La última lección de Salvador Allende

Puede resultar paradójico, pero la última lección que Salvador Allende Gossens dejó fue la de una equivocación. A fin de cuentas, es de los errores de donde se extraen los más valiosos aprendizajes. Su última alocución es uno de los discursos más breves y estremecedores de la Historia. Es, no solo la denuncia de una traición, del crimen, de la inmoralidad, sino también el epitafio de un fracaso, el de la vía pacífica al socialismo.

Durante el breve tiempo de su gobierno, apenas tres años, Salvador Allende no fue capaz de despertar de un sueño imposible, se negó a hacerlo. Debió ser terrible la contradicción entre la conciencia certera de que había convocado el concurso inevitable de enemigos dispuestos a todo por revertir las decisiones democráticas del pueblo chileno, y el deseo de que esas decisiones fuesen salvaguardadas por una suerte de código de honor universal. No fue así. Hoy se sabe que el noble Salvador Allende se equivocó en este sentido. Pero se sabía también entonces: darle a Chile el poder de su destino no iba a ser posible por el camino de la democracia burguesa, la única forma de asegurarlo era con armas de por medio. Es triste, pero es la realidad. 

allende_salvadorSalvador Allende, con su AK-47, el 11 de septiembre de 1973.

“El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición”, dijo Allende en sus últimas palabras, identificando con claridad a los causantes del mal. No podía tener dudas, porque el historial de las injerencias del gobierno de los Estados Unidos en Chile era conocido, contando todo tipo de acciones, incluyendo el secuestro y el asesinato. La CIA había infiltrado y colocado a sus hombres en muchos de los puntos estratégicos de poder de Chile desde los años 50. Tomó el control del principal periódico de la derecha chilena, El Mercurio, cuyo propietario, Agustín Edwards Eastman, es considerado el principal agente de la CIA en el país en las décadas de los 60 y 70. La CIA hizo contactos dentro de las Fuerzas Armadas, hasta el punto de orquestar la trama de secuestro y, finalmente, asesinato del Comandante del Ejército Rene Schneider, quien había hecho pública su lealtad a la Constitución y a las decisiones democráticas. El asesinato de Schneider se llevó a la práctica por otros militares de alto rango, como Roberto Viaux, junto con la organización clandestina de extrema-derecha Patria y Libertad —financiada por la CIA—, haciéndolo pasar por el atentado de un falso grupo de izquierda al que llamaron Brigada Obrera Campesina. Respondiendo al mismo esquema de atentados de falsa bandera se pusieron bombas en supermercados, aeropuertos y canales de televisión. Así comenzaba el mandato presidencial de Salvador Allende. Era la puesta en marcha del conocido como Track Two, el plan de desestabilización e intervención militar ideado por la CIA. 

En los años 90, la administración estadounidense desclasificó numerosos documentos relacionados con las intervenciones en Chile. Entre ellos, numerosas conversaciones entre Nixon y Kissinger sobre la forma de intervenir y el momento más adecuado para el golpe. Y cables de la CIA tan significativos como el fechado el 16 de octubre de 1970: “Es firme y continua la política de que Allende sea derrocado por un golpe. Sería mucho más preferible hacer que esto transcurra antes del 24 de octubre, pero los esfuerzos en esta consideración continuarán vigorosamente más allá de esta fecha. Nosotros vamos a continuar generando máxima presión hacia este fin, utilizando cada recurso apropiado. Es imperioso que se implanten estas acciones clandestina y seguramente de modo que el USG [Gobierno de los Estados Unidos] y la mano estadounidense estén bien ocultos”. En dichos documentos desclasificados aparece reiteradamente la voz y participación en reuniones personales de Edwards Eastman con Kissinger y los dirigentes de la CIA. Así como los datos de la financiación millonaria por parte de los EEUU de organizaciones terroristas, de huelgas antigubernamentales, y de conglomerados empresariales como ITT —Compañía Chilena de Teléfonos— que se ocuparon de prestar apoyo, a su vez, a los mandos de las Fuerzas Armadas que proyectaban el Golpe de Estado. En julio de 1973, uno de los ayudantes personales de Allende, el edecán naval Arturo Araya Peeters, fue asesinado por disparos de un francotirador. 

El 11 de septiembre, al amanecer, cuando Allende se trasladó al Palacio de la Moneda lo hizo portando un fusil AK-47. A las nueve y diez minutos de la mañana, el Presidente se dirigió al pueblo de Chile, esperando que la retransmisión, a través de las ondas de Radio Magallanes, pudiera llegar a escucharse, temiendo que no fuera así, y que le estuviera hablando únicamente a su propia soledad. La última alocución de Salvador Allende es un testimonio de magnífica belleza trágica. Son palabras victoriosas de dignidad en un momento de derrota. En ellas se destila la atávica contradicción de un hombre bueno e inteligente que, como todos los hombres buenos e inteligentes, no estaba libre de equivocarse. Esa es la tragedia de este mundo, del punto histórico al que hemos llegado: que no vale con la nobleza, la honestidad, el honor, para hacer justicia. Los avances que el gobierno de Allende llevó a cabo en apenas tres años fueron de tal calado que solo podían —y debían— defenderse con toda la consecuencia de una conciencia histórica que sabía que lo efectuado no podía tener marcha atrás, y que se iba a encontrar —como así fue— los más violentos impedimentos precisamente para revertir el curso de la Historia.

Las últimas palabras de Salvador Allende destilan la pesadumbre del hombre que sabe que se ha equivocado, pero que no termina de reconocerlo, que fue demasiado ingenuo. Él se inmoló en nombre de la libertad y de un mundo nuevo. Su actuación final le honra, fue la de un revolucionario honesto; independientemente de la idoneidad de la misma. Hizo lo que hizo guiado por su conciencia y la lealtad a una causa, con eso basta para honrarle. Pero ¿y si en lugar de mandar al pueblo un último mensaje de pesadumbre hubiera llamado a la resistencia y la contraofensiva más decidida? Tal vez una llamada a la guerra de defensa del pueblo contra el fascismo no hubiera detenido la instauración de la dictadura, quién sabe, es posible que la confianza de que se podía mandar al cajón del pasado al capitalismo en Chile hubiese dejado al pueblo sin los mecanismo de defensa necesarios para afrontar un ataque como el que se dio. De considerarse así, es un error más que aprender. Allendé se despidió esperando que hubiese “una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. El problema es que las lecciones morales, aunque se reconozcan universalmente, a menudo no influyen para hacer justicia. La última lección de Allende fue esa, él la sabía, aunque no la reconociese, que para que un día se abran “las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, habrá que enfrentar, de la manera que corresponda, a la inevitable violencia de los menos. Y que la vía pacífica al socialismo, suele ser la vía directa al fascismo.

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