James Dean, que estás en el silencio

Un hombre muere joven. No hace falta que deje un bonito cadáver (nadie lo deja). Tampoco es necesario que haya vivido su poco tiempo deprisa (quién sabe qué significa eso). El caso es que alguien con algún talento más o menos excepcional se despide de la vida en su juventud, de manera abrupta. Y es leyenda, mito, símbolo. Surgen los primeros fastos póstumos a los cinco años, luego a los diez, a los veinte, veinticinco, después nada hasta los cincuenta, y en adelante de década en década. Así se mide el recuerdo, o más bien, se utiliza el recuerdo como medidor de relevancia, nazca esta de donde nazca. ¿Pero qué se celebra? La vida, se entiende. ¿O no? Lo que el difunto fue, lo que pudo haber sido. ¿Seguro? El recuerdo, el ideal.

james dean - roy schattJames Dean, 1954 / Foto: Roy Schatt.

Si hay un joven cadáver célebre ese es el de James Dean. Es el símbolo de los jóvenes muertos. El caminar solitario por Manhattan, el cigarro al borde del tímido precipicio de sus labios, las ojeras melancólicas, la mirada a millones de años luz. Parecía que él mismo estuviese llorando en vida su propia muerte. Sus 24 años finales, sus tres películas, su Porsche de carreras. No importa que se desvelen sus intimidades más secretas, el misterio sigue gobernando su imagen de seductor atormentado. Es imposible que se haga la luz sobre él. En cada aniversario de su muerte se rememora el momento del accidente de tráfico en el que murió, los mismos pobres análisis de su breve y rotunda filmografía, mil fotos de la joven estrella descubriendo el firmamento, se habla de sus ángeles y demonios, de lo oculto y lo fingido: todo bajo el tono de la celebración de su vida. Todo falso.

La celebridad de James Dean no es la común de su oficio. Era una joven promesa que, sin duda, apuntaba maneras para consagrarse como uno de los grandes nombres de Hollywood. Tuvo el acierto de debutar con tres films muy destacables: Al este del Edén, la magistral Rebelde sin causa, y Gigante. No está nada mal. Pero tanto la primera como la última deben agradecerle a la muerte de su protagonista que hoy se las recuerde. Rebelde sin causa no, es una obra maestra de un cineasta genial, Nicholas Ray. Sin embargo, James Dean, a pesar de que los personajes de sus dos primeros films parecían hechos a medida, arrastraba esa típica afectación del Actors Studio; era un diamante en bruto, pero al que le faltaba mucho por pulir. Es decir, la mención de sus tres papeles en la gran pantalla cada vez que se le recuerda es retórica. No se quiere hablar de ello, porque no tiene tanta importancia. Es una mera excusa para introducirse en el morbo necrofílico, en el orgasmo de la fatalidad.

Nos gusta el drama y las idealizaciones. Y necesitamos héroes trágicos y mártires, para sentir su dolor, compadecernos de su destino. Y descansar en la fantasía de sus realidades nuestros sueños insatisfechos. Es algo penoso y terrible. Con ninguna de estas figuras de la modernidad sucede tan descarnadamente como con la de James Dean. No se celebran sus logros en vida, se festeja su muerte, su mala suerte, su tragedia real. Y nos deleitamos con ella, nos conmueve la supuesta belleza de una historia triste. Es asqueroso. Porque veneramos la muerte de una manera cobarde y egoísta. Se celebra que un hombre joven se estrellara con su flamante coche, convirtiendo su tragedia en una catarsis colectiva.

Se sabe poco de la persona real, que posiblemente no mereciera más que otra ser recordada. Pero eso no importa. Según cuentan, James Dean era un joven huraño e insoportable, un profesional de poca disciplina, engreído y caprichoso. Según cuentan, era un joven frágil y tímido, voluntarioso y pasional en sus objetivos profesionales, discreto y curioso. Las verdaderas contradicciones son lo que importan, el símbolo no de los ideales impuestos, sino de lo que realmente era, eso es lo que habría que recordar y celebrar, con respeto al dolor que pudo significar. El recuerdo de un joven que no sintió ni el permiso ni la fuerza para vivir plenamente sus deseos sexuales y afectivos; el de un hombre definido por diferentes formas de soledad, el ejemplo de la futilidad del éxito tal y como está definido; el de un niño huérfano de madre que sufrió los abusos de un sacerdote; y al final de todo, el del chico al que le gustaba ir a carreras automovilísticas y que tuvo la suerte de poder comprarse un Porsche, y la desgracia de perder la vida en la carretera sin tener culpa alguna en el fatal desenlace.

Se dijo que conducía a ciento cincuenta kilómetros por hora cuando tuvo el accidente; se contó el final idóneo para una historia falseada. Con los años se demostró que James Dean no conducía deprisa en el momento del choque, que iba a la velocidad permitida —menos de 90 km/h—. Todo parece indicar que el coche que colisionó contra el suyo tuvo la culpa del siniestro. Lo conducía otro joven, casi de su misma edad, un estudiante universitario llamado Donald Turnupseed, que resultó prácticamente ileso. Golpeó el Porsche de la estrella de cine al tomar el desvío hacia la carretera 41, invadiendo el carril izquierdo sin percatarse de que venía un Porsche gris plateado. “No lo vi, por Dios, no lo vi”, dijo al día siguiente para un periódico local, la única vez que habló sobre ello en público en cuarenta años. Donald Turnupseed murió de un cáncer en 1995, a los 63 años. Ese silencio es la vuelta de tuerca de las macabras fantasías de un mundo que celebra, cada cierto tiempo, lo que no debe. Posiblemente hubiera más de James Dean en el silencio de Donald Turnupseed, que en las miles de páginas escritas sobre su vida desde aquel fatídico 30 de septiembre de 1955.

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