Los profesores milagrosos

Nunca tuve un claro referente de profesor influyente. Mucha gente recuerda con especial cariño a un maestro en particular, alguien que le marcó en el colegio o en el instituto, esos años en que uno está lleno de certezas y de temblores por el temor al desvanecimiento de esas certezas. Yo recuerdo con simpatía a muchos de mis profesores, desde luego, pero nunca he conseguido identificar a ninguno con esa figura de gran impacto personal que algunos docentes consiguen significar para sus alumnos. Esto no quiere decir que no tuviera buenos profesores, los tuve, y aprendí gracias a ellos bastante más de lo que el sistema tenía establecido que un alumno debía aprender. Pero si, entre el puñado de buenos profesores con que me topé, ninguno llegó a destacarse con una fuerza simbólica y a arraigarse emocionalmente en mi interior, tal vez fue por pura mala suerte, la mala buena suerte de que desde pequeño acudí a clases de música en el conservatorio municipal de mi pequeña ciudad.

Tuve un profesor de música en secundaria y bachiller, allá por mediados de los 90, cuyas clases no podían aportarme nada nuevo en la materia. Yo llevaba solfeando y aprendiendo música casi diez años, y el programa de la asignatura de música de la ESO se quedaba en aprender la escala y tocar un villancico con la flauta. Quizás por eso, el magnífico profesor de música no me impacto como podría haberlo hecho de haberme descubierto él el amor por la música. Esa fue mi mala suerte. Porque aquel tipo, que entonces era de los profesores más jóvenes del instituto, tenía todos los mimbres para convertirse en la figura de referencia humana en la que a veces se convierten los profesores, cuando son, en toda su extensión, educadores. Todo esto llegué a comprenderlo con los años: la importancia de las cosas que hizo, el papel que asumió aquel profesor en la vida de quienes le conocimos. Recuerdo que fue el único maestro que, cuando acabamos el último año de bachiller, nuestra despedida, decidió convocarnos a un pequeño grupito afín, y llevarnos al Museo del Prado. Pasamos la mañana en el museo, dejándonos guiar por sus explicaciones. Fue la mejor clase de arte —impartida por un profesor de música— que habíamos recibido jamás. Y después de la siempre agotadora caminata por el Prado, tomamos una caña, todos juntos. De aquel momento de un sábado por la mañana de finales de los 90 sólo recuerdo una frase que dijo nuestro profesor de música: “No aguanto las películas de profesores milagrosos”. Lo dijo riendo, porque era un hombre de natural risueño, pero con toda la consciencia de lo que decía, sin viso de ironía. Jamás lo volví a ver. También él se fue un año o dos después del instituto de mi barrio, pidió el traslado a otro centro —no sé a dónde—, por lo que descubrí tiempo después.

La claseLa clase (2008) / Foto: Haut et Court.

Siempre que veo una película ambientada en el mundo de las aulas, con el habitual personaje del “profesor milagroso”, recuerdo a mi profesor de música. Y no dejo de preguntarme si lo que acabo de ver sería de su gusto o no. En cierta manera, destruyó la independencia de mi juicio a la hora de valorar un film de este tipo. Después de mucha lucha interna, consigo, a veces, armar una crítica positiva de algunas películas protagonizadas por profesores heróicos. Son pocas, la verdad, pero merece la pena mencionar algunas, para poner en valor un oficio que ha sufrido uno de los más duros e infames ataques económicos y mediáticos de los tiempos voraces que nos han tocado vivir. Los últimos cuatro años en España han sido de especial maltrato para el profesorado y para el sistema público de enseñanza, se les ha reducido considerablemente el salario, se han conculcado muchos de sus derechos laborales y, lo que es más grave y terrible de todo, se les ha difamado de manera masiva y organizada por un gobierno decidido a destruir la educación pública, decidido a arruinar el porvenir y las pocas posibilidades de organizar una vida digna a las generaciones futuras. El gobierno ha pretendido destruir el prestigio de los maestros y profesores, ha bombardeado así la línea de flotación del paradigma de la educación como fundamento de una sociedad que debiera ser cada vez más consciente y más libre.

No estaría mal que los padres y madres vieran algunas películas que ponen en valor, desde distintos enfoques, el papel del profesor y la educación reglada. Películas que invitan a reflexionar sobre el estado actual de la enseñanza y la posición no solo de los docentes, sino de las propias dotaciones materiales, y de la importancia de los padres, madres y tutores de los alumnos, sobre todo de los menores de edad. Todo el mundo conoce títulos como El club de los poetas muertos, que expresa de manera lírica y trágica la necesidad de fomentar una educación que respete en todo momento los deseos de construcción personal del propio alumno. El profesor Keating que interpreta Robin Williams es el paradigma de “profesor milagroso” que tanto odiaba mi profesor de música, pero la película es más que eso, es una denuncia de una educación coercitiva, privada, elitista. Con un lirismo similar existen otras historias de conexión alumno-profesor, como la inglesa El país del agua, que pone el énfasis en la enseñanza a través del lado más humano del docente, contando su propia historia, identificándose como ser humano con una historia particular antes que como profesor, sin más, estereotipado. O la muy emotiva La lengua de las mariposas, una de las películas más bellas del cine español de siempre, con un Fernando Fernán Gómez en, quizás, su mejor papel, y un mensaje sobre la importancia del papel de la enseñanza que no debería olvidarse, como no debería olvidarse el final de la película.

hoy empieza todoHoy empieza todo (1999) / Foto: Les Films Alain Sarde/Little Bear/TF1 Films Production.

Los norteamericanos, ya se sabe, le tienen cariño al género de los “profesores milagrosos”, y no son pocas las películas que se ocupan de relatar las hazañas de estos docentes en los peores suburbios de los Estados Unidos. El tema, contemplando la excepcional situación de la enseñanza estadounidense, con controles de armas en muchos centros, daría para abordarlo de manera exclusiva. La propuesta americana suele ser la del enfrentamiento individual del docente a un alumnado marginado socialmente, desde una perspectiva sumamente irreal, cual verdaderos “rambos mentalistas” que responden al fuego de las aulas. No obstante, hay excepciones en el cine estadounidense, films que retratan el lado social de la enseñanza y el lado humano de los profesores, desde un enfoque realista y analítico. Existen dos películas que destacan por su buena factura y su reflexión: Half Nelson, de 2006, con un Ryan Gosling que interpreta a un joven maestro de Historia, con problemas de drogadicción, en un conflictivo instituto de Brooklyn, y aplicando una metodología inspirada en el materialismo marxista (casi nada); y El profesor, dirigida por Tony Kaye —el director de American History X, otra que se mete con acierto en el tema de la enseñanza—, protagonizada por Adrien Brody, en el papel de un sufrido profesor suplente en el acostumbrado instituto conflictivo estadounidense.

Sin embargo, nadie ha abordado tan seriamente todo lo relacionado con las aulas y la enseñanza como la cinematografía francesa. Muchas de las películas de Truffaut lo tiene como tema: Los cuatrocientos golpes, El pequeño salvaje, o La piel dura. Clásicos del cine. Pero también en el cine moderno se han filmado verdaderas obras maestras. Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier, narra la historia de una escuela infantil de una zona minera de Francia, lastrada por el paro, y de la dedicación de un profesor que sabe que se enfrenta a un problema que excede el territorio del colegio. Ser y tener, es un documental o más bien un film de no-ficción sobre la experiencia de un profesor rural en una pequeña escuela de clase única, en la que debe enseñar a niños de distintas edades, entre los 4 y los 10 años, todos compartiendo espacio. Y La clase, de 2008, dirigida por Laurent Cantet, es un film sobre el microcosmos universal que supone una clase de instituto de uno de los suburbios a las afueras de París, en la que el profesor ha de solucionar las contradicciones internas de una sociedad profundamente dividida. Son, estas tres películas, obras que ponen de manifiesto las fallas terribles del sistema educativo, y la labor fundamental de un profesorado al que se le exige un excepcional compromiso para triunfar sobre ello.

ser y tenerSer y tener (2002) / Foto: Le Studio Canal+.

No sé muy bien lo que opinaría mi antiguo profesor de música sobre todas y cada una de estas películas. Si tuviera que apostar, diría que muchas de ellas le parecerían de gran utilidad, para profesores, alumnos, padres y madres, para la sociedad en general; aunque sean películas sobre “profesores milagrosos”. Supongo que cuando mi profesor decía aquello lo decía para expresar que la realidad no se cambia con trucos de magia ni por unas extraordinarias aptitudes individuales. Es un sistema lo que hay que cambiar. Una perspectiva sobre la educación pública y sobre la docencia. Él no era un “profesor milagroso”, sino un extraordinario profesional y una persona íntegra, con eso fue con lo que consiguió modificar un poco la sociedad, a través de sus alumnos. Pero con eso no es suficiente, él lo sabía bien. 

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