The Town: sobre pueblos con secretos e hijos pródigos

Los temas son los de siempre: el miedo a que el pasado retorne, y el miedo a que el pasado se clausure para siempre. La forma es la acostumbrada: el hijo pródigo, la conflictiva hermana adolescente, los muertos y los sospechosos, el quién lo hizo. No es tan complicado, de partida, inventar y contar una buena historia. Y sin embargo, parece que lo es, al menos por estas latitudes, las ibéricas. Porque en las islas británicas le han cogido el truco y no dejan de producir un gran pequeño relato para televisión después de otro; van unos cuantos en los últimos años, a veces responden a la mínima expresión serial, un par de capítulos, otras veces se extienden algo más, tres o cuatro, o se organizan en temporadas de tales dimensiones. Lo que coincide, más allá de la extensión, es el tratamiento artístico, el gusto por el tiempo necesario, por la mirada bien pintada, por el personaje. La miniserie de tres capítulos de ITV The Town reproduce todos los aciertos de esta edad de oro de las series inglesas.

thetownThe Town / ITV/Big Talk Productions.

The Town arranca atacando desde el mismo pistoletazo de salida, le hacen falta solo dos minutos al ritmo de un piano que suena como un corazón para que nos removamos incómodos en el sofá ante el par de muertos que nos acaba de echar encima. En lo breve de tres capítulos de tres cuartos de hora cada uno se desarrolla una historia clásica de misterio criminal. Un matrimonio aparentemente normal —de mediana edad, en un pueblecito de Inglaterra, con una hija adolescente y un hijo treintañero viviendo en Londres— decide, presuntamente, poner fin a tan complaciente existencia tomando una sobredosis de pastillas. Como cabe esperar, algo huele a podrido en Renton —que así se llama el encantador pueblo en cuestión—, y el Hamlet pródigo regresado de Londres comienza a poner patas arriba el bucólico —y alcohólico— lugar, colocando en el punto de mira a toda la jerarquía municipal, desde el comisario de policía al alcalde. Entre medias, viejos amores, borracheras y alguna que otra paliza. Lo normal, vaya, pero con estilo, con mucho estilo, pese que en algún momento se les escape algún deje cursi.

El oficio del reparto televisivo actoral inglés pone su parte. Un Andrew Scott como protagonista atormentado, dando la talla y el carisma necesario para engancharse a la serie. Y veteranos como Julia McKenzie y Martin Clunes, en los papeles de abuela-coraje y alcalde tirando a deleznable, protegiendo los resortes de una historia bien contada, pero que deja, al final, algún que otro cabo suelto.

Porque The Town avanza con un ritmo bien medido toda su carrera, con intriga y con emoción dramática. Importa el quién lo hizo y también los personajes, cada cual con su pequeña historia y su papel en la gran representación. El relato resuelve los destinos de cada personaje, al gusto más o menos coincidente de cada espectador —a mi no me apetecen muchas de las perdices que les sirven de cena—, pero los resuelve, es decir, hace lo que tiene que hacer. The Town también finaliza correctamente con el descubrimiento del quién lo hizo, y con la respuesta al por qué. Pero se deja un cabo suelto: el cómo. Aunque, después de todo, qué le vamos a hacer, “nadie es perfecto”, como bien aprendimos en el final de Con faldas y a lo loco, ¿no? Yo firmaba que a las producciones españolas les quedase algún cabo suelto, con tal de ver una serie a la altura de lo que se viene haciendo en Inglaterra en los últimos años, algo sencillo y sin pretensiones, de tres o cuatro capítulos, no hace falta más, pero bien hecho. ¿O acaso en España no hay pueblos con secretos e hijos pródigos perdidos en la gran ciudad?

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