Las mil noches y una boda de una adolescente de 60 años

Se considera una excelente práctica y encomiable actitud tratar de ver siempre un lado positivo de las cosas. Pero, a veces, las cosas son lo que son y una tragedia es una tragedia, las hay y no tienen vuelta de tuerca positiva. El que no lo quiera ver, será un farsante gran parte de su vida. El que no transija con ello, seguramente sea productor o distribuidor de cine. Es la única manera de explicar que el drama existencialista de Angélique –una cabaretera de sesenta años, mitad real mitad ficción–, llevado a la pantalla por su propio hijo, el director Samuel Theis –junto a Marie Amachoukeli y Claire Burge– tenga por título en español Mil noches, una boda, y el original en inglés Party Girl, aunque sea una película francesa ambientada en Francia. Un título y una imagen de comedia social para vender entradas a algún despistado.

Mil noches, una boda (Party Girl)Mil noches, una boda (2014) / Elzévir Films.

Al margen del título, Mil noches, una boda es una sorpresa que va creciendo a lo largo de su poco más de hora y media de metraje. La historia de Angélique, basada en su propia experiencia e interpretada por ella misma no es un mero exhibicionismo intimista. En las regiones del noreste de Francia, limítrofes con la Alemania minera, tienen lugar historias de un existencialismo tanto o más profundo como el de los héroes meditabundos de la pequeñaburguesía francesa que la gran ficción gala acostumbró a tomar como protagonistas. Porque la historia de Angélique, una adolescente irascible de sesenta años, es una historia sobre el tedio, sobre el tiempo que se acaba, sobre la incapacidad de acertar a interpretar los propios deseos o identificar los sueños de cada uno de nosotros.

Mil noches, una boda pone de manifiesto la fuerza de las historias cuando están honestamente pegadas a la realidad cotidiana, da buena muestra sobre cómo hacer ficción con unos recursos financieros exiguos, y vuelve a reclamar el valor y la necesidad de un nuevo tipo de interpretación y de dirección de actores. Los intérpretes del film, no profesionales, destilan una veracidad en cada secuencia que deja en evidencia las acostumbradas imposturas de quienes fingen cosas que ni sienten ni comprenden.

Angélique, un personaje con sus miserias a flor de piel, carismática pero insoportable, mezquina y cobarde a veces, un desastre absoluto como madre, como amante, e incluso hasta como amiga. Una chica problemática –de sesenta años– que se queda mirando al infinito en la barra de un cabaret de un pueblo fronterizo, pensando en nada, padeciendo por cosas que no entiende y que jamás aprenderá a resolver. Así es la vida a veces, sin party alguna.

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