Todos los síndromes de Diógenes (menos el “síndrome de Diógenes”)

En ocasiones es noticia que alguien, comúnmente cuando se adentra en la vejez, se vea afectado por la triste patología de recluirse en su casa acumulando todo tipo de enseres y desperdicios. A veces, esos alguien son encontrados sin vida, se confirma entonces la verdad de sus condiciones de vida. Dejan casas —generalmente pequeñas— repletas de periódicos, de trastos viejos, de bolsas de basura, de soledad. Como se sabe, a tal comportamiento se le denomina “síndrome de Diógenes”. Es así llamado desde 1975, y desde entonces equivocado. Porque el Diógenes por quien se bautizó de tal manera a este síndrome, el filósofo Diógenes de Sínope, fue representante, justamente, de lo contrario a la acumulación material, el centro de su cuerpo teórico prodigaba la máxima frugalidad y la independencia de toda propiedad individual. Diógenes, para más paradoja, no fue un teórico poco consecuente, si por algo es recordado es por la radicalidad de su ejemplo: era el sabio que vivía en una tinaja. Este artículo no va sobre el síndrome, sino sobre el sabio. Cada vez que escucho en un telediario lo del dichoso “síndrome de Diógenes” me indigno por partida doble: por la inexactitud del término, que denota falta de rigor y por lo tanto de debida preocupación y falta de respeto por un tema verdaderamente serio; y por el tratamiento morboso, en clave de suceso, es decir, de excepcionalidad, para hablar de una enfermedad, precisamente de esas sobre las que los sabios, como Diógenes, alertaban, las del espíritu que dirían ellos, las de la mente que sabemos hoy con rigor científico, excepcionalmente incubadas en la sociedad actual.

Jean-Léon_Gérôme_-_DiogenesDiógenes (1860), por Jean-Léon Gérôme / Walters Art Museum.

Existen multitud de comportamientos actuales que podrían ser llamados “síndrome de Diógenes” con total propiedad, basándonos en lo que se cuenta de este hombre que vivió en el mismo siglo de Platón, nacido allá por el 412 aC y muerto en el 323 aC, un nonagenario, alguien extremadamente longevo para la época. Se le conoce, ante todo, por una fuente de dudoso prestigio historiográfico, pero de fiable referencia en cuanto a la consideración de relevancia de los hechos narrados, se trata de otro Diógenes, en este caso, el historiador Diógenes Laercio, que escribió en el siglo III dC la magna obra Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres. Son más de cinco siglos los que pasaron hasta que Laercio pudo relatar las peripecias de su tocayo, de quien no se conservaban, ya entonces, ninguna de las obras que presumiblemente escribió, pero a quien le había sobrevivido una leyenda de figura eminente y estrafalaria hasta el paroxismo.

Es muy probable que la mayor parte de las anécdotas que Laercio le dibuja a Diógenes no ocurrieran jamás. Pero ayudan a imaginar la figura de un filósofo distinto. Todo el Libro VI de la obra de Laercio se ocupa de la escuela cínica, a la que perteneció Diógenes, siendo su representante principal. Enfrentado al idealismo platónico, Diógenes promulgó un materialismo de inspiración mundana, lo que hoy sería entendido como del más básico sentido común. Se cuenta que cuando Zenón de Elea, en su presencia, consideró el movimiento como “una aporía, no real, simplemente ilusorio, algo falso”, Diógenes se levantó y comenzó a dar vueltas a su alrededor, y dijo: “¿Tú niegas el movimiento? Así te demuestro yo que existe, que es real”. Era la misma lógica demoledora que respondió a Platón cuando definió al hombre como “un bípedo sin plumas”; Diógenes desplumó un gallo y se lo llevó a Platón, diciéndole: “Aquí tienes tu hombre”. Esa puntilla de lógica cínica, entre socarrona y arrogante, a la que Diógenes no podía resistirse le valió que Platón le caracterizara como un “Sócrates delirante”. Bien valdría como nombre si no para un síndrome, sí para un determinado modo de ser, algo así como el “complejo de Diógenes o del Sócrates delirante” para aquellos que no pueden resistirse a poner un poco de cordura ante tanto diletante. 

Diógenes de Sínope es también conocido como “el cínico”. El sentido de la palabra, como puede esperarse, no es el que aplicamos en nuestro lenguaje coloquial. Existen diversas teorías sobre el origen del nombre de su secta o escuela filosófica, los cínicos o, como la denomina Carlos García Gual en su magnífico libro dedicado a Diógenes y su escuela: “la secta del perro”. Porque de perros va la cosa. La palabra griega kyon significa perro, y por la forma de comportarse de Diógenes y de su maestro Antístenes —un discípulo de Sócrates—, se les adjetivó como los kynikos, los perros. Cuenta la leyenda que al mismísimo Alejandro Magno, cuando le preguntó a Diógenes por qué le llamaban “el perro” y él parecía asumirlo con orgullo, el filósofo respondió: “Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo”. En cierta ocasión que los comensales de un banquete público comenzaron a tirarle los huesecillos de lo comido, como a un perro, Diógenes respondió subiéndose en la mesa y meándoles encima, como un perro —así lo cuenta Laercio—. La imagen del perro se vuelve simbólica en Diógenes, y le acompaña hasta la muerte. Entre las muchas versiones sobre su fallecimiento, una de ellas cuenta que fue mordido por uno cuando intentaba darles de comer un pulpo a un grupo de canes. Lo que es seguro es que sobre su tumba, en Corinto, se levantó una pequeña columna con la figura de un perro en su alto. Podría ser llamado “síndrome de Diógenes”, por lo tanto, a aquel comportamiento humano que lleva el trato con los perros a límites poco convencionales, llegando hasta la identificación con dicho animal. ¿Tendría César Millán tal “síndrome de Diógenes”?

Una de las consideraciones más aceptadas sobre la filosofía de los cínicos después de Diógenes es la de inspiración primera del cosmopolitismo. Diógenes fue el primero en considerarse “ciudadano del mundo”. Posiblemente tuvo que ver su huida o exilio de su originaria Sínope a Atenas, acusado de falsificar moneda, así como su posterior marcha a Corinto, a donde se dice llegó en calidad de acompañante esclavo de un tal Jeníades, que pagó por él en Egina, donde había sido hecho prisionero por piratas. Se cuenta que Jeníades fue el único que respondió con dinero a la llamada de aquel esclavo barbudo y harapiento que se presentaba diciendo que lo único que sabía hacer era mandar: “Comprueba si alguien quiere comprar un amo”, le dijo al pregonero en la venta. Y Jeníades lo compró. Este nomadismo, esta falta de arraigo en cualquier lugar, y el sentimiento de cosmopolitismo bien pudiera ser también denominado “síndrome de Diógenes”.

Aunque, si un tipo de conducta es sintomática de Diógenes, esa es la altanería y el desprecio por el poder establecido, la falta de respeto y de miedo a los mandamases de cualquier pelaje. El espíritu insumiso e iconoclasta. Una de las más famosas anécdotas que refiere Laercio es la del encuentro con Alejandro. El Magno se plantó ante Diógenes, que tomaba el sol, y le dijo: “Soy Alejandro. Pídeme lo que quieras”; a lo que Diógenes respondió: “No me hagas sombra”. La misma serenidad rebelde y muestra de independencia la cuentan varias anécdotas similares, aparte de muchos dichos despreciativos sobre los ricos y poderosos. “¡Ay, Diógenes! —le dijo un alto cargo imperial— Si aprendieras a ser más sumiso y a adular más al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas”. Y Diógenes replicó: “Si tú aprendieras a comer lentejas no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”. Una anécdota similar se cuenta en diálogo con Platón, que le dice: “Si adularas a Dionisio, no lavarías lechugas”; a lo que el cínico responde: “Y si tú lavaras lechugas no alabarías a Dionisio”. Lo demostrara con las palabras y los hechos que fuera, lo que queda corroborado es su atribulada independencia y su lengua valiente ante los poderosos. Otro comportamiento, similar al de los que hoy llamamos “rebeldes sin causa”, que podría llevar el apelativo de “síndrome de Diógenes”.

Son muchos los comportamientos poco convencionales a los que el nombre de Diógenes les caería como un guante. No todos tan trascendentales como los dichos: el cosmopolitismo, un individualismo exacerbado, la brutal honestidad. Algunos, también, mundanos y hasta vergonzantes, como pudiera ser el hecho de acostumbrar a masturbarse en público. Es famosa la anécdota de Diógenes masturbándose en el ágora, y respondiendo ante quienes le recriminan tal acción: “¡Ojalá fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre!”. ¿Qué decir ante tal cosa?

Podría haber “síndromes de Diógenes” para aburrir, todos acertados. Aunque ninguno tanto como aquel de despreciar todo lo material. Diógenes vivía en una tinaja en medio de la calle, no tenía casa, o más bien, esa era su casa. Solo poseía un bastón, un zurrón y un manto para cubrirse del frío. Durante un tiempo poseyó también un cuenco, que le servía para comer y beber, pero un día vio a un chiquillo beber agua de sus manos, y a otro utilizar una hogaza de pan como recipiente de sus lentejas, y Diógenes comprendió que el cuenco también le sobraba, que unos niños le habían enseñado lo innecesario de aquella posesión. Se trataba de la frugalidad y un voto de pobreza extremo. Ninguna posesión material para acercarse lo más posible a la virtud. Ese comportamiento sería el “síndrome de Diógenes” mejor llamado. Sin embargo, algún genio decidió bautizar con el nombre del filósofo cínico justo a lo contrario. La única explicación para tal insensatez, para tal ignorancia arrogante y supina, la podría dar, quizás, el propio Diógenes. Él dejó dicho que le enterraran boca abajo, porque un día todas las cosas estarían al revés. Ese día ha llegado.

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