Recuerdo de Chavela Vargas una vieja noche de ayer

En algún momento, Chavela Vargas dijo que presentía que, tras su muerte, el mundo iba a seguir acordándose de ella. Tenía razón. Y aquí estoy yo, corroborando  lo que dijo su voz de oráculo. Tenía esa imagen, ¿verdad? Más acentuada según pasaban los años. De ser mitológico, de icono, con sus arrugas milenarias y sus brazos abiertos. Había algo de mesiánico en la voz telúrica de Chavela, y en su presencia. Era como si algo aún pudiera salvarse escuchándola. Su inteligencia alcanzó esa solitaria cota que da la experiencia de una vida larga, e intensamente vivida. De esa manera, su habla, al menos en público, se revistió de una natural y profunda sabiduría que brotaba a borbotones entre cada sílaba. Decía que a menudo se quedaba despierta toda la noche, para soñar. 

Chavela Vargas Photograph- Str:AFP:Getty ImagesChavela Vargas / Foto: Str-AFP-Getty Images.

Era mucha mujer, tanta que necesitaba dos guitarras, no una, que la acompañaran. Enfrentarse a ella era una imposible batalla para los embajadores de la hipocresía. Nació en Costa Rica, pero debió ser siempre, por un inexplicable azar, mexicana. A los 17 años llegó a su fantaseado México, se quedó para siempre; al fin en el hogar que la esperaba desde que naciera en el lugar equivocado. No hubo nadie más mexicano que esta chica de campo costarricense. Su impronta fue tan fuerte en los corazones del mundo entero, especialmente en los corazones de habla hispana, que aún su presencia se percibe viva, casi espeluznante. Chavela mira desde su imagen fotografiada con una integridad que obliga a apartar la mirada de sus ojos, ardientes como una mina. Las filmaciones de ella, en entrevistas y conciertos, están llenas de quietud aparente, de largos planos, porque una mirada tan profunda y poderosa necesita muchos metros de película que la resista, que la acapare. A todo esto se enfrenta mi recuerdo de ella.

Durante su célebre concierto en el Carnegie Hall de Nueva York, presentó en universal y desacomplejado inglés— Las simples cosas como la más hermosa canción del mundo. Su letra es, sin duda, de una belleza terrible para un corazón sensible, y realmente peligrosa para uno envejecido. Las últimas palabras de la canción dicen: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Qué verdad tan sencilla y tan inequívoca. Tal vez por eso no puedo yo dejar de volver a esa noche de finales de abril de 1993 en Madrid, cuando vi en directo cantar a Chavela, resucitada como un mito viviente después de su travesía por el desierto. Ya no bebía, había estado más de una década retirada. En México se pensaban que había muerto. Pero resistió, a solas, haciendo alarde de una fuerza silenciosa que se convertiría en un rugido musical inusitado. Ella hizo sola su camino. Pero al final del largo viaje se topó con alguien que la acompañó. Es de recibo reconocer el papel que jugó entonces Pedro Almodóvar en la vida de Chavela, trayéndola de vuelta a un mundo de corazones solitarios que necesitaban esperanza. Sí, esperanza. Porque las canciones de Chavela hablan, sobre todas las cosas, de esperanza. No es otra cosa el desamor. Donde el amor se rompe, donde se acaba, donde nunca llega, lo que se canta dolorosamente es la esperanza de que el amor renazca, dé marcha atrás o aparezca sorpresivamente.

Yo vuelvo a menudo a esa noche de abril de hace más de veinte años, una de esas noches lejanas que parece fueron ayer. Y veo a Chavela en la insondable negritud del escenario, en un recinto tan pequeño, extender sus brazos y sobrecogerse la garganta de todos los presentes, salvo la suya. Con su manta de indio, jorongo rojo, imagen bella y solemne, como una estatua, quieta y poblada de heridas que le definen los perfiles más hermosos. Una imagen que era ya un mensaje. Y romper a cantar, con una voz que salía de las profundidades del campo, de las minas, de las tabernas, de todas las oscuridades del pueblo. Escuchar su canto libre, sin miedos, apabullante. Las sensaciones de comprobar que existía uno de esos talentos autodestructivos que había vencido su propia naturaleza, que se había tallado a sí mismo. Billie Holiday había sucumbido, Edith Piaf, Janis Joplin. Pero Chavela no. Ella había triunfado sobre la muerte, viviendo con el único miedo de dejar en algún momento de ser ella misma. Recordaré siempre aquella noche, porque “uno siempre vuelve a los sitios donde amó la vida”, y porque a la vuelta de aquel concierto, a mis 39 años, conocí, al fin, que iba a ser padre. Qué bello ver a mi hijo, hoy, escuchar a Chavela Vargas.

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