La pasión de Eric Cantona

Cantona andaba por el campo como andan los obreros cuando van a la huelga, con el corazón dando el primer paso. Mirando al frente con decisión y altivez, el pecho al descubierto y el cuello de la chaqueta subido. Lo que significa Eric Cantona para el fútbol no se resume en una jugada, no se cuenta enumerando títulos. Su aportación fue, y es, de otra índole. Fue uno de los talentos mayores que jamás hayan pisado un campo de fútbol, y el más singular de los jugadores de fin de siglo. Pero lo que aportó de novedoso no fue sencillamente exquisitez técnica en un fútbol, el inglés de los 90, rocoso como ninguno. No, lo que llevó a las islas donde se inventó el deporte rey fue, precisamente, una actitud originaria. “¿Qué sabemos del fútbol? —comienza diciendo en el documental Rebeldes del fútbol— La Liga de Campeones. El monto de los pases. La hinchada que silba. La violencia. El negocio. Ustedes tienen razón, eso también es el fútbol. Pero yo les voy a hablar de otra cosa. Voy a hablarles de los verdaderos valores. De los hombres. El fútbol es mucho más que el opio de los pueblos. Significa buenas intenciones, corazones nobles”. Eso es lo que llevó a la hierba inglesa de finales de siglo y mostró desde allí a todos los aficionados del mundo. El recuerdo del fútbol de Eric Cantona es una pasión, son valores.

CantonaEric Cantona / Foto: Action Images.

Este nieto de exiliados republicanos españoles se crió en Marsella, como la mayor parte de los grandes talentos del fútbol francés. A los 15 años comenzó a entrenar con las categorías inferiores del AJ Auxerre, el equipo con el que debutaría, dos años después, en la máxima categoría francesa. Su carrera como jugador está dividida, por así decirlo, en algo así como tres actos. Primero: los años de juventud en Francia, hasta los 25, cuando decide que se retira del fútbol, y lo hace, abandonando durante casi un año la competición profesional. Después: el aterrizaje en Inglaterra, lo más importante que le sucedió al fútbol británico en las últimas décadas, el antihéroe que hizo de la Premier la preciosa liga que es hoy. Y por último: su regreso tras ocho meses de sanción por agredir a un aficionado, un epílogo breve y grandioso para retirarse en lo más alto, unos días antes de cumplir los 31 años.

“Yo juego con fuego y pasión. Si cambio mi carácter, pierdo mi juego”, dijo en octubre del 95, a su regreso tras la sanción por la famosa patada al hincha del Crystal Palace. Nunca fue alguien fácil, como cabe imaginar, pero en esa compleja intensidad que le caracteriza se encontraba la grandeza de su juego. Con su carácter intempestivo hay muchos jugadores, con además su calidad técnica los ha habido menos, y con su capacidad de liderazgo solo él y unos pocos más en un siglo. Por esta extrañeza casi nos lo perdemos, como tantos se han perdido a consecuencia de motivos iguales o similares para el fútbol. Debutó en el 83 con el Auxerre, pero no fue hasta unas temporadas después cuando se hizo un hueco en el primer equipo, en el que estuvo hasta el 88, cinco años solo interrumpidos por una cesión al  FC Martigues, de la segunda división, durante la temporada 85-86. Antes de su partida a Inglaterra pasó por cuatro equipos, en cinco temporadas: el Olympique de Marsella, el Burdeos, el Montpellier y el Nimes Olimpyque. Su última temporada en Francia, con el Nimes, supuso su primer adiós al fútbol. Cantona le tira el balón a un árbitro y se marcha del campo sin ni siquiera dedicarle una mirada al tipo que le está sacando la tarjeta roja. Le cayeron cuatro partidos de sanción, que se convirtieron en dos meses después de que el atribulado sans culotte criticara ferozmente a la Comisión Disciplinaria de la Federación francesa. El incremento de su condena le indignó de tal manera que consideró que no podía aguantar más tal farsa. Dejaba el fútbol. ¡Tenía solo 25 años!

Por suerte, Platini logró convencerle de que había un lugar donde podía recuperar la ilusión por jugar: Inglaterra, la liga del patadón al área y al contrario, de los partidos dentro y fuera del campo, de los orígenes. Y allí que se fue el francés más encarado y romántico que una grada futbolística haya tenido a sus pies. Cantona recaló en las filas del Leeds en enero del 92. Llegó justo para colaborar en el primer título de liga del equipo después de dieciocho años. Para el invierno siguiente, Alex Fergusson se lo llevó al Manchester United. Y allí se hizo la leyenda de Eric, the King. Fueron cinco temporadas con el United, ciento ochenta y seis partidos, ochenta y dos goles, una infinidad de toques sublimes y brutales. Lo que hizo Cantona en Old Trafford esos años fue demostrar que al fútbol había que jugar como lo jugaban de niños en las calles, guiados por pasiones. Y si no, no valía de nada. Un jugador así solo podía triunfar en un lugar al que se le conoce como “el teatro de los sueños”. Era el escenario para representar obras de arte magníficas, como el gol al Sunderland del 21 de diciembre de 1996, uno de los mejores de la historia, y su posterior celebración —la firma del artista—, la mejor, sin igual, de todos los tiempos. Actitud. En aquel momento no era el obrero que iba a la huelga, sino el obrero que había ganado la huelga. El gol al Sunderland define la naturaleza del jugador monumental que fue. Tenía la belleza de todas las contradicciones, una combinación de fuerza y delicadeza. El control del balón en el centro del campo, rodeado de contrarios, agarrándose, danzando como una peonza, la salida por un hueco que se abre como un claro de sol en el cielo encapotado, el pase al compañero, la pared en carrera y entonces, lo imprevisible, la pincelada del brillo que da alma, un leve pero determinado toque de vaselina, y el balón vuela hacia la escuadra, pega contra la madera y lo recoge una red por la que se cuelan todas las ilusiones. Luego, la mirada alrededor, la quietud, el recibimiento de la alegría ajena, la media sonrisa del canalla que acaba de regalarle una obra de arte a la eternidad.

 Momento del disparo ante el Sunderland, diciembre de 1996 / Foto: vía Dailymail.

Pero ni vaselinas como las del Sunderland, ni una de tantas voleas definitorias, su mejor gol, como cuenta en Buscando a Eric —la película de Ken Loach en la que se interpreta a sí mismo—, no fue un gol, sino un pase. Así de diferente era lo que estaba haciendo. Su primera temporada en Manchester, un balón al borde del área frente a los Spurs, ve que su compañero Irwing se mete en el área, y él la pica por encima de la defensa… “me llegó la bola como un fogonazo y le di con el exterior, sorprendí a todos… la cogió en carrera y mi corazón se disparó; un regalo, sí, fue como una ofrenda al gran dios del fútbol”. Y así fue, una maravilla de esas que levantan al graderío y llevan todas las manos a la cabeza, en un gesto irreprimible de asombro y admiración. Porque es más bello dar que recibir.

Y sin embargo el recuerdo que marcó mundialmente su desempeño como 7 de los diablos rojos fue la patada al hincha del Crystal Palace. No se contuvo. Su acción, como el cabezazo de Zidanne a Materazzi, solo la pueden condenar los hipócritas y los necios, los que no saben de fútbol por mucho que no hablen de otra cosa. Le cayeron nueve meses de sanción, y por poco no entró dos semanas a la cárcel. En aquel momento un funesto pensamiento pasó por la cabeza de todos los aficionados: este es el final de Eric Cantona. El mal augurio se confirmó al comprobar su actitud en la primera rueda de prensa tras la sanción. Cantona, con su cara de bruto noble, se sienta delante de un tumulto de periodistas y dice, en lacónico inglés: “Cuando las gaviotas persiguen al barco, es porque alguien va a lanzar sardinas”. Se levanta y se va. No cabía duda, estaba de vuelta de todo. Con los años bromearía sobre la filosófica sentencia, diciendo que le pidieron que dijera algo y que dijo algo, lo primero que se le pasó por la cabeza. No estaba filosofando, ¡sino vacilándole al personal! Ya no era el obrero que va a la huelga, ni el que gana la huelga, sino al que el patrón ha despedido y se marcha haciéndole un corte de mangas.

cantona-liverpool_foto-Colorsport:Rex ShutterstockDisparo del gol al Liverpool que valió la FA Cup de 1996 / Foto: Colorsport-Rex Shutterstock.

Pasaron los nueve meses, con su verano de por medio, y hubo rumores de todo tipo. Que dejaba el fútbol, que dejaba el Manchester, que dejaba Inglaterra. Pero al final se quedó. Regresó el 1 de octubre de 1995, en Old Trafford y contra el Liverpool. El estadio entero recibió a su rey. Y el rey dio un pase de gol y metió un penalti. Había vuelto. El Manchester volvió a ganar con él, remontandole una gran ventaja al Newcastle en la liga, y llevándose además el título de Copa, con un gol del francés en el minuto 86 de la final contra el Liverpool. No se podía pedir más. Pero aún así, ocurrió más, el Manchester ganó con Cantona portando el brazalete de capitán el siguiente título de liga. Y entonces, con 30 años, el Rey del Teatro de los sueños, el del cuello levantado y la mirada desafiante, dijo adiós. Y esta vez era para siempre.

Cantona se retiró en lo más alto de su carrera. Podía haber seguido jugando, pero no quiso. Había gastado toda la ilusión por saltar a un campo de fútbol profesional. Y sin ilusión, no hay fútbol que valga. Además, quería hacer otras cosas; así de simple. Desde entonces ha aparecido en cerca de una treintena de películas, desempeñándose cada vez mejor como actor; pero eso es otra historia, que merece su propio tiempo. Habrá que hablar del mencionado film de Loach, de sus papeles de teatro, y en especial del proyecto Rebeldes del fútbol, un documental sobre el compromiso social y político en el deporte rey. Ahora, Eric Cantona puebla su rostro con una frondosa y encanecida barba a lo Karl Marx. No es extraño. Su mejor papel, no obstante, sigue siendo el de interpretarse a sí mismo: el del proletario, filósofo y rey.

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