, es la historia que hay que contar. Y luego está Olga Kurylenko, en el papel sin sentido de una especie de jefa de la operación de ayuda que, casualidades de la vida, estuvo liada con el protagonista, Mambrú —Benicio del Toro—. La inclusión del personaje de Kurylenko parece, a todas luces, una de esas condiciones de producción, la de meter a una chica guapa y una subtrama amorosa. No aporta nada, e incluso molesta. Sin embargo, es lo que digo, ni estas piezas sueltas consiguen que la gran maquinaria narrativa que Un día perfecto pone a funcionar se vea fatalmente saboteada.

Mucho debe agradecer Fernando León, desde luego, a su actor protagonista, como ya le sucediera con el Javier Bardem de Los lunes al sol, o la Candela Peña de Princesas. Benicio del Toro es uno de los mayores talentos interpretativos del mundo cinematográfico, capaz de expresar más con el milimétrico movimiento de una de sus cejas que cualquier otro actor con un soliloquio de dos horas. En el papel del desencantado y cínico cooperante Mambrú está superlativo. Él mueve las secuencias, se echa el plano más lento encima y lo llena de contenido, de ritmo dramático. Un genio en su oficio que vuelve a dar muestra de ello, como ya hiciera en las dos películas sobre el Che Guevara que dirigió Steven Soderbergh.

Un día perfecto es una buena recomendación para asistir a una sala de cine. Cuenta con un guión y un actor que saben darle honestidad al relato, y que arreglan los patinazos que pueda pegar el film, ya sea en forma de modelo rusa metida con calzador o de una banda sonora empeñada en colocar una serie de hits rock de los últimos años, que le hacen a uno retorcerse ante tal estridencia. 

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