Picasso (III): el enigma de las señoritas más bellas que nunca pasaron por Avignon

El cuadro Las señoritas de Avignon, de Pablo Picasso, luce en el Museo de Arte Moderno de Nueva York con el esplendor legendario con el que pocas obras de arte dominan ciertos espacios en el mundo: La Mona Lisa en el Louvre, El grito de Munch en la Galería Nacional de Oslo, o el Guernica en el Reina Sofía de Madrid, Picasso, de nuevo. Cuando se está frente a Las señoritas de Avignon, una especie de embrujo cultural subyuga al espectador mínimamente informado. La historia del arte moderno, según muchos expertos, comienza con este cuadro. Su historia, sin embargo, parece negar con tácita modestia la responsabilidad de la hazaña legendaria, el relato de su reclusión durante los años primeros de su existencia cuestiona su papel como punto de inflexión entre el clasicismo y el arte moderno. Pero a la vez, sirve para comenzar a comprender el significado de un nombre: Picasso. El de un hombre dominado completamente por un artista, el de un artista tan hecho uno con sus propias obras que éstas le sobrepasan, le difuminan como ser humano, y le convierten en símbolo.

Picasso_Señoritas_AvignonLas señoritas de Avignon (1907) / Pablo Picasso/MOMA.

Las señoritas de Avignon es habitualmente considerado como el primer cuadro cubista, teniendo en cuenta su año de creación, 1907. El cubismo es, de todas las vanguardias de principios del siglo veinte, aquella que mejor ha llevado el paso del tiempo. Tal vez la única que realmente influyó de manera clara e irrevocable en el imaginario cultural de las grandes masas de casi todo el globo. Fue el cubismo de Picasso y de Bracque, padres fundadores de una visión decididamente nueva de contemplar y transmitir la belleza y los horrores del mundo, el proceso de experimentación artística más influyente de la modernidad. Un nuevo lenguaje formal, como se suele decir. Toda la vanguardia de después es, precisamente, la de después. Sin el cubismo no existiría ni el propio “cubismo oficial”, porque esa es otra de las rarezas de la historia del arte moderno, que los creadores de un movimiento artístico, como Bracque y Picasso, no fuesen incluidos en las primeras exposiciones cubistas ni tomaran parte del grupo de artistas que se autodenominaron “cubistas”, tomando el termino del crítico Louis Vauxcelles.

La consideración de Las señoritas de Avignon como el cuadro que supone la vuelta de hoja definitiva del clasicismo, es un acierto cierta a medias. A vista histórica bien se le puede conceder tal mérito, pero en la trama real de su época, Las señoritas no tuvieron el papel determinante que hizo explotar la pintura de inicios de siglo. Fue un cuadro no visto, sino hablado, transmitido de boca a boca por el mundillo del arte de principios de siglo. Picasso era aún el joven prodigio, la gran figura en ciernes. Pero su gran explosión referencial, el hallazgo que le significa como el talento visionario del nuevo arte, fue un secreto, a voces, pero un secreto. Las señoritas de Avignon estuvieron recluidas hasta 1916, cuando se expusieron por primera vez al público, en la Galería d’Antin de París. Para entonces, el cubismo había recorrido ya unos cuantos salones de arte, museos, galerías y magazines. 

A pesar de los casi diez años de reclusión, apareciendo en menciones de los pocos testigos de su existencia, Las señoritas lograron tomar una posición como punto y aparte histórico. Conocer el proceso de su gestación ayuda a comprender la fuerza de su eclosión, hasta el punto que su mera materialización, incluso sin exponerse, sin salir a la superficie, valió para provocar el enorme tsunami que barrió el panorama artístico del momento. Picasso comenzó los primeros esbozos para Las señoritas en 1906. A lo largo de nueve meses llevó a cabo no menos de ochocientos nueve estudios —los mínimos conservados—, en diferentes soportes y técnicas. Un trabajo desmesurado, a la par del desarrollo de otras obras. Estamos hablando de una dedicación integral a la búsqueda de ese nuevo lenguaje, que bebía de las influencias del arte primitivo y dinamitaba la concepción de la figuración clásica, proponiendo un profundo debate sobre el concepto de belleza en el arte.

La magnitud de la obra, en el trabajo exigido a su autor y en la novedad formal instituida, provocó inevitablemente ese anecdotario que configuró, a la postre, su misterio. Las señoritas retratadas eran un grupo de prostitutas de un burdel de Barcelona, al menos en los primeros esbozos del original, allá por marzo de 1907. ¿Por qué entonces la referencia a Avignon, la pequeña ciudad francesa? Pues por una simple confusión, generada por el confinamiento de la obra. El Avignon o Aviñón del título proviene, en realidad, de Avinyó, el nombre de una calle barcelonesa poblada de burdeles. Los amigos más cercanos de Picasso, que habían visto la obra, la nombraban de tal manera, a inventiva del poeta y crítico de arte André Salmon, también el autor de la primera reseña del cuadro, en 1912. Y así quedó bautizado.

De esta manera, el cubismo se fue asentando sobre la base de un cuadro no visto, con un título equívoco, que no evocaba más que un chiste particular para un reducidísimo número de personas. Una obra tan radical y dura que combinaba la leyenda con la condena callada. Hasta bien entrados los años 20, la obra no se vendió a un coleccionista privado, y por un precio no muy elevado. El MOMA la adquirió por 29.000 dólares en 1939. El enigma de Las señoritas de Avignon, que jamás estuvieron en Avignon, que sedujeron por su “fealdad” al siglo veinte, sigue dominando con rutilante presencia, llenado de misterio hipnótico una de las salas de museo más importantes del mundo. Brillando en la imaginación del mundo, cuando éste se pone a pensar en la belleza.

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