“Muéstrame un héroe, y te escribiré una tragedia”

Un día desaparecerá. No lo sabremos en el momento, pero habrá una última emisión. Quién sabe si no la hemos visto ya, si acaso no ha sido Show me a hero la última bala que se le ha permitido disparar al mejor creador televisivo de este siglo, David Simon. Va a ocurrir, se lo van a cargar, figuradamente. Y yo creo que él lo sabe, que está tan seguro de ello que el título de su última creación, tomado de una cita de Scott Fitzgerald, tiene una lectura sobre sí mismo: “Muéstrame un héroe, y te escribiré una tragedia”.

No cabe ninguna duda de que The Wire es la mejor serie televisiva de todos los tiempos, una obra de arte y crítica social como nunca antes se había hecho. Sigue siendo un misterio cómo un relato así de radical, en su forma y en su fondo, pudo colarse en las pantallas estadounidenses. Un misterio mayor es que su creador consiguiera seguir sacando adelante proyectos igual de personales y socialmente comprometidos, como Treme, o como la serie de seis capítulos Show me a hero

Show-Me-A-HeroShow me a hero (2015) / Foto: HBO.

La historia real de la ciudad de Yonkers —apenas a un par de kilometros de las últimas calles del Bronx, en Nueva York— durante los últimos años 80 y comienzos de los 90, cuando fue noticia por un proyecto urbanístico dirigido a acabar con la inveterada segregación racial, por barrios, de la ciudad. Una sentencia judicial obligó a construir doscientas casas de protección oficial en los barrios de una zona predominante poblada por blancos —los famosos wasp— anglosajones y protestantes. La resistencia vecinal de la clase media blanca, conservadora y acomodada, a la llegada a sus calles de vecinos pobres negros e hispanos, fundamentalmente, provocó un auténtico terremoto institucional en el seno del Ayuntamiento de la ciudad, que vivió una de las épocas —alrededor de seis años— más inestables y convulsos de su historia. El racismo, las diferencias de clase y la venalidad de unas élites políticas cainitas y anárquicas sacaron con crudeza las contradicciones de un sistema y una sociedad corrupta y dramáticamente dividida. 

En Show me a hero pudiera parecer que el héroe mostrado es Nick Wasicsko —interpretado por Oscar Isaac—, protagonista de la serie, su ascenso como alcalde más joven del país y su penosa caída desde las alturas del infame sistema político estadounidense. Sin embargo, Wascisko no es el héroe, aunque tenga su tragedia. El sujeto heroico no es un personaje en concreto, sino una clase social. Porque de eso va la serie de David Simon, una vez más, necesariamente una vez más: de lucha de clases. Una lucha de pobres contra el sistema de los ricos, de pobres que son negros y latinos, sobre todo, pero también blancos, contra el sistema de los hombres blancos, pero también con algunos negros y latinos ricos. En Show me a hero todo el mundo tiene problemas: el político con remordimientos de conciencia sabiendo que juega con el fuego de la hoguera de las vanidades; los blancos racistas y acomodados que no quieren a los negros cerca de sus jardines; y los negros y otras minorías trabajadoras, sojuzgados por un sistema que se lo pone todo difícil para salir adelante. Los tres actores de la tragedia de Yonkers tiene su problema, pero tragedia real solo hay una: la de la gente negra, la de los inmigrantes latinos, la de los pobres.

La comparación de las angustias de unos y otros pone en evidencia las vergüenzas de un sistema racista y clasista. Las preocupaciones de los políticos y de los adinerados propietarios de los barrios blancos palidecen ante los problemas del lado pobre de la ciudad: la droga, el desempleo, la precariedad laboral, la falta de seguridad y de dotaciones básicas. El drama del breve alcalde Wascisko no es nada comparado con la ceguera de una asistenta de apenas 50 años, con la maternidad de una adolescente desnortada, con el mono de una joven madre viuda, o con el no llegar a final de mes ni ver a sus hijos de una inmigrante dominicana.

David Simon, con la dirección de Paul Haggis —director espeso que, en este caso, tiene la suerte de contar con un partitura que se toca a ritmo lento—, deja una nueva obra maestra. Seis capítulos que le corroboran el título de Shakespeare de la televisión moderna. Esperemos que la tragedia que silencie a este héroe tarde aún en desencadenarse. Mientras tanto, le seguiremos esperando. Y visitando sus ciudades devastadas, escuchando su música triste a través de un megáfono de combate.

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